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    Judíos y cristianos
Jean Meyer
29 de julio de 2007

Existió durante siglos un antijudaísmo cristiano, fruto envenenado de la competencia y del proselitismo, de la incomprensión y del error; a partir del siglo XVIII empezó a elaborarse el antisemitismo moderno que terminó de cuajar a finales del siglo XIX con una síntesis de racismo con pretensiones científicas y de nuevos mitos como el del complot judío para tomar control del universo. El siglo XX asistió con espanto e incredulidad al genocidio perpetrado por los nazis contra los judíos, luego con sorpresa al nacimiento de una amistad judeocristiana.

En México, viejo país cristiano que acogió en el siglo XX a una importante comunidad judía que ha aportado mucho a su economía y a su cultura, no podemos ignorar que existen varios antisemitismos. Mencioné recientemente la corriente antisemita, disfrazada de antisionista, que se mantiene en El Yunque; otra corriente racista se ampara detrás de un nacionalismo seudoindigenista y, además del antisemitismo vulgar y ramplón, se ha desarrollado un antisemitismo de izquierda que se proclama también antisionista, en nombre del anticolonialismo y de la solidaridad con el pueblo palestino. La misma izquierda que condenaba el nazismo y el antisemitismo “de derecha” es indulgente para esa novedad.

Más allá de una intolerancia tradicionalista al judaísmo, de corte “cristiano viejo”, creo que esas corrientes nuevas corresponden al debilitamiento de nuestra sociedad, quizá de la nación, manifestado en el abandono o el rechazo de ciertos valores y símbolos. En tales condiciones el testimonio de acercamiento, amistad, “confraternidad” entre judíos y cristianos toma otro sentido; no se trata solamente de acabar con el antijudaísmo tradicional —Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II han convencido a la gran mayoría (no a todos) los católicos—, sino de ayudar por una presencia cívica y espiritual a nuestra sociedad agobiada por sus problemas ancestrales de injusticia, pobreza, desigualdad intensa y más aún por el crecimiento de la corrupción, de la violencia, del consumo de la droga y del narcotráfico.

La crisis moral no es especialmente nuestra; pocos países, ricos o pobres, se salvan de ella. Por eso vale la pena hacer conocer el esfuerzo realizado por judíos y cristianos para poner fin a un antiguo pleito y demostrar así que su encuentro puede ayudar la sociedad a encontrar su camino.

Cara a cara y juntos, cristianos y judíos manifiestan que es posible asumir los errores del pasado sin traicionarse a sí mismos; que el diálogo permite conocer al otro y también a uno mismo; que la fuerza de una fe religiosa no se mide por su nivel de intolerancia o de exclusión, sino por su generosidad. Esos hombres y esas mujeres que no le temen al mundo de hoy y ven el futuro con confianza, no se dejan llevar por una secularización que deja a cada uno abandonado a sus impulsiones y caprichos, pero tampoco se refugian en un fundamentalismo tan infantil como peligroso. Saben que la autosatisfacción de las sociedades desarrolladas y democráticas (¡qué envidia!) es en buena parte una ilusión, porque si el hombre (y la mujer) es un puro sujeto de derechos, sin compromisos, sin deberes, sin obligaciones, se vuelve un descontento permanente, lleno de agravios y de reclamos. El hombre de la Biblia es un hombre que se inventa caminando, que se renueva sin parar porque peregrina hacia el Reino de Dios; por lo tanto no se puede parar nunca, porque sabe que la humanidad tiene la misión de progresar moralmente de manera infinita.

Frente al siglo XXI, judíos y cristianos no pierden su originalidad; caminan juntos sin pretender poner fin a una separación dos veces milenaria, la cual ha de tener su sentido profundo aunque misterioso. Aceptan, reconocen ese dualismo, sin pretender más lograr (a la mala, porque a la buena no se puede, o es una aventura individual) una unidad mutiladora. Los cristianos, conscientes de las faltas cometidas, han renunciado a despojar al pueblo judío y eso ha introducido un cambio en la relación que vuelve a todos más abiertos, más atentos, menos déspotas, menos intolerantes y por lo mismo más capaces de transmitir su esperanza al mundo “posmoderno” que es el nuestro.

Hay que tomar la medida de los retos del siglo que principia, un mundo inquieto, preocupado, que sabe lo que rechaza, lo que niega, pero ignora lo que cree y desea. No se trata de un ejercicio de autoalabanza y autosatisfacción a dos, sino de plantear las preguntas de nuestra sociedad “de la muerte de Dios”, las cuestiones y los valores de la modernidad presente, tan es cierto que una vida espiritual no lleva automáticamente a la debilidad y al infantilismo, sino aumenta la capacidad de ver al mundo y de enfrentarlo para mejorarlo.

Nuestro mundo le teme a la muerte y a una vida disminuida —no es nuevo, pero es más y más fuerte el temor ese—, lo que explica la preocupación por la eutanasia, la eugenesia, etcétera… Para nuestros antepasados la vida era un don y ciertamente uno le temía a la muerte: en una época, al despertar, la primera cosa que hacía la mujer (y el hombre) era dar gracias a Dios por haberle dejado a uno despertar con el alma en el cuerpo; de la misma manera, uno le pedía a Dios no mandarle una muerte súbita, para poder prepararse y vivirla plenamente, ¡paradoja incomprensible! para nosotros que soñamos con una muerte rapidísima, en el sueño, sin conciencia. Hoy la vida no es más tal don gratuito, sino un derecho del cual queremos gozar tan plenamente como lo permita la ciencia; eso pone de cabeza a todas las religiones y hasta la antropología religiosa. Todo está por repensarse, desde la concepción natural o artificial, con todo y aborto, hasta la muerte “asistida” o “inducida”: la “buena muerte”(eutanasia) de hoy no tiene nada que ver con la “buena muerte” del México católico de hace 50 años. Y ¿qué decir del alargamiento de la vida en una sociedad que no sabe qué hacer de sus “viejos”?

Hay otras cuestiones del mismo calibre pero se me acabó el espacio para hoy.

jean.meyer@cide.edu

Profesor investigador del CIDE

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) donde, además, fundó y dirige la División de Historia. Es miembro de la Academia Mexicana de Historia desde 2000 y director de la revista de historia internacional ISTOR. Ha sido profesor-investigador en El Colegio de México, en París y en Perpiñan, así como en El Colegio de Michoacán.
 
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