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    Lugares comunes
Sara Sefchovich
1 de octubre de 2007

Hace unos días, la actriz estadounidense Sally Field recibió un premio por su actuación como madre de un soldado destacado en Afganistán. A la hora del discurso de agradecimiento, dijo que si las madres gobernaran el mundo, no habría guerras.

Mucha gente cree este tipo de afirmaciones, a pesar de que cotidianamente son desmentidas por la realidad. Porque en todos los tiempos y en todas las culturas las madres han mandado a sus hijos a la guerra no sólo porque las obligan sino porque están de acuerdo con eso y además porque lo consideran una cuestión del más alto honor.

Tan sólo en el siglo XX, las madres salían a despedir con besos, flores y aplausos a sus hijos que se iban a la Primera Guerra Mundial; las madres de la Alemania y la Italia de los años treinta empujaban a sus hijos a unirse a las juventudes nazis o fascistas y no permitían que se quedaran fuera de la defensa de “la patria”, lo mismo que las madres españolas tanto del lado republicano como del franquista.

¿Y qué decir de las madres palestinas que mandan a sus hijos a misiones suicidas? ¿Y de las madres estadounidenses que se sienten orgullosas de que sus vástagos vayan a Irak para salvar al mundo del terrorismo? ¡No todas son Cindy Sheehan!

México también tiene sus ejemplos: en tiempos de la independencia la generala Moreno se fue a la batalla con todo y sus hijos; en tiempos de la invasión francesa Soledad Solórzano de Regules fue tomada como rehén por los belgas en Tacámbaro, y así y todo los conminó a seguir luchando contra el invasor; en época de la Revolución, entre quienes iniciaron la huelga de Río Blanco había una mujer de nombre Lucrecia López que era madre nada menos que de veintidós hijos. En el movimiento estudiantil del 68, en el levantamiento zapatista de Chiapas, en los conflictos sociales de Atenco y Oaxaca, están las madres no sólo apoyando a sus hijos sino empujándolos a participar, a enfrentarse a la policía, a acudir a la violencia si lo consideran necesario.

Y es que no hay nada que permita afirmar que las mujeres son por definición pacifistas, factor de armonía y dispuestas a negociar con tal de evitar los derramamientos de sangre. ¿En base a qué se decide que todas las mujeres tienen esas cualidades? ¿A partir de qué se puede asegurar que son seres más morales que los varones, que liberarán al país y al mundo de la maldad y lo empujarán a una política con ética? ¿Y en base a qué se supone además, como pregunta Sabina Lovebond, que ellas quieren eso? ¿No es este un estereotipamiento? ¿O un puro deseo edulcolorado que no tiene base en ninguna realidad o que en todo caso sólo la tiene, como dice Marta Lamas, de manera hipotética si se ve a las mujeres a partir de los mitos elaborados en torno a ellas?

Decir que las mujeres son moralmente superiores a los hombres por el solo hecho de ser mujeres significa atribuir como natural a la feminidad ciertas características: “A las madres se les atribuyen virtudes particulares —compasión, paciencia, sentido común, no violencia—. Entonces los gerentes creen que las cualidades nutricias e intuitivas de las mujeres las harán mejores ejecutivas, los educadores plantean que las estudiantes sufren en los salones donde se subraya la competencia por encima de la cooperación, las políticas exhiben sus habilidades supuestamente pulidas en su generosa devoción al servicio público y al compromiso con la justicia, el cuidado y la atención. La mujer como cuidadora, como madre tierra. Las imágenes son tan viejas como el tiempo y sólo sirven para poner a las mujeres en un pedestal, como si fueran demasiado buenas para este mundo perverso”, escribe Katha Pollit.

Pero no es así. Las mujeres no son ni mejores ni peores que los hombres, hay de todo. Apostar por la guerra o por la paz, acudir a la violencia o a la compasión, son asuntos que no pasan por el género. Margaret Thatcher o la famosa ladrona hindú que cometía actos terribles contra sus víctimas son guerreras y violentas mientras que el Dalai Lama o Mahatma Gandhi no lo son.

En México todavía tenemos fresco el recuerdo de un linchamiento de policías que hubo hace un par de años en donde fueron las buenas madres de familia las que azuzaron a sus hijos. Y día con día nos enfrentamos a las madres que defienden a delincuentes, violadores y asesinos sólo porque son sus vástagos.

De modo pues que ya es hora de dejar atrás los lugares comunes, que no son sino frases hechas que usamos por comodidad, para ahorrarnos el trabajo de pensar y el miedo de cuestionar a quien los usa, pero que poco tienen que ver con la realidad.

sarasef@prodigy.net.mx

Escritora e investigadora en la UNAM

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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