| Si es posible asimilar un Matisse y combinarlo con una imagen prehispánica para dar lugar a una iluminación universal, esa transformación se llama Rufino Tamayo. La búsqueda del pasado y la modernidad impulsa esta obra de esencias múltiples e irrepetibles. En Tamayo “todo es naturaleza, instinto, efusión. Su pintura es eminentemente plástica, ligada a la materia, a los sentidos: obra de una de las naturalezas de pintor más rica y auténtica de México”, resumió con un dardo exacto Luis Cardoza y Aragón. De esto y no otra cosa se trata la exposición “Tamayo reinterpretado”, la muestra extraordinaria que se exhibe en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo. Hablamos de unas 90 piezas traídas desde distintas partes del mundo, algunas de ellas nunca antes vistas en México, y que ofrecen las visiones del artista entre los años 20 y los 50 del siglo XX. “Tamayo reinterpretado” enseña a ver cómo la pintura posterior al muralismo cobraba una fuerza imparable, renovadora, como una segunda fundación de la pintura en México. La reacción más profunda, la más emblemática, frente a la Escuela Mexicana de Pintura, representada principalmente por Orozco, Rivera y Siqueiros y su propuesta nacionalista, ocurrió cuando Rufino Tamayo volvió a México en los años 50, después de un viaje por Europa y Estados Unidos cuya culminación fue el reconocimiento internacional. En esos años, tres artistas habían iniciado su camino fuera de los dogmas muralistas: Juan Soriano, Gunther Gerszo y Pedro Coronel. De ese tiempo, cuando Europa aún olía a pólvora, se exhiben en el Museo Tamayo al menos dos obras maestras: Bailarinas en la noche (1949) y El atormentado (1949), dos imágenes de corte surrealista sobre la angustia y el miedo. Desde 1950, Octavio Paz supo ver e interpretar los poderes indomables de un artista pleno: “Toda la obra de Tamayo parece ser una vasta metáfora. Naturalezas muertas, pájaros, perros, hombres y mujeres, el espacio mismo, no son sino alusiones, transfiguraciones o encarnaciones del doble principio cósmico que simbolizan el sol y la luna”. De esas transfiguraciones es posible ver en esta exposición varias piezas extraordinarias donde los perros le aúllan a la luna y las frutas se rebelan al espacio que las contiene. En esos años de guerra surge el Tamayo genial que se inspiró en el fauvismo y el cubismo para llegar a una síntesis de la forma. El conocimiento y el ejercicio de las vanguardias de Europa y Estados Unidos se desplaza a la raíz mexicana para iniciar un nuevo capítulo de la pintura nacional. Paz tuvo razón, pero en esas naturalezas muertas no sólo hay sol y luna; se dispersan también en su territorio el cubismo y la pintura metafísica, Cezanne, Matisse, Picasso. No deja de ser una curiosidad que mientras Orozco y Rivera pintaban la lucha de clases, el orgullo indígena y la sabiduría del pueblo, Rufino Tamayo pintara una obra modernísima expuesta en uno de los muros de esta reinterpretación: Reloj y teléfono (1925), un nuevo lenguaje a la hora del mundo. El conjunto de desnudos que ofrece la muestra fue pintado en los años 30 y de entre esa galería refinada de variaciones sobre el cuerpo femenino sobresale un lienzo que Tamayo pactó con el diablo de la genialidad: Pintura académica. Quizá los aniversarios de nacimiento y muerte estimulen la imaginación de los funcionarios culturales. Por lo mismo, el año pasado Kahlo y Rivera fueron cenitales. Está bien que así sea, pero me ha extrañado la discreción con que el Estado cultural ha manejado el lanzamiento de “Tamayo reinterpretado”, el momento cultural más importante de la temporada. Yo insisto en que hay todavía algo de la inercia del nacionalismo priísta en la propuesta oficial de un gusto y la formación de un canon. Por cierto, desconozco el arte de la curaduría, ni sé en qué consiste, pero la exposición de Tamayo corre de principio a fin con notable fluidez; los textos han sido escritos con dos agradecibles cualidades: conocimiento profundo y clara sencillez. Si tiene usted un desayuno mañana, suspéndalo y váyase a ver tamayos. Si no lo hace, se va a arrepentir. Uno debe salir siempre con una imagen favorita de una muestra; yo me traje la vaga figura perturbadora de Hombre arrancándose el corazón (1955), Tamayo se acercaba al dominio de la abstracción y a sus ambientes universales. Cambié de opinión, me gustó más Nueva York desde la terraza (1937), una maravilla. Escritor |