| Fui testigo directo de la ‘pottermanía’. El 21 de julio andaba por la Torre Prudential de Boston cuando, al pasar por la librería Barnes & Noble, observé una fila interminable de personas esperando la preventa del séptimo y último libro de la saga de Harry Potter (los ejemplares se entregarían a las 12 de la noche en punto). Creí que la aglomeración sólo se registraría allí y en otros pocos lugares. De regreso a casa, observé un amontonamiento aún mayor: en la Harvard Coop la fila daba vuelta a la manzana. Muchos estaban ataviados con el uniforme de Hogwarts, es decir, la escuela de Harry y sus amigos, Hermione Granger y Ron Weasley. Otros portaban el atuendo de Albus Dumbledore (muy parecido al legendario mago Merlín), director de ese colegio, mientras que muchas niñas y jovencitas vestían indumentarias de adivinas. Familias enteras iban y venían en un festival improvisado en las calles aledañas. Al platicar con un policía me dijo: “Nunca había visto cosa igual. Y lo más sorprendente es que está sucediendo en todo el país”. Hasta ese momento me di cuenta, in situ, de la magnitud del fenómeno social que representa la obra de Joanne Kathleen Rowling. Lo curioso es que esta escritora comenzó, sin exagerar, de la nada. Cuando inició estaba desempleada. Antes de que Bloomsbury aceptara publicarla, 12 casas editoriales la habían rechazado. Cuando Scholastic Press compró los derechos americanos, pudo dedicarse de tiempo completo a escribir, lo cual representó, como ella afirma, “el momento más feliz de mi vida”. Los premios vinieron en cascada; su fama creció como la espuma. Para el verano de 2000 había reportado ganancias por 400 millones de dólares y los tres primeros títulos habían sido traducidos a 35 idiomas. Hoy su fortuna asciende a los mil millones de dólares; ha vendido cerca de 350 millones de libros y ha sido traducida a 65 idiomas. Cualquiera que sea el juicio sobre Harry Potter, lo cierto es que representa una victoria aleccionadora de las letras sobre la televisión en una época en la cual la “telecracia” parece avasallarlo todo. El ejemplo que nos ha dado esta mujer nacida en Gloucestershire, Inglaterra, consiste en haber reivindicado la fuerza de la imaginación y la originalidad como formas de expresión que pueden superar al poder más incontrolable. Echó mano de una vertiente literaria que ha renacido en obras como El señor de los anillos, de John Ronald Reuel Tolkien, y El código Da Vinci, de Dan Brown. Me refiero a la magia y las ciencias ocultas que, por cierto, siempre le han sentado mal al dogmatismo católico. Es la misma vertiente —toda proporción guardada— que frecuentaron clásicos como William Shakespeare y Johann W. Goethe. Para algunos se trata de pura superchería; para otros, en cambio, se trata de una visión distinta de la espiritualidad que rompe con el monopolio de las conciencias al que siempre han aspirado las religiones oficiales. Seguramente la polémica sobre estos temas jamás tendrá una solución definitiva. El asunto es que JK Rowling “dio en el clavo” movida, como ella refiere, “por el amor a la literatura”. Y, por ese motivo prometió seguir escribiendo. jfsantillan@itesm.mx Académico del ITESM-CCM |