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    Enfermedad holandesa
José Luis Calva
21 de noviembre de 2007

Durante los primeros seis años y medio del siglo XXI, los ingresos de divisas hacia México por inversión extranjera ascendieron a 167 mil 424.1 millones de dólares (mdd); las remesas de los migrantes mexicanos alcanzaron 146 mil 165 mdd; y los ingresos por exportaciones petroleras ascendieron a 237 mil 334.5 mdd. Suma sumarum: 550 mil 923.6 millones de dólares.

Sin embargo, estos enormes ingresos de divisas no trajeron consigo un mayor crecimiento económico. Al contrario, durante los primeros 13 semestres del siglo XXI, la tasa media de crecimiento del PIB mexicano apenas alcanzó 2.3% anual (contra 6.1% anual bajo el modelo precedente al neoliberal: 1934-1982). En consecuencia, a pesar del menor crecimiento demográfico —derivado no sólo del descenso de la tasa de natalidad, sino también de la enorme migración de mexicanos al extranjero durante 2001-2007 (véase EL UNIVERSAL, 15/XI/07)—, el PIB per cápita apenas creció a una tasa media de 0.7% anual durante este lapso (contra 3.2% anual bajo el modelo precedente al neoliberal). En otras palabras: nos encaminamos hacia una nueva década perdida para el desarrollo.

La paradoja es inquietante: los ingresos agregados de divisas durante estos 13 semestres fueron 139.8% mayores que los observados en el sexenio 1995-2000 (a valor presente, en los indicados conceptos); pero el PIB mexicano apenas presentó un crecimiento acumulado de 16%.

No es algo insólito. Se trata del típico síndrome económico conocido como “enfermedad holandesa”. Permítaseme recordarlo: este concepto derivó del impacto adverso que tuvo en la economía de Holanda el boom de ingresos procedentes de sus exportaciones de gas natural, tras los grandes descubrimientos del Mar del Norte en la década de 1960. En lugar de que estos ingresos impulsaran el crecimiento económico de Holanda, propiciaron su estancamiento —especialmente en las manufacturas—, debido a la apreciación real de su moneda nacional (el florín) causada por el torrente de divisas. Después de que Corden y Neary publicaron en 1982 un estudio clásico sobre este fenómeno, el concepto de “enfermedad holandesa” ha sido aplicado al análisis de efectos adversos similares en otras economías (los causados por los tesoros coloniales sobre la economía de España, por el boom del oro sobre la economía de Australia hacia 1850, por el alza de los precios internacionales del café sobre la economía de Colombia en los 70, etcétera).

En esencia, el síndrome holandés puede resumirse así: una enorme sobreoferta de divisas, cualquiera que sea su origen, puede provocar procesos de apreciación real del tipo de cambio, es decir, una situación de mercado de divisas sobreofrecido cuya característica es que a un precio real progresivamente menor la oferta de divisas se equilibra con la demanda.

El efecto inmediato de esta apreciación real de la moneda nacional es el desalineamiento de los precios relativos internos frente a los externos o, lo que es lo mismo, la pérdida progresiva de competitividad-precio de los productos locales tanto en el mercado interno (frente a las importaciones) como en los mercados externos, con el consiguiente efecto negativo sobre el crecimiento del producto nacional y del empleo. Para evitar que los enormes flujos de divisas sobrevalúen la moneda nacional, la solución consiste en esterilizar su efecto: el banco central interviene en el mercado cambiario comprando las divisas excedentes con moneda nacional; y, al mismo tiempo, evita efectos inflacionarios de estas compras mediante la colocación de títulos de deuda pública.

Pero en México esta medicina no se ha aplicado consistentemente, porque resultaría incompatible con la estrategia macroeconómica vigente, que utiliza el tipo de cambio como ancla antiinflacionaria.

Por eso, para que nuestra economía se cure de la “enfermedad holandesa” es necesario pasar a una nueva estrategia macroeconómica, en la que la política cambiaria sea utilizada —mediante un régimen de flotación administrada— como instrumento de la competitividad-precio de los productos nacionales y, por tanto, del crecimiento acelerado y sostenido del producto nacional y del empleo.

Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

 
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PERFIL
 
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Especialista en economía agrícola y desarrollo rural, fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo en 1999, por artículo de fondo publicado en EL UNIVERSAL, donde colabora desde mayo de 1995. Ha impartido numerosos cursos en universidades de México y el extranjero y participado como ponente en más de 200 seminarios y congresos científicos. Entre sus logros se cuentan también el Premio en Investigación Económica "Maestro Jesús Silva Herzog" 1999, el Premio Universidad Nacional 2001 en ese mismo ramo y el Primer Premio Nacional de Periodismo en Análisis Económico 2001, otorgado por el Club de Periodistas de México, A.C.
 
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