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    Diplomacia y biocombustibles
Enrique del Val Blanco
9 de agosto de 2007

En el editorial de EL UNIVERSAL del martes pasado se menciona que “dos gigantes se levantan en América Latina”, refiriéndose a nuestro país y Brasil en ocasión de la visita del presidente Lula, mencionando que hemos avanzado por separado sin tomar en cuenta que ambos somos parte del mismo continente, estorbándonos en lugar de complementarnos. Creo que es una magnifica definición de lo que ha pasado por años entre nuestras dos naciones y hay muchos ejemplos de ello, como es la batalla continua por pertenecer al Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas.

Los resultados de la breve visita parecen ser muy buenos, de acuerdo con los comentarios que han salido en la prensa, y sobre todo porque este gobierno está haciendo su tarea en materia de política exterior sin los aspavientos o mediocridad de los responsables del área en el sexenio pasado, que lo único que hicieron fue que México apareciera como borrado del entorno internacional.

En menos de un mes han venido a México el presidente Rodríguez Zapatero, los esposos Kirchner y ahora el presidente Lula. El mensaje es que nuestro país está de vuelta en el concierto internacional, por lo menos a nivel de declaraciones, pero esto ya es un paso importante y deberá ser mantenido.

Con Brasil la situación es de lo más interesante, pues ellos nos llevan la delantera económica desde hace muchos años y son parte de los denominados BRIC, es decir, Brasil, Rusia, India y China, que por ejemplo han llevado la voz cantante en las negociaciones con los países desarrollados en la OMC. Nuestro país en este campo todavía está en una segunda división que algunos analistas denominan SPIM, integrada por Sudáfrica, Pakistán, Indonesia y México; y no porque le falte pujanza sino porque tanto al gobierno como al sector privado les ha faltado inteligencia para aprovechar el inmenso potencial que tenemos.

Algunas de las cifras económicas son elocuentes. El Producto Interno Bruto de Brasil es de 956 mil millones de dólares, mientras que el de nuestro país es 860 mil millones de dólares. La inversión del sector privado mexicano en Brasil ya es importante, situándose en los 15 mil millones de dólares, pero nuestro déficit comercial con ese país es de 4 mil millones de dólares; con Argentina es de 820 millones y con Chile de mil 600 millones de dólares. En este último aspecto, todavía nos falta mucho por hacer.

Son dos los temas importantes que se han mencionado en la visita del presidente Lula. El primero de ellos es que podamos contar con la experiencia de la compañía petrolera brasileña, Petrobas, para la exploración en aguas profundas, donde México todavía está en pañales, sobre todo por la falta de recursos públicos para hacer investigación y desarrollo en serio, aspecto en el que los brasileños nos llevan mucha delantera. Habrá que cuidar que no sea la puerta falsa para la entrada de capital extranjero en nuestra industria petrolera, bajo el argumento de que no tenemos suficiente dinero para hacerlo.

El segundo es el tremendo desarrollo y éxito que ha tenido Brasil en conseguir combustibles no derivados del petróleo sino del agro. El bioetanol se ha convertido en ese país en una mina de oro. Tan es así que a partir de la caña de azúcar, para la cual tienen sembradas más de 6 millones de hectáreas que producen más de 450 millones de toneladas de caña, se destina 90% de la producción a la fabricación de azúcar-alcohol.

El costo de producir etanol a partir de la caña de azúcar es, según las autoridades brasileñas, la mitad de hacerlo a partir del maíz amarillo y un tercio de lo que cuesta en la Unión Europea hacerlo con trigo o canola. Dado el fin cercano de la producción petrolera, en muchos países, entre ellos México, esta opción resulta altamente atractiva, y la experiencia brasileña es fundamental.

Ha habido grandes críticas en Brasil por la siembra de azúcar en la región del Ama-zonas, considerándose que es un crimen hacerlo y acabar así con una de las áreas naturales más importantes del mundo, aunque el gobierno lo minimiza argumentando que desde hace tres décadas han logrado aumentar su contribución forestal de 11% a 28% de todos los bosques del mundo.

Para México esto significa una gran oportunidad, dada la situación de nuestra industria azucarera, que ha ido de fracaso en fracaso y cuyos responsables todavía están tan tranquilos, incluso ocupando cargos en el actual gabinete. Ahora bien, la producción de combustibles a partir del agro puede ser una gran solución, pero a la vez un gran peligro al cual se le debe prestar mucha atención, sobre todo tomando en cuenta la crisis que hubo a principios de año por la falta de maíz.

Por eso debe ser el gobierno el que tome las riendas en esta materia. Lo fundamental debe ser en primer lugar asegurar la alimentación de los mexicanos y no empezar por sustituir áreas de producción de granos básicos o empezar a utilizar maíz para la producción de bioetanol, lo cual sería muy riesgoso.

La producción de granos básicos es un asunto de seguridad nacional, la importación es otra puerta falsa. Ya vimos que los estadounidenses, nuestro principal proveedor de ellos, están más interesados en la producción de estos granos para la conversión en combustibles, con lo cual los precios seguirán subiendo para la alimentación popular.

Qué bueno que abramos nuestros ojos hacia el sur. Ya era hora, pero hagámoslo con cuidado, teniendo en mente qué es lo que más le conviene a México en el mediano y largo plazos y no en el corto, ya que la historia ha demostrado que salimos perdiendo.

Aprendamos lo que ha hecho el gobierno brasileño, que no sólo ha vuelto la cara hacia sus vecinos sino que ha buscado por todo el mundo y así ha logrado acuerdos muy benéficos con India, Rusia, China y la Unión Europea, entre otros, lo cual le permitirá hacer una política económica más sólida y sobre todo a favor de los intereses de los brasileños.

Analista político y economista

 
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PERFIL
 
Analista político y economista. Secretario general de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde también actuó como contralor general. En el ámbito público, fue subsecretario de la Contraloría y subsecretario de Desarrollo Social.
 
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