| La polémica entre Javier Lozano, secretario del Trabajo y Previsión Social, y Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del Distrito Federal, en torno a las marchas y plantones que afectan a la ciudad de México tiene que ver con la difícil convivencia entre dos libertades fundamentales, es decir, entre la libertad de expresión y la libertad de circulación. Lo que el secretario del Trabajo le pidió al jefe de Gobierno fue: "Aplicar la ley. pues los derechos de los manifestantes atraviesan por el respeto a los derechos de terceros". A lo que Ebrard contestó: "Que se dedique a su trabajo, y que estudie la ley del DF, que no sea ignorante". A todas luces, quienes vivimos en la zona metropolitana del DF estamos asediados permanentemente por diferentes expresiones de protesta. El caso más reciente tiene que ver con la Ley del ISSSTE. Pero el día de mañana podrán ser otras las razones que impulsen a otros grupos a obstruir las vialidades de esta urbe. Y es que con la centralización que padecemos desde hace mucho tiempo el DF se ha convertido en el receptáculo de las demandas nacionales, de suerte que si no se plantean aquí no tienen visibilidad ni sonoridad en el resto del país. Esa tendencia, por desgracia, no parece tener solución a corto plazo. Hace poco escuché decir a Francisco Hernández Juárez, líder de la Unión Nacional de Trabajadores, que la ciudad de México ostenta, vergonzosamente, el primer lugar mundial en marchas y plantones; pero eso de poco sirve ante gobiernos sordos frente al disgusto popular. Ciertamente, sería cosa de regular las marchas para que, en un primer acercamiento, pudiesen convivir la libertad de expresión y la libertad de circulación. Algo urgente se debe hacer al respecto. Así y todo, si vemos la película y no la fotografía, el reto se plantea en otra dimensión: no estamos siendo capaces, como comunidad nacional, de atender los problemas sociales. Y éstos, por lógica deducción, tienden a encontrar salida por cauces alternativos. Algunos en las calles, otros en la frontera con los Estados Unidos; algunos más en el reclutamiento del crimen organizado, otros, en cambio, en la marginalidad y el abandono. Desde hace cinco sexenios el criterio que se apoltronó en el poder fue el de "dejar hacer dejar pasar". El eje rector de la estrategia tecnocrática es la acumulación de ganancias sin cortapisas; la desigualdad es, dentro de esa manera de pensar, una externalidad. Por lógica consecuencia, el país se ha polarizado y la injusticia es el pan de todos los días. Es aquí que entra en juego una tercera libertad que también está incidiendo en el marco de la conflictividad que nos afecta: vale decir la libertad de mercado. Lo curioso es que mientras se pide aplicar rigurosamente la ley para frenar las marchas, no se pide, igualmente, fijar límites a la ley de la oferta y la demanda. Ella campea imperturbada provocando estragos sociales a granel. Que no haya una sola queja para no incomodarla. Se entiende: es más fácil pedir que se limiten las marchas a que se solicite limitar al mercado. En esa tesitura los derechos de terceros salen sobrando. jfsantillan@itesm.mx Académico del ITESM-CCM |