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    Qué es la pobreza
Sara Sefchovich
23 de abril de 2007

México es un país rico con muchos pobres. Tantos, que hasta se pueden distinguir diferentes grados de pobreza dependiendo de si es más o menos extrema. Julio Boltvinik asegura que en el país hay 76 millones de personas en esta situación; la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno federal asegura que son 53, y según Rodolfo Tuirán son 49. En términos porcentuales, algunos hablan de 60% de la población; otros como Gerardo Torres Salcido, de entre 48 y 52%, y según José Woldenberg son 42%.

En todo caso, con cualquier cifra que se acepte, son muchos pobres.

Y sin embargo, no hay acuerdo en definir qué es la pobreza. Según Alicia Ziccardi, "el término hace referencia a situaciones de privación en el acceso a bienes y servicios básicos". Esto, que suena tan lógico y claro, nos coloca en terreno pantanoso, porque ¿cómo se determina qué es "lo esencial" y cuáles son "las necesidades básicas"?

Para algunos estudiosos, lo básico es, según dicen Víctor Abramovich y Christian Courtis, "la satisfacción de por lo menos niveles esenciales de los alimentos básicos, atención primaria de salud, abrigo y vivienda, condiciones sanitarias básicas y formas básicas de enseñanza".

De modo que lo básico y esencial se definen por lo esencial y lo básico, pero nadie nos dice exactamente en qué consisten. ¿Cuál es ese nivel esencial de alimentos, salud, vivienda, condiciones sanitarias y enseñanza que se supone constituye el mínimo minimorum aceptable?

Peter Townsend responde así a esta pregunta: las necesidades básicas significan "obtener los tipos de dietas, participar en las actividades y tener las condiciones de vida e instalaciones que se acostumbran o al menos son ampliamente promovidos y aceptados en las sociedades a las que pertenecen los individuos, las familias o los grupos".

De aceptarse esta definición, tendría razón Julio Boltvinik cuando se preguntó hace varios años por qué los pobres se tendrían que conformar con apenas el mínimo (definido por otros como el "indispensable") para la supervivencia biológica, siendo que el champú, la pasta de dientes, el refrigerador, son las condiciones de vida "que se acostumbran y que son ampliamente promovidas y aceptadas en nuestras sociedades".

Esto sería, en sentido estricto, lo que siempre sostuvo el liberalismo humanista que, como explica Ferenc Fehér, estableció un modelo de vida por debajo del cual se asegura que no se puede subsistir, porque entonces la situación sería considerada "una anomalía, una enfermedad".

Por ejemplo: Adolfo Sánchez Almanza habla de la educación como la necesidad básica más importante, pues hoy día si las personas no mejoran su escolaridad y no adquieren capacitación, no pueden competir en el mercado y se quedan al margen. La falta de acceso al conocimiento genera un efecto en cadena que impide salir de la pobreza. "La pobreza y el comportamiento económico están estrechamente ligados", afirma.

Para la sociología francesa, la pobreza es también la exclusión social, lo que significa desde la dificultad para acceder a ciertos bienes y servicios hasta las prácticas de discriminación de que son objeto los pobres. Dicho de otro modo, que los pobres no solo no disponen de propiedades, objetos y dinero, sino que tampoco tienen posibilidades de tener salud, servicios y hasta diversiones. Y por si eso no bastara, como dice el sociólogo Herbert Gans, realizan el trabajo sucio, pesado y repetitivo, con horarios de trabajo extensos y rígidos, y no pueden romper con las normas, esquemas y valores en uso pues si lo hacen se les castiga.

Y más todavía, la pobreza redunda también en un conjunto de desventajas sociales e incluso en cuestiones de tipo sicosocial en las cuales, como afirma Torres Salcido, entra la autovaloración del individuo y sus relaciones con los demás. Por eso Boltvinik establece una relación directa entre el fin de la pobreza y lo que llama "el florecimiento humano".

De modo pues que lo que parecía ser una cuestión que se definía sólo por sus dimensiones económicas, en realidad se refiere a algo mucho más amplio, cuyos limites exactos cambian en cada sociedad y en cada momento histórico, según el modelo en que se vive, que es el que se acepta y promueve como el correcto y deseable. Por eso me parece que Boltvinik tiene razón cuando afirma que si yo no puedo vivir sin ciertos satisfactores, ¿por qué pretendo que otros se conformen con menos?

Y sin embargo, los pobres subsisten no sólo sin aquello que el modelo de vida de nuestra sociedad considera como indispensable, sino incluso con menos de lo que se ha fijado como mínimo.

Escritora e investigadora en la UNAM

sarasef@prodigy.net.mx

 
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PERFIL
 
Escritora. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su primera novela, Demasiado amor, le valió el Premio Agustín Yáñez en 1990. Fue becaria del INBA/FONAPAS en el área de ensayo durante el periodo de 1980-1981. Es autora también de La señora de los sueños (1993) y La suerte de la consorte (1999). Asimismo, ha escrito ensayos y colaboraciones en revistas.
 
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