| Dejé pasar un poco de tiempo para que se enfriaran los ánimos exaltados por “la toma de Catedral” del domingo 18 de noviembre, poco antes de que Andrés Manuel López Obrador presentara su “primer informe” en la plaza de la Constitución, cuando en pantallas gigantes se enseñaba al público el cardenal Norberto Rivera que bendecía a Carlos Salinas, y cuando el repique de campanas provocaba la histórica pregunta de Rosario Ibarra sobre el sentido de este estruendo. Los hechos son conocidos y, oficialmente, el caso está archivado; después de seis días de cierre, Catedral abrió sus puertas, el PRD y la Iglesia católica acordaron “de buena fe”, ambos declararon su satisfacción y, por su parte, el Gobierno del Distrito Federal aseguró, una vez más, que todas las medidas están tomadas para evitar semejantes desastrosos incidentes. Hasta la próxima. ¿Por qué? Porque las evidentes fracturas en el seno del PRD no inspiran confianza; si Nueva Izquierda, si la dirigencia nacional, algunos reticentes, los otros no, han optado por el diálogo con la Iglesia y aceptado ir a denunciar con ella los hechos frente al Ministerio Público, en el otro bando impera, en el mejor de los casos, el silencio y más bien la denuncia repetida de las “provocaciones clericales”. Así de Ricardo Ruiz, secretario de Gobierno del DF, en sus declaraciones a La Jornada (20 de noviembre, pág. 5). Cuando Guadalupe Acosta Naranjo, secretario general del PRD nacional, dice que “urge poner un alto a esas acciones” (24 en 16 meses), cuando habla de “expulsar del partido a nuestros militantes que desoigan el llamado de la prudencia y cordura”, Gerardo Fernández Noroña le reclama en un tono roñoso y le reprocha haber llevado el asunto ante la justicia. No es correcto mantener un equilibrio prudente entre los dos bandos que dividen al PRD, como tampoco es correcto afectar una forzada ecuanimidad del tipo “provocaciones hubo de las dos partes”; muchos comentaristas tienen la obsesión, especialmente este caso, de no darle toda la razón a un bando. Un interlocutor me hizo notar que un articulista llegó a decir que, aunque no sabía de algún dato en particular implicando a la Iglesia, había que “buscarle algo a la actuación de la jerarquía en este caso”. Algo como recalentar los “abusos sexuales cometidos por los jerarcas de los Legionarios de Cristo”; por cierto, entre las pancartas nada improvisadas de los “exaltados” (hay que disculparlos) o “infiltrados” (en este caso son agentes de Calderón y de la Texaco), las había contra los “pederastas, el infierno los espera”. Y un periodista católico, después de calificar de “irracionales los hechos del domingo”, denunciaba de manera salomónica “la intransigencia política y la intransigencia religiosa”. Demasiado es demasiado. Bien dijo el maestro Hegel —dice Marx—, la historia suele repetirse dos veces, pero no dijo que la primera vez en forma de tragedia, la segunda como farsa. Los que al día siguiente de la toma de Catedral han querido asustar con una nueva Cristiada, con un “petate neocristero”, le dan la razón a Hegel, pero la farsa es de ellos. La toma de Catedral no es la toma del templo de la Soledad en 1925 para crear una Iglesia cismática; López Obrador, cuando denuncia un catedralgate, un complot petrolero contra sus proposiciones en cuestión de hidrocarburos, no es el presidente Calles, metido en 1926-1927 en una ruda lucha con las compañías petroleras anglosajonas; las camisas amarillas no son las rojas de Garrido Canabal. A propósito de Garrido, el sátrapa de Tabasco entre 1920 y 1936, el “desfanatizador” que mandaba quemar santos y destruir templos, es de recordar que las izquierdas en el mundo entero tienen en su genealogía dos genes y le toca hoy a la izquierda mexicana, si no quiere dividirse más aún en muchas izquierdas impotentes, escoger entre esos dos genes: la democracia y la violencia. El PRD debe escoger de una vez para siempre entre Tomás Garrido Canabal y Lázaro Cárdenas. Cárdenas, a quién nadie se atreverá a negarle la calidad de hombre de izquierda, era personalmente ateo o agnóstico y estaba de acuerdo en luchar contra la influencia de la Iglesia, siempre y cuando se oponía al programa social de la Revolución. Pero a diferencia de Garrido nunca fue un “comecuras” y tampoco un anticlerical. Conocía a su pueblo y lo respetaba, era un hombre de razón que practicaba la ética de la responsabilidad, en lugar de dejarse llevar por una ética de la irresponsable convicción. Por eso supo y pudo cerrar definitivamente el trágico conflicto religioso y dar la paz a México; pudo hacerlo porque trataba con y era el amigo tanto del arzobispo de México, Luis María Martínez, como de los curas pueblerinos: estoy pensando en el padre Federico González, de San José de Gracia, en el cura Betancourt, quien le ayudó a convencer los cristeros de Coalcomán de que la guerra había terminado. Me consta que el general, en sus giras por los pueblos, empezaba siempre por ir a saludar al cura y muchas veces se quedaba a comer o a dormir en su casa. Insisto, conocía a su gente y la apreciaba. Por eso, a la muerte del general, viejos cristeros de Michoacán, como don Ezequiel Mendoza Barragán, vinieron al DF y se quedaron solos en el velorio, acompañando a don Lázaro, cuando los políticos se habían retirado a las altas horas de la noche. Todos pensamos históricamente. Que se trate del destino de México o, más modestamente, de la línea por seguir frente a nuestra vida política de cada día, buscamos de manera espontánea precedentes en el pasado; nuestra conciencia política es inevitablemente histórica, para bien y para mal. En el episodio de la “toma de Catedral”, no hay que evocar a la gran crisis de 1926 y a sus terribles consecuencias, sino al presidente Lázaro Cárdenas y a los sabios obispos que supieron darle tiempo al tiempo para que, después de lanzar fuera del país a Garrido, el hombre de Michoacán, el Esfinge de Jiquilpan, lograra reconciliar a México con sí mismo. jean.meyer@cide.edu Profesor investigador del CIDE |