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    Atención, UNAM
Sara Sefchovich
15 de octubre de 2007

En días pasados recibí el si-guiente correo electrónico: “Soy vecina de Ciudad Universitaria, hace más o menos diez años te escribí contándote lo mismo que ahora haré: el ruido dentro de Ciudad Universitaria. En aquel entonces enviamos una carta a las autoridades universitarias y respondieron, concretamente de la Facultad de Derecho. El ruido cesó por un rato, pero desde entonces hay que estar insistiendo en llamar, a las 12 de la noche, a las dos de la mañana, los sábados a partir de las tres de la tarde, para que por favor hagan algo y pongan orden. Anoche mismo tuve que hacerlo y le cuestionaba a la persona que me atendió, por qué esperaban a que uno llamara para callar a los ‘seudoestudiantes’, por qué no hacían su trabajo de vigilancia”.

¿Qué puede hacer uno frente a lo que sucede dentro de CU? ¿Por qué no podemos llamar a la patrulla? No, imagínate, “violan su autonomía”, pero la de esos vándalos, no la de la Universidad.

¿Qué hacer? Les aventamos botellas desde la azotea, hay que cambiarse de domicilio, poner ventanas de doble fondo y tener cerradas las mismas toda la noche. Hay que cambiar nuestras formas de vida, porque unos vigilantes no hacen su trabajo y unos dizque estudiantes no respetan absolutamente nada. ¡Qué desesperación! Y que impotencia, que coraje no poder hacer nada. Y claman por sus “derechos humanos”, y los que estamos sufriendo las consecuencias de la irresponsabilidad de la otra parte y de la inacción de las autoridades, ¿qué? ¿Nosotros si tenemos que entender? ¿Quién ejercerá su autoridad dentro de Ciudad Universitaria?

Este texto pone en evidencia varios problemas:

1. Que los ciudadanos no contamos para nada. A nadie le interesamos (como no sea a la hora de votar) y no tenemos a quién recurrir porque ni las autoridades ni las policías están dispuestas a cumplir con su trabajo. Y eso porque no hay ningún incentivo para ello y, en cambio, es mejor no hacer nada pues entonces no se meten en líos.

2. Que el respeto a los derechos humanos se entiende sólo para los victimarios y no para las víctimas. La Reina del Pacífico, recientemente detenida, puede mandar una carta a la CNDH quejándose porque en su celda hay chinches, pero una ciudadana pacífica y trabajadora lleva diez años pidiendo que la dejen dormir en su propia casa y no hay nadie que atienda su queja ¡con todo y que existe una norma que decide cuántos decibeles se permiten y sanciona “producir ruidos que atenten contra la tranquilidad o la salud con multas de 11 a 20 días de salario mínimo o 13 a 24 horas de arresto”!

3. Que existe la creencia de que el concepto de autonomía significa que las instalaciones de la UNAM son territorio en el que no funcionan las leyes y reglamentos del país.

El término violencia se refiere a un amplio rango de situaciones y tiene muchos grados y niveles, pero por lo general se define como “un comportamiento caracterizado por el ejercicio de la fuerza para ocasionar un daño o lesión a otra persona”. Golpes, maltratos, humillaciones, eso es violencia. Pero nunca se considera como tal al ruido, que hoy día es una de las formas mas brutales de violencia que se ejercen en contra de los ciudadanos.

Aquí he publicado quejas de personas que viven en el infierno del ruido sin que ninguna autoridad les haga caso y hasta de un médico que decía: “La intensidad del ruido proveniente de los equipos de sonido de alta potencia frente a la unidad médica del IMSS nos dificulta atender adecuadamente a los casi 400 pacientes que vemos en el turno vespertino. Tenemos años de soportar esta situación. El volumen del sonido es insultante”.

Y es que hoy, cualquiera tiene acceso a la tecnología para producir ruido y se siente con derecho de apropiarse de la vía pública y de obligar a los demás a soportarlo por horas sin fin. Y no hay quien contravenga más esa ley que las propias autoridades que un día sí y otro también organizan espectáculos públicos y escandalosos conciertos en calles y plazas.

Según Nelson Arteaga: “La violencia sólo se puede entender como el resultado de un proceso de constante desorganización social”. Dentro de eso, estaría la pérdida de la capacidad de mando y la nula obediencia a las leyes, producto ambas del propio proceso democrático mal entendido y trunco. Como afirma una autora: “La naturaleza nos da la capacidad para la violencia pero es la circunstancia social la que determina si se ejerce y cómo se ejerce esa capacidad.”

En México estamos viviendo esa forma extrema de violencia que es el ruido, la cual debe tratarse como lo que es: un delito.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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