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    Cuando llegue el olvido
Mayté Noriega
10 de noviembre de 2007

Han pasado 13 días desde que las lluvias, que hicieron que se desbordaran los ríos, inundaron Tabasco. Las imágenes que ha transmitido la televisión sobre las casas sumergidas bajo el agua, los rostros aterrados, la desesperación de quienes se aferran a lo que sea para sobrevivir, la angustia por los que no aparecen, los niños que lloran sin entender qué pasa y el desamparo nos han acompañado todos estos días.

Primero la gratitud hacia aquellos que extendían sus manos para brindar ayuda, para sacar a los atrapados, para cobijarlos y llevarlos a lugar seguro. Después el traslado a los albergues, el hacinamiento, la falta de privacidad, la carencia de lo indispensable y la nada en la que transcurren sus días, por el momento a salvo. Privan el aburrimiento, la desolación, la desesperanza, la incomunicación y la angustia por no saber qué pasará mañana. Unos se aferran a sus casas. Son sobrevivientes y protegen aquello que poseen, su trabajo de años, su refugio.

En las calles, los cayucos y las lanchas sustituyen a los automotores. Y todo rodeado por agua, no esa agua incolora, inodora e insípida que nos da la vida, sino aquella oscura, mortecina, que anuncia la fatalidad, que lo destruye todo, que se abre paso fuera de sus cauces derribando todo, sin aviso y sin misericordia. Nada se le opone.

Desde el aire se aprecia el desastre en toda su magnitud. Aquellos muros de agua de que hablaba Revueltas se extienden a tierra firme y lo dominan todo. El ganado muere y los pastizales escondidos desaparecen en medio de la humedad que se extiende por las paredes e invade el ambiente impidiendo la respiración. El agua traspasó los muros de casas, las escuelas y los hospitales para convertir todo en desecho.

Llegan la ayuda, las despensas, los medicamentos y la ropa, necesaria para intentar paliar las carencias de la gente en los refugios. Esa gente que una vez que el agua baje y desnude las calles y los campos tomará conciencia de su realidad. Aparecerán los cadáveres de los animales, los lodos y la suciedad invadirán las calles y en las casas poco podrá salvarse. Habrá que limpiar, tirar, y volver a empezar. Los pobres lo serán más y tendrán menos recursos y posibilidades para recomponer sus vidas, para rehacer su patrimonio, para entender por qué la naturaleza se ceba con ellos.

La gente impresionada por las imágenes de la inundación y la cifra de más de un millón de damnificados acude generosa a brindar su ayuda en este momento en el que los medios atienden sin descanso a Tabasco. Después, porque así ocurre irremediablemente, el olvido. Ese mismo olvido que protege a los corruptos, a los ineptos, a los negligentes, a los inmorales. Ese olvido que dejará a los damnificados rascándose con sus propias uñas y a otros lucrando con la tragedia y haciendo negocios con la reconstrucción. Porque la naturaleza humana puede ser tan violenta y descarnada como natural.

El desastre estaba anunciado. Pero cada funcionario en su momento se jugó el volado de “no va a pasar nada” y negligentemente decidió ignorarlo, postergando las obras que hubieran hecho más manejable la tragedia. Hoy es importante superar la emergencia; mañana, reconstruir, rehabilitar y generar condiciones para que la gente pueda recuperar por lo menos sus niveles de vida, muchos de ellos precarios desde antes de la inundación. Y mañana también buscar no a los responsables, porque esos no existen, sino a los irresponsables que nadaron en seco y de muertito preparando el siguiente paso en su carrera política. Aquellos que dilapidaron los recursos y propiciaron negocios ilegítimos. Aquellos que siguen confiando en la resignación perenne de los pobres, que abundan en Tabasco y Chiapas.

Si queremos que la corrupción y la indolencia desaparezcan de nuestro entorno es necesario castigar a quienes tuvieron la responsabilidad, en su momento, de aplicar en mejoras los recursos públicos que les entregaron. Que no vengan los argumentos de las venganzas o las cacerías de brujas, simplemente que se investigue y se aplique la ley. Al diablo las negociaciones políticas en las que se ignora a los muertos, que generalmente ponen los pobres, por una reforma en el Congreso o la impunidad futura. Algo huele a podrido en Tabasco y Chiapas y no son sólo las aguas de la inundación.

Periodista

 
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PERFIL
 
Mayté Noriega. Tiene estudios de periodismo en la UNAM y la Universidad de Navarra en Pamplona, España. Ha trabajado en televisión durante más de 30 años, en los canales: 11, 13, y TVC en el sistema de televisión por cable, PCTV. También ha incursionado en la radio, específicamente en Radio Educación y en Radio Mil, y en la prensa, en el hoy desaparecido diario, El Nacional. Pertenece a la Sociedad General de Escritores de México, y formó parte de su consejo directivo durante 9 años. Ha dado clases de guión, en la escuela de escritores de SOGEM
 
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