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    De Yeltsin a Putin
Jorge Montaño
27 de abril de 2007

Históricamente, la vida política de Rusia ha logrado mantenerse ilegible a pesar de su aportación impresionante a la cultura universal. Las formas y modos del poder en ese país han sido siempre difíciles de descifrar, por lo que en la etapa soviética se beneficiaron del aislamiento, exacerbando el misterio para encubrir prácticas inaceptables, producto de sus políticas autoritarias.

Es en este periodo cuando aseguran formas de coexistencia con Occidente que subsisten a la fecha, las cuales suponen un entendimiento que les permite actuar en su territorio sin supervisión alguna. En los hechos, es una licencia que se otorga a la autoridad por encima del derecho, propiciando atropellos a derechos humanos y libertades fundamentales.

Los obituarios de Yeltsin destacaron la vigencia del secretismo y del libre albedrío que autoriza cualquier trasgresión al orden internacional dentro de sus fronteras. El difunto líder fue un personaje contradictorio, caricaturizado en los medios occidentales por su afición al alcohol, pero poco entendido su papel determinante en el desmantelamiento del imperio soviético.

Sin duda, tuvo la visión de rebasar por el lado correcto a Gorbachov, restaurando el orden e imponiendo rumbo a la incipiente democratización de la Federación Rusa, mientras aquél se estancaba como icono en los medios europeos y estadounidenses, convocando el repudio de sus connacionales como responsable de la desaparición de una economía que patrocinaba el ocio y la irresponsabilidad.

Es al ahora difunto a quien se debe el mérito de haber desarticulado la estructura institucional del Partido Comunista, pero también la responsabilidad de haber entregado las joyas de la economía estatizada a amigos y parientes, que vorazmente aprovecharon la ausencia de controles rígidos para enriquecerse sin límites. Intentó implantar prácticas democráticas y educar a la ciudadanía en un ambiente de libertades que no fue valorado por una población adicta a la mano dura, a cambio de alimentos y salarios de subsistencia. La fallida incursión en Chechenia y el desplome de la economía en 1998 lo llevaron a la bancarrota cuando no pudo pagar las obligaciones contraídas, el rublo se hundió y sus encumbrados oligarcas le dieron la espalda.

Alguna misteriosa razón lo llevó a dejar en la presidencia a Putin, graduado de la KGB a la cual había combatido antes y después de asumir el poder. Sólo un arreglo secreto de protección para él y su familia para no llevarlos a los tribunales por actos de corrupción podría explicar esta sucesión que ponía en peligro sus mejores intenciones, sintetizadas en su actuación para impedir el golpe de Estado fraguado por los comunistas tradicionales en 1991.

Después de su ascenso, Putin aseveró en un discurso ante el Parlamento que la "desintegración de la URSS fue la mayor desgracia política del siglo XX, un drama para los rusos, quienes en la era Yeltsin perdieron sus ahorros, enterraron sus ideales y tuvieron que aceptar el sometimiento terrorista en Chechenia".

Como parte de un pacto no escrito, el acusado nunca respondió, permaneciendo en silencio hasta su muerte, en la elegante dasha que le asignó el sucesor. Nunca se le escuchó un reclamo por el retroceso innegable del nuevo gobierno para asegurar los valores democráticos que justificaron el fin del régimen soviético. Tampoco externó alguna crítica por el socavamiento que ha hecho el Kremlin de las libertades fundamentales.

El parteaguas generado por la muerte de Yeltsin podría significar el inicio de una reflexión sobre el costo político de las tolerancias que se le dispensan cotidianamente al presidente Putin, quien las utiliza eficazmente para confirmar que el retorno disfrazado al pasado es más que posible.

Es claro que en los últimos siete años se han abolido las elecciones de gobernadores, estatizado los medios de comunicación, renacionalizado industrias estratégicas y se ha fortalecido la centralización del poder.

La ambigüedad occidental ha llegado al extremo de incorporar sin condiciones a Rusia en el Grupo de los Ocho, sancionando de esta manera lo que en otros gobiernos consideran inaceptable. Este doble rasero se explica por la docilidad rusa a las actuaciones de ese grupo de países en el ámbito internacional, actitud que debe ser cuestionada al menos en los foros multilaterales. De otra manera, la era Putin será para siempre.

montesco98@yahoo.com

Vicepresidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales

 
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PERFIL
 
Internacionalista, diplomático de carrera, consultor y profesor del ITAM.

Ex Embajador de México en Naciones Unidas y ante el gobierno de Estados Unidos. Es Vice Presidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales y Presidente del Consejo Editorial de Foreign Affairs en Español.

 
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Lecciones de Blacksburg 19-abril-2007
 
Conflictos impunes 4-abril-2007
 
Intolerancia a la carta 21-marzo-2007
 
 
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