| Europa ante la interrogante rusa
BRUSELAS.— ¿Amigo, enemigo o algo incómodamente entre ambos extremos? Esa es la pregunta que Europa se está haciendo acerca de Rusia, y Rusia acerca de una Europa que muestra renovados bríos. La elección por parte del presidente Vladimir Putin de Dmitri Medvedev, presidente de Gazprom, la compañía de gas que está comenzando a poner en dificultades el suministro energético de Europa, no hace más que dar mayor intensidad a esta pregunta. Las relaciones entre Europa y Rusia se han venido deteriorando por varios años, pero los que alguna vez eran problemas económicos manejables, incluido el de la energía, ahora se están viendo agravados por diferencias políticas más volátiles. El riesgo es un clima de hostilidad abierta, con costes potencialmente mayores que durante el nadir de la guerra fría. El punto de conflicto más obvio e inminente es Kosovo. Es probable que a principios del año próximo la mayoría de las naciones miembros de las Naciones Unidas reconozcan el enclave de mayoría albanesa en el extremo sur de Serbia como un Estado independiente. De seguro, esto inflamará los ánimos no sólo de Serbia, sino también del Kremlin. Además, están las tensiones en aumento por los planes de Estados Unidos de construir bases para su sistema de defensa antimisiles en Polonia y la República Checa, así como la creciente probabilidad de que una nueva ampliación de la OTAN incluya a Georgia, el cada vez más próspero vecino con quien Rusia tiene difíciles relaciones. Rusia continúa alentando los ímpetus secesionistas en esa nación al estimular la independencia de Abjasia y Osetia del Sur. Los ánimos se están caldeando tanto en Rusia como en Europa; sin embargo, no deja de ser paradójico que sus intereses sean en gran medida idénticos en lo referido a los mayores retos que enfrentan. Ambos enfrentan la amenaza del extremismo islámico y un creciente malestar social. Los dos tienen mucho que perder si el conflicto del Oriente Próximo estalla en violencia abierta. Y ambos tienen por delante graves problemas demográficos, con una población que envejece y disminuye, así como el desafío de las nacientes superpotencias asiáticas. El resquebrajamiento de las relaciones ha sido gradual y poco dramático, más una negativa sombría y llena de resentimiento a ver el punto de vista de la otra parte que una seguidilla de peleas. Mucho de esto tiene relación con las humillaciones sufridas por Rusia cuando el fin del comunismo puso de rodillas su economía, y a la falta de visión de largo plazo de Occidente acerca de la fortaleza y capacidad de resistencia fundamentales de Rusia. La UE tiene tanta responsabilidad como el Kremlin. En los años posteriores al colapso de la Unión Soviética, ni la UE ni las autoridades nacionales europeas han sido capaces de delinear una estrategia coherente sobre la relación que Europa desea tener con la Federación Rusa. Hoy es más importante que nunca que la UE, que ahora incluye no sólo a ex satélites de la Unión Soviética sino a países que formaban parte de ella, cree un marco estratégico para sus políticas. Esto refleja no sólo preocupaciones acerca de los problemas energéticos y de seguridad común, sino también la necesidad de desactivar las crisis en ciernes en el Oriente Próximo que puedan desestabilizar grandes áreas del planeta, por no mencionar la posibilidad de que terminen en conflictos armados. Allá, y en el volátil Cáucaso, es crucial que haya una mejora sustancial en las relaciones de Europa con Rusia para bajar las tensiones. Por su parte, Europa necesita montar una ofensiva de persuasión para convencer a Putin y Medvedev de que mejorar las relaciones bilaterales va en beneficio de Rusia misma, ya que le conviene colaborar en el tema energético de maneras que garanticen una seguridad genuina. En el Oriente Próximo, necesita persuadir a Irán de mantener a raya los elementos militares del programa nuclear que Rusia ha hecho posible. Nada de esto será fácil no sólo por el evidente enfriamiento de la relación de Europa con Rusia, sino también porque se sabe que Putin desprecia a la UE como una entidad políticamente impotente. Los líderes rusos pueden haber malinterpretado como un signo de debilidad el que en la cumbre entre la UE y Rusia del mes pasado Europa haya estado representada por dos políticos portugueses, el presidente de la Comisión Europea José Manuel Barroso y el primer ministro José Sócrates, cuyo gobierno ocupa en la actualidad la presidencia rotativa de la UE. Más decidora, a ojos de los rusos, ha sido la competencia de los países de la UE por los contratos de gas y petróleo, lo que ha ayudado mucho a convencer al Kremlin de que Europa no es una fuerza política que haya que considerar demasiado. En el lado europeo, será difícil generar un nuevo espíritu de distensión. Existe una desaprobación generalizada al estilo autocrático de Putin y al historial de derechos humanos de su gobierno. Ofrecer una rama de olivo a Rusia tiene poco o ningún atractivo para los votantes de la mayoría de los países de la UE, y los esfuerzos de Putin por retener el poder de facto si no de jure después de que Medvedev obtenga su probable victoria en marzo próximo sin duda complicarán más las cosas. Por tanto, la pregunta es si Europa y Rusia pueden establecer un nuevo marco de trabajo para dialogar. Abundan los caminos diplomáticos bien recorridos, por lo que no es un problema de falta de estructuras. Lo que se necesita es una actitud mental más positiva e ideas específicas sobre qué hacer. ©Project Syndicate Editor de la revista de políticas públicas ‘Europe’s World’ |