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    La tristeza de Jano
Diego Valadés
3 de enero de 2008

En la mitología romana, Jano era el dios del cambio, por eso tenía dos rostros que miraban hacia levante y poniente; indicaban el principio y el final, el antecedente y el consecuente, o mejor aún, una continuidad distinta. Por eso desde los romanos se le dedica el primer mes de cada año: para denotar un nuevo inicio.

Si hacemos el tradicional ejercicio de lo que dejamos atrás y lo vemos por delante, podemos decir que venimos de un año irregular, con pocos fracasos porque también fueron escasas las ilusiones, y que necesitamos el aliento del optimismo. En 2007 no hubo vencedores ni derrotados, porque todos perdimos un poco. El sacudimiento nacional de 2006 dejó una estela de encono que hacía necesaria una gran estrategia de conciliación cívica. Hubo indicios de una acción de convergencia e incluso el presidente electo habló de procurar una coalición. Al asumir el cargo, empero, mantuvo la vieja tradición presidencial de que quien gana toma todo.

El 2007 fue como tenía que ser: un año magro. Se consideró como un gran mérito haber pospuesto la crisis, así haya sido al costo de también diferir el progreso. Lo bueno y lo malo quedaron para mañana, y nos conformamos con sobrevivir. La intensa propaganda gubernamental hizo lo suyo: edulcorar la realidad, como consuelo provisional, como sucedáneo de un programa de gobierno.

Así se demostró cuando diversas iniciativas permanecieron en la gaveta y cuando la reforma fiscal se contrajo a una miscelánea rutinaria, cuyos efectos no parecen promisorios. Esto trae a la memoria la expresión del general Pirro: “Con otra victoria como ésta, nada quedará de mi ejército”.

La política se estancó; el gobierno perdió la iniciativa en la reforma del Estado; las instituciones continuaron degradándose; el gabinete se esfumó; la gobernabilidad siguió en riesgo. Gracias a la acción del Congreso, se consiguió la reforma electoral; pero esto tampoco es suficiente para compensar las fallas estructurales de la política. El problema no es el Presidente; el problema es un sistema presidencial envejecido.

Así entramos a 2008. No hay indicios que permitan augurar un auténtico cambio. El sortilegio de Jano parece distante. Entre los protagonistas del poder político tampoco están presentes las condiciones para una reconciliación. Por el contrario, este año precede al de una nueva guerra electoral, que desde muchos aspectos puede ser decisiva como preparativo para 2012. La lógica del sistema presidencial arcaico no facilita mitigar la intensidad de las pugnas por venir. Esa lógica se basa en contender con toda la fuerza disponible para reducir al adversario a su mínima expresión.

Un sistema presidencial convencional, como el que tenemos, conduce de manera inevitable a que la sociedad política se escinda conforme al binomio establecido por Karl Schmitt hace casi un siglo, cuando afirmó que la política es una relación de amigos y enemigos. Esa concepción radical, que afecta la convivencia, coincide con los postulados enunciados por Klausewitz, quien consideraba que la guerra era la continuación de la política por otros medios, o de Mao Tse-Tung, quien invirtió los términos para sostener que la política es la prolongación de la guerra, con otros instrumentos. Sea cual fuere la modalidad que se prefiera, conforme a esas tesis la política tiene una naturaleza beligerante ineludible.

Una visión opuesta de la política la concibe como un medio de cohesión social. Esta era la acepción clásica: la política como el conjunto de acciones que hacía posible la vida de la polis, del Estado antiguo. La política, por ende, era lo opuesto de la guerra; era el medio que permitía evitar la violencia y asegurar la convivencia. A tal extremo se llegó en el mundo clásico que, para conjurar la guerra, la política inventó los juegos olímpicos; así, en lugar de que lucharan los ejércitos, combatían los deportistas.

Es necesario, en nuestro tiempo, que imprimamos un giro a la política. El presidencialismo de cuño arcaico se ajusta al esquema de la lucha por la exclusión. Si esto no se modifica en el curso del año que comienza, tampoco habrá remedio para la tristeza de Jano.

diegovalades@yahoo.com.mx

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

 
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PERFIL
 
Doctor en Derecho. Ex director del Instituto de Investigciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; es también miembro de El Colegio de Sinaloa, de la Academia Mexicana de la Lengua y del Sistema Nacional de Investigadores.
Es autor de numerosas publicaciones sobre derecho constitucional.
 
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