| Prácticamente en cualquier espacio de la vida pública del país se pueden encontrar problemas similares: falta de una regulación estatal adecuada, zonas de monopolio, incapacidad gubernamental, completa apertura al mercado de Estados Unidos y pobres resultados para el país. Puede haber variaciones de una materia a otra, pero lo cierto es que cada vez resulta más urgente un Estado con mayor capacidad reguladora, mejores instrumentos de apoyo y financiamiento y una política de Estado que defina un proyecto de país. En esta ocasión se trata del cine mexicano, una industria que tiene serias deficiencias y que no ha podido recuperarse después de su época de oro. Con la reciente visibilidad internacional que ha logrado un grupo destacado de mexicanos, las miradas regresan a México como un espejo deformado que muestra una realidad plagada de dificultades. En plena globalización el talento de mexicanos ha logrado brillar en los festivales y premios más importantes del cine internacional en Europa y EU: los Golden Globes, los Goya, los premios Baft, los Oscar, los Gotham; de Cannes a Hollywood, de Londres a Madrid y de Berlín a New York; en cada lugar estuvieron talentosos directores como Alfonso Cuáron, Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, guionistas, como Carlos Cuáron y Guillermo Arriaga, cinefotógrafos como Emmanuel Lubezki y actores como Salma Hayek, Adriana Barraza, Gael García Bernal y Diego Luna, entre otros. Este talento ha dejado huella, pero no lo ha hecho desde la débil industria del cine en México, sino desde el extranjero. Además de talento se necesitan otras cosas que nuestro país no ha querido desarrollar: una industria cinematográfica. En algún momento de la historia del cine mexicano se cerró la época de oro y entramos a una crisis de la que no se ha podido salir. En el último número de la revista Letras Libres, de abril de 2007, se hace una interesante presentación sobre varios ángulos del estado actual del cine nacional. Mediante entrevistas, mesas redondas, diarios e información en la que participan directores, productores y actores, se reconstruyen los problemas que padece el cine mexicano hoy en día. La exposición de los productores deja una jerarquía de los temas: los hombres y mujeres que están en el medio como productores señalan "no hay una industria del cine" (Epigmenio Ibarra); para que hubiera se necesitaría una producción anual de unas 120 películas al año; en 2005 se produjeron sólo 53 y algo similar sucedió en 2006; sin embargo, la mitad no ha sido estrenada. Otro de los temas críticos es cómo se recupera la inversión. Mónica Lozano afirma que del "100%, 60% lo retiene el exhibidor. El otro 40% se vuelve un nuevo 100%, que se reparte entre el productor y el distribuidor. Otro productor (Christan Valdelièvre) dice que hay dos grandes empresas exhibidoras en el país, "una es Cinemex, que controla la mitad del mercado en el DF, y Cinépolis, que maneja la mitad del país". Como en otras áreas, hay condiciones monopólicas que imponen las reglas del juego frente a un Estado débil que no regula. En este juego hay dos jugadores importantes: en primer lugar, la industria del cine de Estados Unidos, y en segundo lugar, las empresas exhibidoras. Otro de los temas estratégicos es el apoyo fiscal. En diciembre pasado se aprobó un incentivo, el artículo 226 de la Ley del Impuesto sobre la Renta, que señala lo siguiente: "Se otorga un estímulo fiscal a las personas físicas o morales, con independencia de la actividad que desempeñen, por los proyectos de inversión productiva que realicen en el ejercicio fiscal correspondiente, consistente en acreditar 10% del Impuesto sobre la Renta, que se cause en el ejercicio por las inversiones en la producción cinematográfica nacional". Con esta reforma se podría, según calculan los productores entrevistados en Letras Libres, que se podrían hacer unas 60 películas al año, que representarían unos 30 mil empleos y que podrían ser vistas por unos 30 millones de espectadores. Si la exhibición se regulara de forma más favorable al país, se podría tener por lo menos un estreno a la semana. Si a ello le sumamos el talento demostrado en el extranjero de los directores, guionistas, técnicos y actores, habría una base importante para sacar al cine nacional de la crisis de sobrevivencia en la que se mantiene desde hace varias décadas. Por supuesto se necesita que las autoridades hacendarias entiendan el problema y hagan una aplicación correcta y atractiva del artículo 226, paso que no será fácil, y hasta el momento no se ha logrado. También se tiene que regular a los exhibidores y permitir la distribución de cine nacional, como lo han hecho otros países en donde se regula la exhibición del cine hegemónico, la industria de EU. Sería positivo formar alianzas entre el cine y la televisión, para tener apoyos desde la pantalla chica. Una de las apuestas importantes que han hecho varios países es construir una política de Estado en materia de cultura y, en concreto, de cine. Tener una industria cinematográfica fuerte es apostar por una de las vías culturales más relevantes, no sólo en términos económicos de un negocio que puede ser rentable otra vez, como lo fue en el pasado, sino por cuestiones de identidad como país. La presencia de un país en el mundo se puede dar en buena medida a través de su cine. Hay que empezar a revestir la tendencia de ser un país exclusivamente consumidor del cine de EU para tener propuesta propia. Un cine mexicano pobre como el actual sólo se explica, entre otras razones, por un Estado débil que ha dejado caer una industria muy importante y que ha renunciado a sus capacidades para generar y apoyar una actividad clave de la vida cultural de cualquier país. En el cine, como en otras áreas de desarrollo del país, no se puede dejar todo en manos del mercado. Hay que romper el dogma neoliberal. El cine, como industria cultural, tiene una intensa capacidad para crear atmósferas y climas, imágenes e identidades, personajes e historias, que resulta estratégico para el desarrollo del país. En suma, compartimos el postulado de Lucina Jiménez: "Hacer cine es caro, pero es más caro no hacerlo". Investigador del CIESAS |