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    “Todos los papas han muerto desesperados”
Jean Meyer
12 de agosto de 2007

Eso dijo al gran Montesquieu monseñor Cerati y añadió: “El papa tiene un manuscrito de un cardenal sobre el Concilio de Trento: ‘es como un banquete. Si usted va a la cocina, no encontrará sino cosas sucias y asquerosas. Si usted ve el festín, verá una cosa deliciosa’”. Sobre la desesperación de los papas, hay que tomar esa afirmación con un granito de sal; no todos quizá, pero muchos, ciertamente. Por su impotencia frente al tamaño de los problemas.

El papa ha desatado varias tormentas, la última entre los católicos: “Camino hacia el integrismo”, “Entre el asombro y la decepción”, “La sorpresa de este papa es que no ha sorprendido”, “Fin del diálogo”, “Benedicto XVI organiza el repliegue sobre la doctrina”, “¿Hacia dónde va el papa?”, “El regreso al pasado, la negación del hoy y la cancelación del futuro”.

¿Qué pasó? El 7 de julio, el papa publicó un texto que autoriza la misa en latín —autoriza, no impone—, según el misal en latín de Juan XXIII, sí, sí, de Juan XXIII. El texto precisa: “No es correcto hablar de dos versiones del misal romano (la tridentina y la del Concilio Vaticano II) como si se tratase de dos ritos. Más bien se trata de un doble uso del único y mismo rito”. Con esa frase, el Papa desvanece las acusaciones de derecha y de izquierda que hablan de “la ruptura entre la misa de Pío V y la misa de Pablo VI”, entre la misa “integrista” y la “protestantizada”. ¿Pero quién ha leído en verdad el motu proprio? (¡Caray! Estoy escribiendo en el maldito y reaccionario latín!) Si uno lo lee, se da cuenta que el Papa no concede todo a los integristas de monseñor Lefebvre, el obispo cismático de 1988. La misa, facultativa, en latín no me asusta, como intento de reconciliación con unos cristianos fundamentalistas, a los cuales se les pide, en cambio, reconocer la validez del Concilio Vaticano II, algo que los verdaderos integristas no aceptarán nunca.

¿Por qué no aprovechar la herencia cultural y espiritual de la Iglesia latina? Y en tal caso, ir hasta el final del intento, con la recuperación de todas nuestras riquezas históricas, olvidadas o ninguneadas: las iglesias locales, en el seno de la cristiandad latina, tuvieron cada una, durante muchos siglos, su particularismo y su tesoro litúrgicos. ¿Por qué no recobrar la hermosa liturgia mozárabe, la visigoda, la liturgia de las Galias y todas las otras? ¿Por qué no beneficiarnos de la riqueza, de la belleza litúrgica de las iglesias ortodoxas y de las orientales en comunión con Roma? La verdad, no hay por qué asustarse de la misa en latín.

Luego, unos días después, vino el texto del cardenal americano William Levada, publicado el 10 de julio —Levada es el sucesor del papa como prefecto de la doctrina romana (Congregación para la Doctrina de la Fe)—, texto intitulado “Ciertos aspectos de la doctrina sobre la Iglesia”. El cardenal retoma la tesis desarrollada en 2000 por el cardenal Joseph Ratzinger en su Dominus Jesús, a saber que la Iglesia católica es más Iglesia que todas las demás iglesias cristianas. Levada escribe: “La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica” —palabras empleadas por el Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la Iglesia, Lumen Gentium—. “No dejó de existir nunca a lo largo de la historia y siempre existirá y es en ella, y en ella sola, que quedan para siempre todos los elementos instituidos por el mismo Cristo”. En el segundo apartado dice: “Aunque se puede afirmar rectamente, según la doctrina católica, que la Iglesia de Cristo está presente y operante en las iglesias y las comunidades eclesiales que aún no están en plena comunión con la Iglesia católica, gracias a los elementos de santificación y verdad presentes en ellas, el término ‘subsiste’ es atribuido exclusivamente a la Iglesia católica”.

Juan José Tamayo, teólogo español, ve en esa afirmación una “minusvalorización” de las iglesias ortodoxas y protestantes, hecho que “coloca a la Iglesia católica en la senda del integrismo y la hacen perder credibilidad. El precio a pagar por el acercamiento a los integristas es su propio aislamiento y el alejamiento de la sociedad” (El País, 14 de julio). ¿Será cierto? Cuando leo que el Papa les concede todo a los integristas y no les pide nada, no estoy de acuerdo; les da todo sobre la forma de los ritos pero arruina totalmente su argumentación en su fundamento mismo. Vaticano II abrió ciertamente el diálogo con el judaísmo y con las otras iglesias cristianas, pero afirmó también su convicción de que la Iglesia católica era más Iglesia que las demás, para hablar en claro. Ese Papa es un conservador —moderado— que un tiempo no supo que era conservador; hoy en día, su moderantismo, sí, sí, aunque no lo crean, le vale ser criticado por todo el mundo, a la derecha y a la izquierda, y de cierta manera se lo merece. Y se lo busca. Conscientemente, como un provocador.

Lo sorprendente es que la reacción de las otras iglesias ha sido muy moderada, mucho más moderada que la de los católicos; las iglesias protestantes, sin aceptar que se les niegue su calidad de Iglesia, no ven nada nuevo: Roma sigue siendo Roma. En cuanto a los ortodoxos, son mucho más indulgentes para el papa alemán que para el polaco que era mucho menos rígido y mucho más autocrítico. Cuando Benedicto XVI anunció, hace dos años, que tenía como objetivo fundamental el acercamiento a la ortodoxia, el poderoso patriarca de Moscú, Alexei II, reaccionó favorablemente y hoy en día, después del “escandaloso” texto de julio, Moscú deja entender que un encuentro entre el patriarca y el Papa es posible. El 5 de agosto, el cardenal Echegaray, vicedecano del Sagrado Colegio (de los cardenales) encontró a Alexei II en Moscú y se prepara para el mes de octubre, en Ravena, una reunión de la Comisión mixta de diálogo entre las iglesias católica y ortodoxa. Los ortodoxos prefieren un Papa que hable firme con una pizca de intransigencia. Es su propio lenguaje.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
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