| Dentro de la ciencia política hay una corriente de pensamiento que insiste en que la cultura es determinante para entender la interacción entre las sociedades. Para los culturalistas, lo que determina la manera en que se desarrolla la política en un país determinado es la cultura, más allá del funcionamiento de las instituciones. Quienes así piensan ven a la cultura como una variable que cobra vida propia y que no es sólo reflejo de las condiciones materiales. Esta posición es difícil de sostener en el largo plazo, pues la cultura sí se llega a modificar con el tiempo pero ciertamente hay periodos en los cuales, a pesar de que cambie el contexto que dio origen a una cultura determinada, ésta permanece y parece tener vida propia. Ese parecería ser el caso de la cultura política heredada del priísmo: a pesar de que las condiciones que le dieron origen han cambiado, la visión del mundo forjada en siete décadas de autoritarismo parece seguir existiendo. Es el caso de la corrupción, la cual parece resistir los cambios de gobierno, la creación de instituciones y la globalización. Y es también el caso del sospechosismo (para citar a los clásicos) profundamente arraigado en nuestra población. Este sospechosismo ha salido a relucir en toda su magnitud con las declaraciones del famoso ciudadano chino-mexicano, Zhenli Ye Gon. Yo no recuerdo haber escuchado una serie de afirmaciones tan incoherentes como la de Ye Gon. Ciertamente, los políticos mexicanos suelen inventar versiones fantasiosas, en la mayoría de los casos para salir de alguna situación comprometedora. Así, tenemos la versión de Raúl Salinas de Gortari de que la lana que invirtió en Suiza era de un grupo de amigos o la versión del Niño Verde de que en lugar de negociar un soborno estaba viendo hasta dónde llegaba su contraparte. En fin, declaraciones ilógicas abundan, pero normalmente nadie las cree, ni siquiera los que las dicen. Sin embargo, en el caso de Ye Gon, sorprende el eco que tuvo entre los medios su versión de que o le guardaba 205 millones de dólares a un grupo de “panistas” o le daban “cuello”. El aspecto que hizo creíble esta versión para alguna parte de la población es que ese dinero era para las campañas del PAN. Claro, pensaron varios: ahí está la prueba del fraude electoral, aunque esta “prueba” sea absolutamente disparatada. Y la fe en el chino Ye Gon aumentó cuando involucró a “Javier Alarcón”, presumiblemente el secretario del Trabajo, Javier Lozano, en el “guardadito” de los 205 millones de dólares. Y esta fe no vaciló cuando Ye Gon dijo que el PAN lo había hecho “senador honorario” ni cuando afirmó en una carta, aparentemente de su autoría, que también los panistas le habían dado a guardar misiles antiaéreos para una rebelión que se preparaba en caso de que hubiera ganado López Obrador la Presidencia. Las razones para que una parte de la opinión pública y de los medios le hayan dado tanto crédito a los disparates de Ye Gon tienen que ver sin duda con el convencimiento de que en las elecciones de 2006 se perpetró un fraude contra López Obrador, por lo que cualquier versión que apoye tal interpretación, por más absurda que sea, es bienvenida. Y es que en el fondo el sospechosismo, generado a pulso por el régimen del PRI, permanece muy arraigado en una parte de la población. Y esta visión está ubicada en el nivel emocional, por lo que la lógica y las evidencias no sólo no la cambian sino que son una prueba más de la conspiración de las élites de este país: si alguien denuncia la irracionalidad de versiones como la de “coopelas o cuello”, eso es prueba de que es cierto y de los intentos para que la verdad no se sepa. Desde luego que el que alguien crea las fantasías de un personaje como Ye Gon podría ser motivo de risa. Pero no lo es. Lo que es claro es que hay una parte de la población que no confía en las instituciones y que cree que seguimos viviendo en los años 50 cuando no se movía una hoja en el país sin la autorización del PRI-gobierno. Esto es, hay una cultura generada en el autoritarismo que ha sobrevivido a los cambios del país y que parece dispuesta a permanecer por siempre. Y ese es sin duda el mayor reto que enfrenta la transición democrática: cómo cambiar la cultura del sospechosismo tatuada en la piel del mexicano. jorge.chabat@cide.edu Analista político e investigador del CIDE |