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    Diez días que conmovieron al mundo
Jean Meyer
28 de octubre de 2007

Hace 90 años los bolcheviques derro-caban al gobierno provisional surgido de la Revolución Rusa de febrero de 1917. No está mal recordar lo que pasó durante esos 10 días de otoño en las brumas de San Petersburgo, cuando “una idea se convirtió en fuerza material al apoderarse de las masas” (Lenin). En su famoso libro Diez días que…, nuestro querido John Reed, el autor de México insurgente, relata el diálogo siguiente, entre dos soldados con bayoneta calada, a la entrada de la estación, y un estudiante obviamente opuesto al golpe de Estado bolchevique.

“—Supongo que se dan cuenta de que al empuñar las armas contra sus hermanos se convierten en instrumentos de asesinos y traidores.

—Escuche, hermanito —respondió el soldado—, no comprende, hay dos clases, verán: el proletariado y la burguesía. Nosotros…

—¡Oh! Ya conozco esas sandeces —lo interrumpió el estudiante—. Un montón de campesinos ignorantes como tú le berrea consignas a uno. He estudiado el marxismo, yo pasé dos años en la cárcel por actividades revolucionarias y eso por lo que combates no es el socialismo, es anarquía proalemana. (En el marco de la Primera Guerra Mundial, los alemanes favorecieron a Lenin para destruir a su adversario ruso. Nota de JM).

—Sí, ya sé —respondió el soldado con el sudor corriéndole por la frente—, usted es una persona educada y debe ser un gran héroe y yo un hombre sencillo, pero me parece…

—Estoy contra los bolcheviques que destruyen a nuestra Rusia, a nuestra revolución libre. ¿Cómo lo explicas?

—No puedo explicarlo bien, a mí me parece sencillo, sólo que no estoy educado. Lenin dice que no hay más que dos clases, y quien no está de un lado, está del otro”.

En el mismo momento el socialista Simon Dubnov apuntaba en su diario: “Como todos los partidarios de la revolución de febrero que había derrocado al zarismo e instaurado una república democrática, interpreto el golpe de Estado de octubre, como un crimen contra la democracia. Dos hechos han confirmado pronto ese juicio: la dispersión de la Asamblea Constituyente por la única razón de que las elecciones nos habían dado la mayoría contra los bolcheviques, y el terror del gobierno Lenin-Trotsky”.

En una noche, Trotsky, obedeciendo a Lenin, había acabado con la República provisional. El Estado no desapareció como lo prometió Lenin en su El Estado y la Revolución, sino que fue conquistado, en todas sus instancias, por los bolcheviques: Rusia quedó gobernada por el Comité Central del Partido y por lo mismo nada subsistió de la libertad de los individuos. Cuando se trata del Estado-partido, Lenin no conoce ni justicia, ni misericordia. Para alimentar la policía política y el ejército, quita a los campesinos cosechas y semillas; cuando un pueblo resiste a la profanación o destrucción de su templo, ordena: “Más habrá fusilados entre la burguesía y el clero reaccionario, mejor será”. A la juventud comunista le enseña que “la moral comunista tiene por fin único el triunfo de la revolución”. Es el inventor del Estado totalitario para el cual el hombre es una pequeña pieza en la máquina estatal. “Nunca hemos rechazado el principio del terror”, escribió en mayo de 1901, pero recomendaba el terror de masas y no el terror individual de los anarquistas o de los “terroristas pequeños burgueses”. “En la vida de un pueblo, los grandes problemas sólo se zanjan por la fuerza. Una vez que la bayoneta está en la primera fila de la acción política, las ilusiones constitucionales y los ejercicios escolásticos del parlamentarismo ya no son más que una cobertura que esconde la traición burguesa de la revolución. La clase auténticamente revolucionaria debe esgrimir entonces la consigna de la dictadura”, escribía en su famoso ¿Qué hacer?, muchos años antes de tomar el poder.

Solzhenitsyn, en una entrevista reciente, subraya que Lenin y Trotsky eran “unos políticos excepcionalmente vigorosos que en poco tiempo supieron aprovechar la debilidad del gobierno de Kerenski, pero permítame decirle que la “Revolución de Octubre” es un mito creado por los vencedores. El 25 de octubre de 1917 un violento golpe de Estado relámpago en Petrogrado fue brillantemente ejecutado por León Trotsky. Lo que llamamos la “Revolución Rusa de 1917” ocurrió en febrero, no en octubre”.

Los contemporáneos no tomaron en seguida la medida de la importancia del octubre leninista, y esos 10 días “conmovieron al mundo” sólo después del triunfo de Lenin en 1920. Hoy en día, 90 años después, y a 16 años de la desaparición de la URSS, no es fácil para las nuevas generaciones entender el poderoso llamado de la revolución roja, entender la densidad espiritual, la íntima violencia ascética de ese marxismo que no tardaría en llamarse marxismo-leninismo; sedujo a muchos cristianos en Rusia y fuera de Rusia precisamente por eso, por su odio a un mundo “burgués” y “capitalista” considerado como maldito, como diabólico. Sin esa densidad, sin esa violencia interior que los revolucionarios rusos compartían con el marxista Lenin, la revolución bolchevique no hubiera podido estallar con tal eficacia y emprender la conquista del mundo.

El nuevo evangelio anunciaba la solución definitiva de todos los problemas sociales, el advenimiento de la sociedad sin clases y de la paz universal. La decepción final estuvo a la altura de las esperanzas iniciales. La URSS cayó víctima de su fidelidad al proyecto mundial e ilimitado de Lenin. Ese proyecto supuso muy pronto la concentración de todas las fuerzas económicas y técnicas en la potencia militar. Cuando en tiempos de Gorbachov el aparato del Estado, empezando por el KGB en el cual trabajaba un joven Vladimir Putin, se dio cuenta que no podía competir más tiempo con el Occidente en ese campo, tiró la toalla y el Imperio se disolvió en un instante, dejando huérfanos a todos los comunistas del mundo. La noche del 25 de octubre de 1917 fue tan breve como esa noche de diciembre de 1991 cuando los presidentes de las repúblicas soviéticas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia decidieron firmar el acta de defunción de la URSS. Dos noches, dos golpes de Estado, el primero con algo de sangre, el segundo con un poco de tinta.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
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