| Decía el gran canciller Metternich que la política es como una obra de teatro. Los actores desempeñan el papel que les corresponde y el público observa; pero una vez que empieza la obra, quienes están en la escena no pueden retirarse. Al final se sabrá si fue una epopeya, una comedia o una tragedia. La obra sexenal de Felipe Calderón ya terminó su primer año, con decisiones que la afectarán hasta el final. No será una epopeya, como quisiera (“he hecho las reformas fiscal y de pensiones que no pudieron mis predecesores”) y señalan sus corifeos (“compárese la situación actual de estabilidad con la de turbulencia política que marcó la toma de posesión”). En vez de una epopeya, será una obra aburrida donde el público, desde ahora, querrá llegar al final. O podrá ser una tragedia, con consecuencias graves para quienes gobiernan y para el país. Los grandes cambios que, dicen, han alcanzado, son pequeños en sus propios términos, frente al panorama que se avecina. La reforma fiscal del 1% del PIB, es sólo eso. Ahora viene la realidad. Aun en el mejor escenario de la economía norteamericana para 2008, el crecimiento va a la baja. Las metas gubernamentales no se alcanzarán y la gran oferta del Presidente del empleo, resultará la gran preocupación de millones de jóvenes que seguirán igual o peor que antes. Si hay recesión allá, aquí habrá pulmonía. De todo ese paquete, lo único rescatable es la posibilidad de incrementar la inversión en infraestructura, siempre y cuando haya una mínima capacidad de ejecución en la administración, pues de lo contrario el IETU terminará contribuyendo a la recesión, al haber retirado recursos de la sociedad y no poder ejercerlos el gobierno. La otra gran carta que el gobierno cree tener es la reforma energética. Sus decisiones han terminado por desacreditarla. La venta de Aeroméxico a uno de los protagonistas de la guerra sucia del año pasado, en una cantidad muy inferior a la que hace poco habían ofrecido, y antes de que entrara en vigor el IETU, para que lo nuevos dueños puedan consolidar las pérdidas (con lo que les saldrá gratis y todavía se les quedará a deber), descalifica cualquier intento privatizador. En el caso del petróleo, a la falta de transparencia se agrega el riesgo de inestabilidad: la polarización política que el primer intento provocaría. En la economía, lo que viene es peor. Menos crecimiento, menos empleo, más carestía, reducción de ingresos reales de los más pobres. La situación social se vuelve más difícil. Ahí están los aumentos de la tortilla de este año, de la gasolina el próximo y lo que ambos han provocado. Ahí vendrán aumentos mínimos de los salarios y las importaciones agrícolas libres que afectarán a los productores nacionales de maíz, frijol, azúcar y leche. Y frente a todo ello, ¿qué? Pero son los arreglos de la política los que definen la naturaleza de la obra sexenal. La gran estrategia política, se dice, ha sido pactar con los gobernadores y el Congreso. Sí, pero con qué contenidos. ¿Evitando una investigación imparcial sobre la corrupción? ¿Encubriendo las violaciones a los derechos humanos cometidas en Oaxaca? O lo que se convertirá en el signo de la vergüenza pública: la protección al gobernador de Puebla en el caso de Lydia Cacho. ¿Ese es el precio que se paga por los votos de Puebla, o por los votos para el IETU cuando Felipe Calderón ofreció en su campaña juicio político contra los responsables de esos actos ilegales? Frente a estos hechos, las decisiones plausibles en apoyo de otros cambios, como la reforma electoral, palidecen. Regresa la vida política a los pactos de la impunidad, como sustento principal del régimen. Antes de que la obra prosiga, Felipe Calderón debiera preguntarse si con esta política le van a alcanzar el sustento y la popularidad para enfrentar condiciones económicas, sociales y de respaldo en la opinión que le serán más adversas. Si el pago por los votos de 2006 debe ser el estancamiento de la economía y el desprestigio del régimen. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |