| No importa quién haya arrojado la primera piedra. Aun si se toma como una respuesta a la “provocación” por el repique excesivo de las campanas para el llamado a misa, el asalto a Catedral por parte de una centena de feligreses lopezobradoristas es lamentable y perjudicial para su propia causa: el escándalo nubla lo acontecido durante la tercera Convención Nacional Democrática y agranda el expediente negro de la izquierda, les endilga nuevos epítetos de intolerancia y violencia. Con la sensibilidad a flor de piel tanto en la Catedral como en el Zócalo de la ciudad de México, bastó una insinuación o una arenga emitida con torpeza por parte de la senadora Rosario Ibarra (“¿Será que las campanas saludan a esta Convención Nacional o querrán hacer que callen las voces del pueblo? ¡Hay que indagarlo!”), para que el conflicto escalara un peldaño hasta convertirse en el más grave desencuentro entre el PRD y la Iglesia católica. Al parecer, no se tomaron en serio los focos amarillos encendidos a raíz de lo acontecido hace poco más de un mes, cuando un grupo de ciudadanos le cerró el paso y golpeó el vehículo del cardenal Norberto Rivera: ¿qué se hizo desde entonces para atajar el conflicto? ¿Qué pasó con las nuevas medidas de seguridad? El gobierno legítimo, el PRD y el jefe de Gobierno deben prender las señales de alarma, porque cualquier tipo de hostigamiento o confrontación —sobre todo en los espacios para el culto religioso— es reprobado por la ciudadanía. En otras palabras, este asalto a Catedral ofende y agravia a un sector importante de la sociedad. ¿Cuándo empezó todo esto? El cardenal Norberto Rivera ha estado desde hace tiempo en el ojo del huracán. Más que pastor religioso, es ave de tempestades, no son infrecuentes sus alegatos públicos, su exigencia de derechos políticos “plenos” para los ministros religiosos, al tiempo que reclama educación religiosa en las escuelas públicas y acceso a medios de comunicación propios (televisión y radio). Ajonjolí de todos los moles, lo mismo aparece —como su cofrade Onésimo Cepeda— en eventos con hombres del poder económico (no siempre bien habido), que en una agencia del Ministerio Público denunciando las agresiones en su contra o en entrevista con Joaquín López Dóriga en El Noticiero, denunciando que ha recibido amenazas de muerte. En septiembre de 2006 se dio a conocer que Joaquín Aguilar Méndez lo había demandado penalmente en Los Ángeles, California, por encubrir al sacerdote Nicolás Aguilar Rivera, quien habría abusado sexualmente de él cuando apenas contaba con 12 años de edad; hoy tiene más de 26. En su más reciente fallo, la Corte Superior de Los Ángeles no exculpó al cardenal como pretendieron hacer creer sus voceros en México, simplemente resolvió que no tenía competencia para juzgar un asunto ocurrido fuera de su jurisdicción. El 23 de septiembre Julia Klung o Cruz, una persona identificada con el PRD, según ha dicho el cardenal Norberto, protestó ante el altar y exigió al Cardenal Norberto Rivera no opinar de política. El 11 de octubre, monseñor Rivera fue detenido al salir del estacionamiento de la Catedral por un grupo que lo agredió verbalmente y maltrató su vehículo. El semanario Desde la Fe de la arquidiócesis ha dicho que “se trata de una serie de agresiones de distintos niveles, claramente originadas desde el Partido de la Revolución Democrática que ha perdido su capacidad de diálogo y respeto”. No puede ignorarse la gravedad de la irrupción en Catedral, pero la jerarquía católica también debiera atemperar sus ánimos: cerrar las puertas de la Catedral de manera “indefinida” constituye una reacción desproporcionada, una medida que magnifica la afrenta y enfatiza el agravio. Es imperativo evitar que esta confrontación política se convierta en un choque de feligresías. La Catedral y el Zócalo de la ciudad de México son espacios de todos, lugar de encuentro de la pluralidad que es la sociedad mexicana. Director de Grupo Consultor Interdisciplinario, SC |