| “Leche negra del alba la bebemos al atardecer/ la bebemos al mediodía y la mañana la bebemos de noche/ bebemos y bebemos/ cavamos una fosa en los aires, allí no hay estrechez/ “Fuga de muerte”. Celan. “La fosa en el aire” de los crematorios nazis. “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”, dijo Adorno. Pero sí. Se escribió. Se escribe. La que nombró la destrucción. La que quiso aprehenderla. La que nombra —en consecuencia— la esperanza. ¿Cómo sucede el mal? ¿De qué está hecho? Irrumpe. ¿Podemos descifrarlo? Leemos. Con ojos desmesurados. En la lógica de la destrucción, la suma de las partes, por más exhaustiva que sea, jamás explicará sus fines y sus resultados. Insistimos. Entender. Para que no suceda. “En vano dibujas corazones en la ventana:/ el caudillo del silencio/ abajo, en el patio del castillo, alista soldados”. Celan. “La arena de las urnas”. Un viernes, Alejandra llegó a casa de José Luis Calva Zepeda. No salió más. “Ya la desaparecí”, dijo cuando lo detuvieron. Pensé en ellas. Alejandra y Verónica. En La Jarocha. Cuando una amiga brindó: “Por el amor. Por la confianza. Por ese abrazo en el que una puede dejarse ir”. ¿No es eso lo que cada ser humano desea? ¿No es en la confianza donde anhelamos construir? A veces. Horriblemente no. Las mujeres que confiaron en Calva Zepeda intentaron en vano “dibujar corazones en la ventana”. “El caudillo del silencio”. Alistaba sus soldados. Una niña leía el diario de Ana Frank. Última página. Sabíamos lo que seguía. Una bota nazi derribando la puerta. La vida arrebatada a Ana significa para millones de niños el primer choque brutal con el mal. Su absurdo indescifrable. Seis millones de judíos. Frente a seres humanos convertidos en amos. Implacables. Una mujer en una habitación. Frente a un hombre. Que necesita “desaparecerla”. ¿Lo sabe ella? Todo es oscuro. La bota nazi derrumba la puerta. ¿En qué momento lo supieron? El imaginario del poder ilimitado se nutre —también— de esos gozos. Hacerle saber a la víctima. Que no hay huida posible. En Ruanda sabían que venían por ellos. En Acteal —Ricardo Rocha lo hizo público— lo sabían también. Dice EL UNIVERSAL que Calva Zepeda se “comió” sus secretos. Sí. No hay un después que permita descifrar a fondo sus motivaciones inconscientes. Pero dijo bastante. En escritos y en actos. Reconocemos los mecanismos. Las constantes de una mente que fragua el aniquilamiento. En la convicción. De que con ese/os otro/os no existe. Ningún vínculo humano posible. El discurso helado de un criminal de guerra nazi (declaraciones y entrevistas, tribunal de Nuremberg) y el de un asesino serial (entrevistas de Ressler con asesinos seriales) son estremecedoramente similares. La certeza de ser superior. La deshumanización de la víctima. La falta total de límites. El trasfondo de un sentimiento de humillación. De abandono (personal o colectivo) que debe ser resarcido a costa de la víctima de elección. Porque es mujer. Homosexual. Judío. Indígena. Nada más. Es quien es. “Sólo los que son lo suficientemente fuertes como para confiar permitirán entrar a los otros a su intimidad. Ante el miedo a la pérdida de identidad, el sujeto se encierra en un proceso que lo deshumaniza. Para sentirse doblemente seguro deshumaniza a los otros. Los convierte en fetiches”. Hurni. El odio del amor. Entender. Para que no suceda. Alejandra. Verónica. Que el horror pueda detenerse. ¿Será posible? “Leche negra del alba”. ¿Y si lo deseamos juntos? Que nunca jamás sea en vano. Para nadie. “Dibujar corazones en la ventana”. Escritora |