| El buen gesto de Irán de liberar a 15 soldados británicos distiende un conflicto que amenaza episódicamente con escalar, ante la posibilidad de que se encienda un fuego en la pradera seca del Medio Oriente. Por hoy respiremos con alivio, pero quedan la intervención estadounidense en Irak, la guerra civil en Afganistán, la movida nuclear de Irán y el conflicto palestino-israelí, que destrozan vidas de jóvenes en plenitud. Así como Irán no ganaba nada matando o manteniendo indefinidamente como rehenes a los espías británicos y Gran Bretaña contuvo llamados a mandar la flota a su rescate, otros actores involucrados en conflictos de la región bien harían en seguir el ejemplo y apelar a lo mejor de sus habilidades negociadoras para revertir la violencia generalizada. Las facciones radicales de cada país quieren sangre, lo que no necesariamente refleja el sentir de poblaciones enteras. En Medio Oriente confluyen tres de las grandes religiones del mundo -cristianismo, judaísmo e islam-, que casualmente coinciden en su esencia pacifista, distorsionada a conveniencia por profesionales de la violencia que abanderan con su supuesta fe cruzadas territoriales y económicas. En Estados Unidos, un pueblo donde también se encuentran radicales religiosos, congresistas demócratas ya quieren poner un alto a la guerra en Irak, que a ellos les ha costado 3 mil 200 vidas. Tanto el Senado como la Cámara de Representantes han puesto plazo para que a más tardar en agosto de 2008 salgan de aquel país sus tropas. El republicano George W. Bush dice que vetará la propuesta. Las facciones duras de todos los campos se amparan en la palabra de Dios, aunque sólo reconocen al suyo y están dispuestos a matar y a morir en su lucha contra los otros, los infieles. Actúan sin reparar en los dramas personales que ese odio desencadena en sus poblaciones y mucho más directamente en quienes portan sus uniformes, como el del soldado Sam Ross, cuya historia de locura y depresión conocemos hoy, porque tras regresar del frente de batalla iraquí sin piernas ni ojos a su natal Pensilvania, su vida y la de quienes lo rodean es un infierno. Los duros son lo que han impedido la puesta en marcha de la iniciativa Alianza de Civilizaciones, signada por 60 países y promovida por Turquía y España, vía la ONU, para desplegar un trabajo de diálogo que desmantele recelos entre pueblos, establezca fronteras seguras y acordadas por todos, y arranque a naciones hegemónicas como Estados Unidos y Rusia los roles de aparentes negociadores, cuando en realidad inclinan la balanza hacia sus aliados históricos en la guerra fría: Israel o Palestina. Deben aprovecharse la liberación de los soldados de Gran Bretaña y los simbólicos tiempos de la Pascua para asumir posiciones más flexibles y ecuánimes a nivel internacional, que conduzcan a la paz y no a la prolongación de una guerra cuya victoria será muy difícil de definir. Con el Medio Oriente en llamas sólo se benefician los radicales que quieren crucificar a los que no comparten su religión. No ganan los miles de Sam Ross de todas las facciones en conflicto, esos jóvenes con vidas truncadas. |