| “Ya va a ser Navidad”. “Y fin de año. ¡Qué bonito!” “Sí, ¿verdad?”, digo yo superhipócrita. Cada año por estas fechas, siento que me diplomo de Santo el enmascarado. Nada más comienza diciembre, y me entran unas ganas de llorar tremebundas. Ante la más ligera provocación. Mi familia. Los niños inventando sus regalos. El arbolito de Navidad. Los moños rojos. Las cenas de amigos. Los buenos deseos. Me duele, hasta el cadáver del pavo con sus patitas al aire. Es la hora de la infancia de mis hijos. Está claro. En fin. Debería de estar muy claro. Y una es una mamá más que adulta, que no puede esconderse en un ropero, a escuchar canciones de Cri Cri, de aquí hasta la Candelaria. Como si se la chupara el túnel del tiempo. Y sin embargo. Qué difícil es a veces. El tener que ser. Sobre todo adulta. ¿Seré la única que cae en estos trances de vulnerabilidad navideña, como de pastorcita que extravió su camino a Belén? Quisiera hacer una encuesta exhaustiva. Entre adultos. En los camiones. En las banquetas. “¿De veras está usted tan feliz esta Navidad? Le juro que no se lo digo a nadie. ¿Y la anterior? ¿Siente que la cuesta de diciembre le desata una particular propensión al llanto? ¿Come un poquito de más? ¿Bebe un poquito de más? ¿Sufre esa extraña sensación, que lo obliga a sonreír casi compulsivamente como si intentara ocultar algo? ¿A sumergirse en el ruido con una insistencia sospechosa? ¿Le da por recordar? ¿Qué recuerda?” Los rituales de la memoria. Son potentes. El ciclo del eterno retorno. ¿Cuántas generaciones de una familia se dan cita alrededor de una mesa en fin de año? Los presentes. Cada uno con su historia personal a cuestas. Cada uno distinto. Ante la historia en común. La presencia rotunda de los ausentes. Una mujer corta trocitos de piña. Es la receta de la ensalada Waldorf de su mamá. Es decir, la de su abuela. Quien la aprendió a su vez de su mamá. Es decir, de la bisabuela. Las tradiciones. Las cadenas generacionales. Reencontrar el “léxico familiar”. El “lugar” de cada uno en la constelación. Ese “lugar” que a veces nos gusta, y otras no tanto. El que conocemos, e ignoramos por partes. Refrendar el “Nosotros” de los orígenes. Con los niños, vamos por el arbolito. Buscamos sus regalos. Dudan. Discuten. No terminan de decidir. Más que el objeto elegido, lo fascinante son las interminables horas de deliberación alrededor del “objeto”. Esa promesa de un “deseo” aparentemente ilimitado, que —en el imaginario— podría cumplirse. “Sería genial un abono vitalicio para ver ganar siempre a los Pumas”. “Una escuela donde nunca dejen tareas”. “Que manden a esa maestra sádica a Almoloya”. Después. La realidad nos acota, y nos encaminamos hacia algún centro comercial. Sus infancias y las nuestras. Sus deseos y los nuestros. Nuestro pueblito aquí en la ciudad de México y la calle Madero. Mi hijo Diego enciende luces de bengala para sus hermanitos. Es el mayor. Los miro. Nos miro. Mi hermano mayor. Hace tanto. Ilumina la noche. Con una lluvia de estrellas. “La diosa Mnemosyne, personificación de la memoria, hermana de Cronos, es la madre de las musas: Es omnisciente, según Hesiodo: Ella sabe ‘todo lo que ha sido, lo que es y lo que será.’ Cuando el poeta está poseído por las musas abreva directamente en la ciencia de Mnemosyne, es decir, sobre todo en el conocimiento de los orígenes. El pasado, revelado así, no es más el antecedente del presente, sino su fuente”, Eliade. No se necesita ser poeta. Para “abrevar en Mnemosyne”. Las navidades son complejas y telúricas. El léxico familiar. Escritora |