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    Desencantados con la democracia
Editorial EL UNIVERSAL
20 de noviembre de 2007

La democracia no es la varita mágica que resuelve, por sí sola, la situación política y económica de las naciones, pero es el único sistema de organización social conocido que garantiza importantes grados de representación ciudadana para resolverlos. Aun así, los mexicanos y buena parte de los latinoamericanos están desencantados de ella.

Según la encuesta anual Latinobarómetro, la democracia no es el sistema de gobierno preferido por los ciudadanos del hemisferio. En el continente, sólo 48% de los ciudadanos lo prefiere, en contra de 52% que se inclina por regímenes fuertes, si son eficaces.

El análisis asegura que más que un giro a la izquierda en los países de la región, lo que se ve es una exigencia a sus respectivos Estados para que intervengan en la justa distribución del ingreso, lo que va en contra de los postulados de libre mercado, que los ciudadanos no aprueban.

México es un caso paradigmático. Como los procesos electorales se han puesto en entredicho y son inocultables desigualdad y pobreza, hoy menos mexicanos —31%, contra 41% del año pasado— están a gusto con la vida democrática.

Después de siete décadas de partido único, en el 2000 experimentamos un cambio de partido en el poder, lo que ciertamente nos hizo avanzar en la transición de nuestra democracia, pero no ha sido suficiente para consolidarla.

La democracia no se agota con el acto de votar. De lo que finalmente se trata es de que los funcionarios y legisladores así electos nos ayuden a igualar las oportunidades de vida, libertad, justicia, salud, casa, vestido, sustento, educación y trabajo. De borrar las hondas divisiones entre opulentos e indigentes. Todavía estamos muy lejos de llegar a eso.

No todas las metas a las que aspira un pueblo pueden ser alcanzadas por la sola voluntad de un gobernante, que requiere de habilidad para moverse entre poderosos y despiadados intereses económicos e ideológicos que lo presionan para que siga la ruta que a ellos les conviene.

Aun así, no podemos desesperarnos y caer en tentaciones autoritarias o que ofrezcan atajos sociales inexistentes.

Es decir, lo ganado se puede perder si nos desviamos del objetivo final, el de largo plazo, que es alcanzar un nivel social estable y justo para todos.

Debemos meditar sobre los resultados del Latinobarómetro para detectar bien el sentido del cambio político y económico en México y conjurar desencantos o turbulencias sociales. La democracia no resuelve de un día para otro los problemas, pero crea las condiciones para transitar hacia sus soluciones de la mejor manera. Requerimos ajustes políticos, electorales —muchas de las cuales se analizan en el seno de la reforma del Estado— y se necesitan también correcciones al modelo económico, para no quedarnos atados a dogmas que impidan el crecimiento y la prosperidad de los mexicanos.

No echemos en saco roto lo que opina la gente. Acaso en su insatisfacción se encuentre la semilla del verdadero éxito.

 
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