| A Estados Unidos, con sus pretensiones de excepcionalismo, se le suele considerar libre de analogías históricas. Pero las comparaciones con el destino de imperios anteriores se están volviendo cada vez más frecuentes. La historia alemana tiene una analogía: el desastre del liderazgo alemán durante la Primera Guerra Mundial, encarnado por el káiser Wilhelm II. Su abuelo había presidido las victorias militares de Prusia, que le permitieron a Bismarck crear el Reich unificado en 1871. Wilhelm II se convirtió en el líder de un país en la cúspide de la dominación europea. Para los años 1890, Alemania era la potencia más fuerte del continente. Pero el poder genera oposición y los alarmados vecinos de Alemania empezaron a formar alianzas defensivas. Ostentaba su poder absoluto, creyendo que había recaído en él por orden divina. Era propenso a los discursos pomposos, y alguna vez llegó a advertirles a los reclutas que recién tomaban juramento que, si él lo ordenaba, tendrían que dispararles a sus padres. Hablaba despreciativamente de las naciones extranjeras. Peor aún, respaldaba a aquellos grupos que intentaban aumentar el poder militar alemán, incluso la creación de una flota de alta mar que pudiera desafiar a la Marina británica. Evitaba los pormenores del gobierno, ya que interferían con sus diversiones. Desde el principio, los miembros de su entorno temían sobre su volatilidad y equilibrio mental. Wilhelm, en realidad, no gobernaba, como dejó en claro la conducta de Alemania durante la Primera Guerra Mundial. A comienzos de julio de 1914, después del asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand, Wilhelm no pudo impedir que sus propios subordinados iniciaran una guerra, siguiendo los dictados de la estrategia militar, el famoso plan Schlieffen. Una vez iniciada la guerra, Wilhelm se convirtió en lord supremo de la guerra, y su principal función habría sido la de arbitrar los elementos rivales dentro de su gobierno. En el centro surgió un conflicto cívico-militar —el ejército alemán siempre había tenido una mentalidad y un estatus de Estado dentro de un Estado—. Es más, los líderes militares y civiles estaban divididos entre sí. Después de la batalla de Marne y el fracaso del Plan Schlieffen, algunos de los asesores de Wilhelm tomaron conciencia de que las posibilidades de una victoria militar eran escasas, y de ahí la necesidad de una paz negociada. Pero, para ese tiempo, hasta el canciller civil había resuelto objetivos de guerra extravagantes que hacían que una paz negociada resultara ilusoria. El estado mental del káiser se volvió una cuestión dominante en la conducción de la guerra mientras debían tomarse las decisiones más ominosas: cambios en la conducción militar y civil y, en 1917, declarar o no una ofensiva submarina irrestricta y así asegurar el ingreso de EU a la guerra. El destino de su país (y de Europa) dependía de la decisión de Wilhelm. Pero, después de tres años de carnicería inimaginable, el káiser se había convertido en el instrumento de una dictadura militar dirigida por Paul von Hindenburg y su jefe del Estado Mayor, Erich Ludendorff. Ambos gozaban de la confianza de las clases gobernantes de Alemania, estaban decididos a rechazar todo acuerdo y creían que “un empujón más” redundaría en la “victoria total”. Mientras, al káiser se le ocultaba sistemáticamente la verdad y terminó enajenado de la realidad. Para agosto de 1918, las fuerzas aliadas quebraron las filas alemanas y un Ludendorff sorprendido, con miedo a un repentino colapso de su ejército, exigió que el gobierno civil recientemente constituido enviara un pedido inmediato de armisticio. Pero los aliados no negociarían con el Kaiser. Los alemanes, hartos de la guerra, empezaron a exigir la abdicación del Kaiser. El ejército obligó a Wilhelm a exiliarse en Holanda donde, hasta su muerte en 1941, diseminó veneno ponzoñoso por donde pudo: “Los judíos y socialistas tenían la culpa”; sólo él tenía razón. Una vez más reflejando y estimulando a un amplio segmento de lo que había sido su pueblo, vio en Hitler el nuevo hombre elegido por la providencia, el salvador de una Alemania derrotada por traición. Wilhelm tenía unos defectos aterradores y operaba a la cabeza de un sistema político profundamente defectuoso. Pero, en definitiva, su principal fracaso había sido entregarle el poder a halcones militares y civiles, erróneamente llamados conservadores ya que su visión era un reordenamiento radical de Europa. Por supuesto, EU no es la Alemania imperial. Pero puede extraerse una lección de un país cuyos gobernantes en tiempos de guerra infligieron un daño inimaginable a su pueblo y al mundo con su estilo paranoico. Las consecuencias de su liderazgo recién se volvieron evidentes con el tiempo, cuando los ciudadanos de una nación agraviada se enfrentaron entre sí en sus profundas divisiones y odios políticos y morales. Hizo falta una catástrofe peor, un flagelo histórico mundial, para enseñarle a esta gente una lección. Esperemos que los estadounidenses aprendan antes su lección sobre los peligros y las locuras de la arrogancia imperial. ©Project Syndicate Profesor emérito de la Universidad de Columbia |