| Pie de página en la vorágine de la semana que terminó, agitada por nuevos ataques a ductos de Pemex y por la aprobación en el Congreso de las reformas fiscal y electoral, fue el reencuentro de México con dos viejos amigos. Los nuevos embajadores de Cuba y Venezuela presentaron sus cartas credenciales al gobierno de Felipe Calderón, retomando el camino de la diplomacia del cual nunca debimos extraviarnos. Tanto el embajador cubano, Manuel Aguilera de la Paz, como el venezolano, Roy Chaderton, llegan decididos, porque así lo expresaron ambos, a pasar la página de los desencuentros con México y dejar atrás las ofensas que se llegaron a dar entre nuestros respectivos mandatarios el sexenio pasado. Los agravios corrieron en ambas direcciones, mostrando que aun en los gobiernos más experimentados, como el de Cuba, por ejemplo, hubo espacio para la visceralidad diplomática. México chapoteó en tal materia, perdiendo, además de brillo —hay que reconocerlo—, respeto internacional. Se personalizó la política exterior al grado que se encarnaron en personajes concretos filias y fobias, cuando las relaciones entre los pueblos se dan más allá de los individuos e incluso de los gobiernos en turno. Se puede y se debe ser amigo de los pueblos, no necesariamente de sus gobernantes. Por eso es de reconocerse el pragmatismo impulsado en la administración del presidente Felipe Calderón para reorientar nuestras relaciones exteriores, primero poniendo a su cabeza a una diplomática de carrera, como la canciller Patricia Espinosa Cantellano, y después revisando las prioridades de la misma, que no desconocen la importancia de la compleja agenda bilateral con Estados Unidos, pero que desde el principio establecen la mirada al sur del continente, de donde nunca debimos alejarnos. Pero hay más mundo y también a ese hay que sumarlo, como se hizo esta semana estrechando lazos con países estratégicos como la India, sin una visita de Estado en más de dos décadas. El pragmatismo diplomático no tiene por qué estar peleado con la defensa de valores y principios. México es, por historia, un actor en América Latina. Ha de acompañar los procesos sociales de Venezuela y Cuba, ubicados ambos en circunstancias peculiares de su vida: la primera, implementando lo que se ha dado en llamar el “socialismo del siglo XXI”; la segunda, esperando un desenlace biológico y construyendo para navegar por aguas lo menos procelosas posible. Dentro de nuestras respetables diferencias, los latinoamericanos tenemos que estar unidos frente a un mundo cada vez más orientado a la conformación de espacios regionales, en el que cada grupo de países defiende intereses comunes. Sólo así se podrá ser más eficiente en nuestra integración a las corrientes mundiales de comercio y conocimiento. América Latina ha de balancearse otra vez entre dos polos: Estados Unidos, cuyo presidente, George W. Bush, no pasa el mejor de sus momentos entrampado en su guerra con Irak y viviendo la escaramuzas iniciales de la etapa preelectoral, y la Rusia de Vladimir Putin, con su propia transición. Otra vez podríamos desempolvar el concepto de región más allá de los jaloneos ideológicos. |