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    Narco: la guerra llega a casa
Editorial EL UNIVERSAL
21 de diciembre de 2007

La historia se vuelve repetitiva: a un decomiso espectacular de cocaína o precursores químicos en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México le sigue una serie de ejecuciones. La saña de las mismas va en aumento y la guerra de los cárteles se instala en la capital de la República, con toda impunidad. El fracaso de los operativos federales contra el narcotráfico es evidente; debe revertirse.

Las decapitaciones, los mutilados, las ráfagas de cientos de balas contra un solo cuerpo demuestran el envilecimiento de la guerra por territorios de los grupos criminales y su desapego por la vida a la hora de hacer sus vendetas. Primero fue el norte del país, ahora ya es el DF y la terminal aérea como eje de esa lucha.

La autoridad refiere que el aumento en el grado de violencia es directamente proporcional a su desesperación por la pérdida de mercados, rutas y mercancías. Sin embargo, no convence tal hipótesis, si se contrasta con el creciente número de consumidores y de delitos relacionados con los estupefacientes en el país y en la capital de la República. Es evidente que se han afectado fuertemente sus intereses durante el último año, pero estamos lejos del fin de este tráfico.

De poco ha servido militarizar los caminos de entidades como Michoacán o Tamaulipas. Urge un trabajo mucho más fino y de fondo en esta lucha.

Como en ningún otro aspecto de la relación bilateral, es necesario que el gobierno del DF y el federal se coordinen para ofrecer un frente conjunto en esta lucha, que no puede ser subordinada a las veleidades políticas de coyuntura. Hay una guerra que enfrentar y no se puede vencer estando divididos.

Inaceptable chantaje de los criminales

Limpiar de comerciantes ambulantes las calles del Centro Histórico del Distrito Federal no es un logro menor. Ha mejorado la imagen del primer cuadro y la convivencia de vecinos y visitantes de la zona. Por eso es preciso consolidar dicho proceso, conjurando toda amenaza por parte de los afectados y de quienes dicen defenderlos de manera legal.

El jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, denunció ayer que funcionarios de su administración han sido amenazados con armas de fuego, agredidos físicamente e insultados por quienes han sido desalojados de la venta callejera y reordenados en plazas públicas. También que en enero próximo publicará en internet la lista de despachos de abogados y litigantes que defienden “a los peores delincuentes de esta ciudad”, mismos que serán investigados para conocer su grado de vinculación y trabajo conjunto.

Ciertamente, se han afectado fuertes intereses económicos de líderes y bandas que se beneficiaban de la organización de este comercio, donde convivían fenómenos como el desempleo y la necesidad de la gente —que tienen que ser atendidos por los gobiernos local y federal—, con prácticas de venta de espacios en la vía pública, abierta extorsión, venta de artículos robados, “piratería” y hasta droga.

No son de extrañar, entonces, las represalias, verbales y físicas de los afectados. Se están perdiendo de los millonarios ingresos de la vendimia navideña. Se entiende su furia.

Es por ello que el gobierno capitalino tendría que ser más explícito y contundente para revelar los detalles de las amenazas y los nombres de quienes los defienden, por la buena o por la mala, en los juzgados. No basta amagar con denunciarlos o anunciarles que van por ellos. Hay que ir ya por ellos, exponerlos públicamente y documentar de manera puntual, no sólo genérica o declarativa, todas sus tropelías.

Sólo así la ciudadanía podrá estar mejor enterada de lo que hace su gobierno y estará en condiciones de respaldarlo, aun en el caso de que tenga que usar la fuerza pública para hacer valer el estado de Derecho.

La autoridad no puede ser tibia a este respecto. Ceder al chantaje y amenazas de los delincuentes es inadmisible y aun cuando su guía de acción esté apegada a la solución de conflictos por la vía del diálogo y la negociación —como lo ha hecho hasta ahora— tampoco puede darse el lujo de titubear ante quienes quieren imponer su voluntad en aras de proteger turbios negocios. No basta bajarse al nivel de intercambiar señales y mensajes con ellos, se debe actuar y pronto.

 
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