| Las dicotomías Estado-mercado e interés público-interés privado constituyen los ejes primigenios en torno a los cuales se han conformado las grandes corrientes del pensamiento económico. En la práctica, las naciones han sido beneficiarias (o víctimas) cuando las políticas económicas de sus gobiernos —y las teorías económicas que las inspiran— han guardado (o no) un sensato equilibrio respecto a los polos de estas dicotomías. En el caso de México, como observó recientemente Jesús Silva Herzog, “somos un país que se mueve en el péndulo. No hemos sido capaces de ubicarnos en el justo medio” (La Jornada, 22/VIII/07). Este es nuestro problema primordial. Por eso hemos extraviado el camino del desarrollo. Por el contrario, los pueblos que han sido capaces de consensuar políticas económicas ubicadas en justo medio —que son precisamente los países con mayor desarrollo humano del planeta— no sólo disfrutan de prosperidad económica y sólida cohesión social, sino también de certeza de rumbo: cualquiera que sea el partido en el gobierno, las orientaciones económicas básicas se mantienen como política de Estado. En primer lugar, izquierdas y derechas en los países desarrollados están de acuerdo en que para enfrentar la desaceleración de sus economías es necesario aplicar políticas macroeconómicas contracíclicas. Por una parte, políticas monetarias expansivas —de bajas tasas de interés— para estimular la demanda y el crecimiento económico. Por otra parte, políticas fiscales contracíclicas, que comprenden no sólo los llamados estabilizadores automáticos (como el seguro de desempleo y otros rubros del gasto social), sino también el incremento de la inversión y el gasto públicos —o bien la reducción de impuestos—, para estimular la demanda e impulsar el crecimiento. Como corolario, existe consenso en que si la desaceleración es honda son necesarios los déficit fiscales, incluso elevados. Recuérdese que para enfrentar su desaceleración al principio del milenio, Estados Unidos pasó de un superávit del gobierno general de 1.9% del PIB en 2000, a un déficit de 4.8% del PIB en 2003; y las más grandes economías de la Unión Europea rompieron incluso el techo de déficit fiscal de 3% del PIB acordado como máximo en la zona del euro. En segundo lugar, en los países desarrollados izquierdas y derechas coinciden en que las políticas de fomento económico sectorial son nece-sarias dentro de la globalización. En consecuencia, estimulan sus industrias estratégicas, particularmente la aeroespacial y la electrónica, además de apoyar algunas industrias tradicionales (como la acerera) y, desde luego, su producción agropecuaria. En tercer lugar, en los países desarrollados izquierdas y derechas coinciden en la necesidad de regular la economía, corrigiendo fallas de mercado y poniendo límites a los abusos de los poderes económicos dominantes (monopolios u oligopolios), a través de una espesa red de instituciones que protegen y promueven el interés general. En cuarto lugar, izquierdas y derechas de los países desarrollados aceptan el Estado de bienestar basado en impuestos progresivos sobre el ingreso. No hay que olvidarlo: sus tasas máximas de ISR para personas físicas —sumando el ISR del gobierno central y el ISR provincial o local— alcanzan 46.4% en Canadá, 45.2% en Alemania, 45% en España, 41.4% en Estados Unidos, 55.9% en Francia, etcétera, mientras que en México la tasa máxima de ISR es de 28% (además, en los países desarrollados se gravan las ganancias bursátiles, los dividendos recibidos por personas físicas, las herencias, etcétera, que en México no se gravan). De este modo, los países desarrollados realizan transferencias desde los que más tienen hacia los que menos tienen y promueven la plena vigencia de los derechos económicos, sociales y culturales. Ciertamente, la derecha suele mordisquear el Estado de bienestar, pero no lo destruye; mientras que la izquierda suele fortalecerlo. Desde luego, cada uno de los países que hoy gozan del mayor desarrollo humano ha seguido su propio camino para forjar sus consensos económicos de Estado. Pero cualesquiera que sean sus trayectorias, hoy constituyen el reflejo invertido del atraso en los consensos de nuestra clase política. Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM |