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    Urbes al borde del estallido
Editorial EL UNIVERSAL
19 de octubre de 2007

Sin exageración, la violenta reacción popular contra los autobuses del transporte urbano por el atropellamiento y muerte de una madre que llevaba al kínder a su hijo, quien también murió, es un signo de que la paciencia de la gente se agota, desde el estado de México, donde ayer se dio el suceso, hasta Monterrey y Acapulco, que los han tenido en semanas recientes.

Millones de compatriotas, los más pobres, padecen diariamente el ultraje del servicio citadino de autobuses. A bordo de ellos dejan en cada jornada varias horas de su vida, hacinados, con tarifas que merman su salario mínimo y sin la seguridad de llegar sanos y salvos, ya no digamos puntualmente, a sus destinos.

Si no resultan lesionados o muertos en un accidente, generalmente atribuido al exceso de velocidad y a la imprudencia, cuando no al consumo de alcohol y droga por parte de choferes que así se ayudan a soportar sus largas jornadas laborales, llegan molidos al trabajo y regresan exhaustos a sus hogares.

En Acapulco, recientemente, pero también en otros lugares de la República, el hartazgo por la anarquía de empresas del servicio de pasajeros, así como por la inacción de las autoridades, ha devenido en ataques a las unidades después de algún choque o atropellamiento.

La muestra mayor del problema es la zona metropolitana de la ciudad de México, donde el tránsito se agrava hasta la parálisis, y ahí no sólo incide en el transporte público sino que borra las diferencias sociales, pues afecta por igual a microbuses, taxis, autobuses urbanos, automóviles particulares y vehículos de reparto.

El DF es cruzado por carreteras que van de sur a norte y de este a oeste, que recargan la circulación absurdamente por falta de un verdadero periférico o de autopistas que enlacen a los estados circundantes. Todas las vías rápidas terminan irremisiblemente en un semáforo que al final detiene el tránsito a tal punto que allí ofrecen su mercancía vendedores ambulantes.

No hay estacionamientos suficientes, pero por doquier se levantan nuevos edificios sin calcular el impacto en el incremento del movimiento de vehículos.

En general, la gente de cualquier clase social padece resignadamente los tapones de tráfico y los atropellos del transporte público; sin embargo, ayer, la gota derramó el vaso y aquello pudo terminar en un linchamiento.

Para la señora Juana Salas Ruiz, de 30 años, y su hijo de cinco ya no hay nada que hacer. Pero, ¿para los demás qué?

Ciudades como Nueva York tienen ingenieros de tránsito. En Chile, la presidenta Michelle Bachelet está destinando buena parte de la energía de su gabinete a resolver los problemas de circulación en Santiago.

En México no podemos limitarnos a hacer recurrente el chiste de que nadie puede contar por más de 10 minutos su pesadilla del tráfico del día, ni a validar que se llega tarde o temprano a todos lados por ser incapaces de calcular el tiempo de traslado.

Las autoridades de todo el país necesitan ser muy insensibles si el episodio de ayer en Chimalhuacán no las persuade de formular un verdadero programa de transporte masivo para resolver este problema de las grandes ciudades.

 
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