| Los dioses necesitaban poblar el mundo con un ser civilizado. Intentaron hacer humanos con madera y fracasaron; escogieron el maíz como materia originaria y así, de esta manera, surgió la gente del maíz, según el libro maestro de la literatura maya, el Popol-Vuh , y que atinadamente rememora José Graciano da Silva, representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe, en un brillante artículo publicado el mes pasado. Sorprende que, a diferencia de nuestros actuales funcionarios gubernamentales, sean miembros de organismos internacionales quienes recuerden lo que representa el maíz para México. La pobreza intelectual y la poca experiencia sobre lo que significa la seguridad alimentaria provocaron la crisis del maíz de principios de año. Y lejos está de resolverse, a pesar de la firma de la segunda parte del "acuerdo para la estabilización del precio de la tortilla", en el que los sectores acordaron voluntariamente mantener el precio, pero en un nivel superior en más de 60% en promedio respecto al que prevalecía en diciembre. Desde hace tiempo se veía venir la crisis. Es más, se inició hace más de 30 años, cuando el gobierno estadounidense, a través de su Congreso, respondió al embargo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), optando por favorecer la producción de etanol a partir del maíz. Hoy, ante los altos precios del petróleo y gracias a los multimillonarios subsidios gubernamentales en Estados Unidos, la producción de etanol se ha convertido en prioritaria, a tal grado que la construcción de nuevas refinerías crece diariamente y sólo en ese país están en construcción cerca de 80. Brasil ha avanzado en la producción de etanol, pero con base en la caña de azúcar; por eso, en este punto, está de acuerdo con el gobierno estadounidense. Aunque en la nación sudamericana también las protestas sociales están a la orden del día, por la devastación de la selva para convertirla en áreas productoras de caña. Todo lo anterior es un desastre para nuestro país y se debería haber reaccionado desde antes, más o menos cuando se negoció el Tratado de Libre Comercio, donde absurdamente se contempló la posibilidad de importar maíz sin arancel a partir de 2008, dejando sin protección a los campesinos mexicanos frente a los productores estadounidenses a quienes su gobierno otorga enormes subsidios. La súbita descomposición del mercado del maíz y de la tortilla a principios de año tomó desprevenidos a los funcionarios del actual gobierno, aunque no tienen disculpas, ya que algunos de ellos eran miembros del gabinete anterior y este tema era y es prioritario. El punto central que debería preocuparnos a todos es la seguridad alimentaria del principal producto de consumo de los pobres, y de muchos ricos. En un país donde se consumen más de 350 millones de tortillas diarias, el control de su precio no puede dejarse a las leyes del mercado, como irresponsablemente mencionó el secretario de Economía el mes pasado al mencionar, textualmente, que "el precio del maíz va a llegar a las zonas de consumo, más abajo del precio que teníamos en enero, aunque todo dependerá de las reglas del mercado". Lo único que queda por decir es ¡qué torpeza en el manejo de este problema! Por muchos años la seguridad alimentaria del país estuvo garantizada mediante la Conasupo y el organismo regulador del abasto de la tortilla, que subsidiaban a los más pobres. Con la llegada al gobierno de los "expertos" egresados de las universidades estadounidenses y otros más olvidando lo que aprendieron en las universidades públicas mexicanas, hicieron hasta lo imposible por acabar con la Conasupo, hasta que lo lograron. Los resultados los estamos viviendo. No se trata de que los precios no rebasen a los de enero. De lo que se trata es de que se sitúen en el nivel de diciembre, ya que el aumento experimentado en enero ha significado que muchas familias gasten ceca de 20% del salario mínimo legal en la compra de tortilla. Adicionalmente, el uso del maíz en la producción pecuaria, aunque sea el amarillo que se utiliza en la producción de etanol y no el blanco, de consumo humano, también ha provocado incrementos en los precios de los productos cárnicos. Así, la escalada de precios del pollo y el cerdo también se está reflejando en la merma de la canasta básica. Tan grave es la situación que, sin ponerse de acuerdo, el comandante Fidel Castro, el presidente de Venezuela y revistas tan distinguidas por sus comentarios conservadores, como The Economist, han criticado lo que ocurre en el mercado internacional del maíz. Todos coinciden en que lo único que se provocará es mayor pobreza en muchas partes del mundo, y que los objetivos de la FAO y el Compromiso del Milenio de reducir la pobreza a la mitad en el año 2025 se verán derrotados ante un crecimiento del número de pobres a nivel mundial. Aquí no se trata de discutir si el mercado o la "mano invisible" puede ser rectora en este producto. De lo que se trata es de que el Estado asuma su responsabilidad, sobre todo en los más pobres para quienes la tortilla es su principal fuente de proteínas y no la pueden obtener debido al aumento de precios. El Estado debe asegurar el abasto de maíz a precios subsidiados para la elaboración y distribución de tortillas, y debe asegurar que no haya especulación. Para ello, debe tomar las previsiones necesarias y garantizar las reservas suficientes en bodegas; a la vez, debe revitalizar el aumento de la producción nacional mediante inversiones en el campo, en virtud de que las importaciones cada día serán más caras mientras la conversión de maíz a etanol sea rentable a través de los subsidios indiscriminados que el gobierno estadounidense está dando y que en el año 2005 ya alcanzaban los casi 9 mil millones de dólares, cifra que crece año con año. De la misma manera que hace 30 años ellos decretaron como prioritaria la producción de etanol, nuestro gobierno debe decretar prioritarias la producción y el abasto de tortilla. Esperemos que nuestro Congreso tome cartas en el asunto, pues el Ejecutivo lo ha dejado en manos del mercado. Analista político y economista |