| Por muchos motivos —históricos, literarios, artísti-cos o culturales— en América Latina estamos acostumbrados a pensar, como primera imagen, casi automática, en La Sorbona, cuando hablamos de una universidad europea o extranjera. Referentes obligados como Rayuela, de Julio Cortázar, o más recientes como las vivencias de Vargas Llosa y García Márquez en los barrios parisinos siempre orbitando en torno a la universidad, se fuera o no estudiante de ella, como si la universidad francesa, por serlo fuera ya una entidad mitológica, perenne e inamovible. Y, sin embargo, como buena costumbre gala, la sociedad y el gobierno franceses rompen los paradigmas para enfrascarse en una discusión en torno al carácter y al sentido de sus instituciones de educación superior. Llama la atención el hecho de que uno de nuestros problemas resueltos desde hace mucho tiempo sea uno de los primeros que reclaman los académicos y los estudiantes franceses: un mayor ámbito de autonomía en la universidad, tanto en lo que se refiere a la selección de los alumnos como de los profesores. Para nosotros esa fue una batalla que libramos en los primeros años del siglo pasado, que costó incluso vidas, pero que hoy es indiscutible e irrenunciable la plena libertad de nuestras universidades; al respecto, el ejercicio de nuestra autonomía ha excedido la simple defensa respecto del poder público para establecerse como una barrera frente a los grupos de presión, de cualquier tipo, que pudieran aspirar a usar la Universidad como factor de poder o de beneficio para sus intereses. Aunque en muchos aspectos las grandes universidades francesas opacan con mucho a todas las demás, brillando sus nombres clásicos como La Sorbona, Montpellier o la ENA, alrededor suyo hay muchas más que comparten problemas similares a los nuestros: alta deserción estudiantil, bajo índice terminal, carencia crónica de fondos y crecimiento desmedido; si en ellos el problema está en la búsqueda de una mayor autonomía, nosotros podemos bien decir que nuestras carencias radican más bien en una pobre capitalización por parte del Estado, eso principalmente, pero también en que podríamos tratar de ser más eficientes en nuestros gastos y más abiertos en la posibilidad de encontrar fuentes alternativas de financiamiento de modo que podamos apoyar los proyectos por nosotros mismos elegidos. Hay inercias positivas que fortalecen a las universidades francesas; por ejemplo, los grandes polos de conocimiento que generan libros, materiales didácticos, audiovisuales y todo lo relacionado con la educación superior, promoviendo el autoconsumo y, también, el florecimiento de industrias editoriales, laboratorios privados, empresas de servicios que han establecido ligas de convivencia y beneficio recíproco con las universidades; las redes europeas de universidades contribuyen a lograr este círculo virtuoso. Es ahí donde, por ejemplo, podríamos incidir con mayor energía las universidades mexicanas, logrando ciclos regionales y productivos en consonancia con quienes, eventualmente, deben emplear a nuestros egresados. Nadie puede decir que la educación francesa se haya vendido a la praxis olvidando los principios humanistas y teóricos que le han dado fama por casi 800 años; en realidad, la parte más álgida del debate en Francia no está en las adecuaciones del marco jurídico de las universidades, esos consensos serían menos difíciles de encontrar una vez determinado el rumbo que habrán de seguir esas casas de estudio para labrarse su futuro. No sé si en México tendríamos tanta suerte; es decir, si la Universidad, siendo dueña de su destino, podrá atraer la voluntad política de algunos actores de la vida nacional más preocupados por otros problemas, menos importantes que el fortalecimiento de la educación superior. El fundador de la novela moderna, francés también, Marcel Proust, llamó a la obra de su vida “En busca del tiempo perdido”, como si rememorando la vida pasada pudiera volver a la realidad los momentos idos; habría que intentarlo, imaginar y proyectar la educación superior que los universitarios siempre hemos querido. Intentarlo sería más que salir en busca de la Universidad perdida; sería ir al encuentro de la Universidad posible. fsm@derecho.unam.mx Abogado y director de la Facultad de Derecho de la UNAM |