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    Cumbre vs. reglas del mercado
Enrique del Val Blanco
6 de diciembre de 2007

El lunes de esta semana en la ciudad de Bali, Indonesia, dio inicio la denominada cumbre sobre el cambio climático, que intenta renovar y, mejor dicho, pretende avanzar en lo pactado hace ya 10 años en la ciudad japonesa de Kioto. Fue entonces cuando, después de tres intensos años de negociaciones, los países ricos más importantes de la época —situación que ahora ha cambiado y más en este tema— acordaron reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en 5.2% en comparación con el año 1990, es decir, siete años antes de la firma del protocolo.

En este acuerdo firmado por más de 35 países hubo sólo dos que se negaron a ratificarlo: para no variar, Estados Unidos de Norteamérica y Australia. Este último lo acaba de hacer, pero dejó pasar 10 años sin ratificarlo; todo ello, producto del cambio político en ese país. Estados Unidos se ha mantenido sin firmarlo y no hay esperanzas de que lo haga durante la negativa en todos los sentidos administración actual del señor George W. Bush.

Se estima que a esta cumbre llegarán alrededor de 20 mil personas, entre delegados, observadores, activistas y periodistas. Durante dos semanas se tratará de lograr avances sobre lo establecido en Kioto, teniendo como puntos centrales dos asuntos de la mayor relevancia. El primero de ellos es la exigencia de los países pobres de que se les ayude para lograr el cumplimiento de los acuerdos con apoyos económicos, y el segundo es, a su vez, la exigencia de los países ricos de que los pobres reduzcan sus emisiones de gases nocivos al ambiente.

El señor Ivo de Boer, quien es el secretario Ejecutivo de las Naciones Unidas para esta convención, indica que espera que se puedan iniciar las negociaciones y una agenda que por lo menos acuerden que esté vigente a partir del 1 de enero de 2013 y así, formalmente ese día, se sustituya el Protocolo de Kioto, con lo cual no habrá ningún retraso en los compromisos que adopten los diversos países.

Se considera que en esta conferencia que dio inicio en Bali no se llegará a muchos acuerdos, pero por lo menos se logrará establecer algunos compromisos que deberán alcanzarse en las conferencias programadas para 2008 en Varsovia, Polonia, y para 2009 en Dinamarca.

Durante estos 10 años el mundo ha vivido, por temporadas, situaciones en las que el asunto del cambio climático se convertía en la principal noticia, para después desaparecer de los medios de comunicación y quedarse únicamente como tema del campo científico, sin mayor repercusión hacia fuera. El último suceso extraordinario fue el otorgamiento del Premio Nobel al señor Albert Gore por su insistencia en el tema, aunque cuando fue vicepresidente de su país no pudo lograr el consenso para la ratificación del Protocolo de Kioto.

En estos 10 años se han escrito decenas de estudios sobre el tema. Asimismo, durante este periodo hemos visto desastres naturales que nunca antes habían ocurrido o, por lo menos, no se habían registrado con la intensidad con la que se presentan actualmente. Hemos sido testigos de oleadas de intenso calor en Hungría y Rumania; de incendios en toda Europa central; de inundaciones en la isla británica como nunca antes; de la desertificación en Australia; de los tsunamis en Asia, y recientemente en nuestro país de los lamentables sucesos de Tabasco y Chiapas, e incluso en Indonesia, sede de la conferencia, entre muchos otros.

El mes pasado, en la ciudad de Valencia, España, se publicó el informe final del Panel Intergubernamental del Cambio Climático, conocido por sus siglas en inglés como IPPC, donde insisten en que las emisiones de gases de efecto invernadero forzosamente tendrían que bajar para el año 2015, principalmente los gases ligados a la quema de combustibles fósiles, que son los que producen que la tierra se sobrecaliente, fenómeno que afortunadamente ya ni Estados Unidos pone en duda. El IPCC agrega que hay 90% de probabilidades que los causantes directos del calentamiento seamos los seres humanos mediante la aplicación de las políticas desarrolladas hasta la fecha.

Y es en este último punto donde se ubica la mayor duda sobre el éxito de estas cumbres, ya que el escaso éxito obtenido por lo pactado en el Protocolo de Kioto, y reconocido por todos, se relaciona directamente con el modelo de desarrollo económico mundial, es decir, los propósitos del protocolo chocan directamente con las, para muchos, inmutables reglas del mercado. Es imposible, si no cambiamos la política económica vigente, que se modifique la permanente colisión entre la realidad del mercado y la realidad de un desarrollo sostenible desde el punto de vista ambiental.

Ahora tenemos que los dos países de mayor contaminación, que son Estados Unidos y China, no han ratificado el Protocolo de Kioto y sin ellos difícilmente se podrá llegar a algo duradero.

La realidad es clara, porque ahora resulta que los países pobres tienen que cambiar su objetivo o por lo menos el camino para lograr el nivel de vida de los países desarrollados que, por supuesto, ha sido en muchas ocasiones de desperdicio. Pongamos un ejemplo: tener un aparato como los refrigeradores es necesario en cualquier país y familia. Pues ahora se nos informa que el gas que se utiliza en muchos de estos aparatos genera como subproducto otro gas, el HFC-23, del cual cada tonelada que se utiliza es cerca de 12 mil veces más perjudicial para la atmósfera que una tonelada de dióxido de carbono, según los expertos de la ONU, aunque hasta ahora dicho gas sólo represente menos de 1% del efecto invernadero.

Claro que es el hombre el responsable del efecto invernadero. Pero, más allá del ser individual, son las políticas económicas del capitalismo, con su desperdicio, las culpables de la situación actual y mientras éstas no cambien, por muchos incentivos que se establezcan, como son los créditos vendibles, difícilmente se logrará dar el gran paso para tener una producción de energía limpia y, como resultado de ella, un mundo mejor para todos.

Analista político y economista

 
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PERFIL
 
Analista político y economista. Secretario general de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también actuó como contralor general. En el ámbito público, fue subsecretario de la Contraloría y subsecretario de Desarrollo Social.
 
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