El Universal Editoriales
El Universal Universal, ElUniversal, México, Mexico, DF, Periódico, Periodico, Noticias, Información, Informacion, Clasificados, Avisos, News, Newspaper, Information, Editoriales, Columnas, Internacional, Nación, Nacion, Estados, Ciudad, Finanzas, Deportes, Espectáculos, Espectaculos, Cultura, Galería, Galeria, Clima, Horoscopos, Aviso, Oportuno, Dinero, Fotogaleria, Ocio, Especiales, Compras, Entretenimiento
 
 Buscar en: 
  
 
   
    La torre de Babel
Jean Meyer
9 de septiembre de 2007

No, no voy a hablar de la torre Bicen-tenario, sino a aprovechar la oportunidad que nos ofrece de pensar en el futuro de la ciudad de México y de todas las ciudades. ¿Qué ciudad queremos para nuestros hijos, qué sociedad queremos para ellos? Pensar a corto plazo es NO pensar. Y precisamente porque no pensaron nuestros padres ni nosotros, los que vienen van a tener serios problemas. A escala nacional, como a escala mundial. Dice un proverbio más que bimilenario: “Los padres comieron las uvas verdes y los hijos tuvieron los dientes picados”.

Que se logre milagrosamente una reforma positiva para Pemex, o que no se logre, lo cierto es que la fiesta petrolera se acabó; mejor dicho, se acabó el cuento de hadas del petróleo barato y abundante. Con o sin mala estrategia de Pemex, la decadencia de Cantarell anuncia el futuro nacional y mundial. La gráfica en picada que señala la baja irremediable de su producción es el equivalente a la inscripción, por una mano invisible, en el muro del palacio de Baltasar: “mené, tekel, farsin”, “contado, pesado, partido”; ese monarca de Babilonia estaba festejando en un banquete grandioso cuando el ángel le anunció el final de su imperio (Daniel,5,25-30).

La curva del consumo de energía no deja de subir, mientras que la de la producción de hidrocarburos no tardará en bajar; cuando estas dos curvas se crucen, tendremos que despertar, deberíamos despertar ahora, antes de que sea demasiado tarde para tomar medidas enérgicas y drásticas. China e India, o sea la tercera parte de la población mundial, han logrado despegar y sostienen un crecimiento inaudito de 10% anual, lo que implica un consumo voraz de energía. Pero el agotamiento de recursos naturales en hidrocarburos no depende del mercado y la inflexible verdad es que el petróleo es un recurso no renovable. A escala geológica de los millones, cientos de millones de años, el petróleo es tan valioso como escaso. Y la verdad, disimulada o ignorada por 80 años, es que estamos saqueando en una inconciencia total, terminamos de saquear en tres generaciones lo que la naturaleza destiló lentamente, un tesoro que permitió un siglo de crecimiento vertiginoso, y permitió también que triunfara nuestra imprevisión.

¿Qué será de las generaciones futuras? ¿Qué dirán de nuestra ligereza depredadora? En 50 años nos hemos acostumbrado a tantas cosas, más los ricos que los pobres, pero hasta los pobres, que es difícil imaginar un porvenir que no sea más de lo mismo. No hablo de los lujos del bien comer y comer de todo que hacen que en Shangai y Moscú, París y México, ya no hay temporadas para las frutas y que los deliciosos manjares más exóticos los están saboreando los privilegiados —que pueden ser muchos cuando hay una numerosa clase media—. No, estoy hablando del agua y del transporte. Acuérdense de aquel ranchero que presumía de limpio: “Yo me baño cada año a la san Juan, si es que lo necesito…”. En 1950 una familia francesa de cuatro personas gastaba 100 litros de agua al día, hoy suele gastar entre uno y tres metros cúbicos al día. Nos bañamos cada día, y algunos lo hacen dos o tres veces, cambiamos de ropa con mucha facilidad y todas las máquinas de lavar gastan tanta agua que da miedo sacar la cuenta.

El carro y el avión han revolucionado nuestras vidas, para bien y para mal. Nos desplazamos con una facilidad y una velocidad que deberían parecernos milagrosas, pero estamos acostumbrados ya y lo que era una maravilla se transforma en una pesadilla: el coche —y la energía barata gracias al petróleo— ha permitido el crecimiento desmedido e irracional de nuestras grandes ciudades, demasiado grandes y también de las más pequeñas que no son menos devoradoras de espacio. El coche acabó con la disciplina, con la ciencia, con el arte social llamado “urbanismo”. Nuestros urbanistas ya no saben qué fue la ciudad, qué fue la civilización urbana, la sociedad citadina. Cuando mucho se les ocurre levantar torres. Al llegar al final del petróleo barato y, por consecuente, de la energía barata, del dinero barato, quizá, corremos el riesgo de ver derrumbarse esa nueva torre de Babel que es nuestro mundo presente.

Nuestros diputados no han podido ponerse de acuerdo en 15 años sobre la mejor manera de reformar Pemex. ¿Podemos esperar que sean capaces de preparar la revolución necesaria para la nueva era que se anuncia, la de después del petróleo? Tengo mis dudas y, sin embargo, hay que aprovechar los años que quedan para lograr un aterrizaje, rudo, eso parece inevitable, en lugar de catastrófico. Leo que el Vaticano se moderniza y organiza peregrinaciones en avión; el mismo Vaticano que de manera muy honorable nos invita a salvar la creación (y el Papa se vistió de verde para lanzar ese mensaje a la juventud), se equivoca rotundamente con sus devociones aéreas. Sucumbe, como todos nosotros, a la droga del desplazamiento fácil y barato. El tráfico aéreo no deja de aumentar y el tamaño de los aviones de crecer. Ceguera… O espejismo. Esperamos con mucha fe que los científicos encontrarán una salida técnica, un nuevo milagro, para pasar encima del techo energético con el cual vamos a topar y, mientras tanto, no cambiaremos nada a nuestras deliciosas costumbres recién adquiridas. ¡Ojalá y encontremos nuevas fuentes de energía! pero sin ser pesimistas, hay que saber que nuestras sociedades, a fuerza de ser complejas, son frágiles. Un ejemplo muy sencillo: un solo coche descompuesto provoca un embotellamiento que afecta a miles de carros, quema para nada energía, afecta la salud y la atmósfera, provoca desgracias, contratiempos, hasta tragedias. Es, en una nuez, la historia de nuestro mundo.

No se ve movilización científica, mucho menos social, para enfrentar el porvenir. Está bien luchar contra los fundamentalismos, pero nuestra fe en el crecimiento es fundamentalista también. Tendremos que cambiar nuestra idea de la “buena vida” porque nos hace daño individual y colectivamente. Tanta movilidad nos lleva a la parálisis. Tanto crecimiento urbano hace que la ciudad deje de civilizar y se vuelva un foco de barbarie.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
BÚSQUEDA
Autor:  
 

PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
Editoriales anteriores
 
¿Existe la amenaza iraní? 2-septiembre-2007
 
‘Narcoglobalización’ 26-agosto-2007
 
Turquía, democracia e islam 19-agosto-2007
 
“Todos los papas han muerto desesperados” 12-agosto-2007
 
Yunques, compases, escuadras 5-agosto-2007
 
 
- A   A   A +
El UNIVERSAL | Directorio | Contáctanos | Código de Ética | Avisos Legales | Publicidad | Mapa de sitio
© Queda expresamente prohibida la republicación, parcial o total, de todos los contenidos de EL UNIVERSAL