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    Laicismo, religión y aborto
José Fernández Santillán
4 de abril de 2007

En el debate en curso sobre la despenalización del aborto en la ciudad de México se han presentado opiniones muy diversas que provienen de perspectivas igualmente muy variadas: legal, científica, religiosa, partidista, moral e incluso gubernamental. Sin embargo, por extraño que parezca, una de las posiciones menos abordadas es la que se refiere al origen y naturaleza del laicismo. Tomar en cuenta esta visión es esencial tanto para tener un cuadro más completo de un asunto tan entreverado como lo es el aborto, como porque, guste o no, el laicismo está en los cimientos de las leyes e instituciones del sistema republicano que rige nuestra vida social.

Tiene razón Paolo Flores D´Arcais, pensador italiano, quien en un reciente artículo titulado "Una cruzada oscurantista" (El País, 1 de abril de 2007) señaló: "La modernidad que conocemos, la modernidad occidental que lleva a la democracia, se basa en la autonomía del hombre". Efectivamente, la estructura jurídica del Estado moderno descansa en el supuesto de la autonomía del ser humano.

Los padres del laicismo moderno partieron de una idea elemental: el hombre establece en este mundo dos tipos de relaciones, por una parte, consigo mismo; por otra, con los demás. El vínculo con uno mismo cae en el ámbito de la moralidad, en tanto que el contacto con los demás se inscribe en el campo de la legalidad. De esta suerte, de mis actos internos soy responsable frente a mí mismo; de mis actos externos soy responsable frente a los demás, vale decir ante la autoridad pública que representa a la comunidad civil en la cual vivo. Por consecuencia lógica, el tribunal que juzga mis actos internos es el tribunal de la conciencia individual; en correspondencia, la instancia que sanciona mis actos externos es el que erigimos los ciudadanos para que regule nuestra convivencia. Este planteamiento dio pie al derecho moderno de acuerdo con el cual la norma legal exige la observancia tan sólo de la forma, mas no del contenido, de la acción. A ello se le llama "formalismo jurídico".

La diferenciación entre moralidad y legalidad es relevante porque hasta que no se definieron los límites entre una y otra, tanto las autoridades civiles como las eclesiásticas se entrometieron en el terreno de la libertad individual castigando a su antojo (como, por ejemplo, a través de la Inquisición) asuntos que sólo toca calificar a la conciencia de cada persona. Desde este mirador, despenalizar el aborto (hasta las 12 semanas de gestación) significa hacer a un lado un castigo absurdo en contra de la autonomía de las mujeres para decidir sobre lo más sagrado y elemental que poseen, su propio cuerpo.

No obstante, existe una verdadera y propia inclinación regresiva no solamente en México sino en el mundo en contra de la modernidad. Embate encabezado por la Iglesia que tiene como estandarte "la defensa de la vida". La estrategia fundamentalista tiene el propósito de invadir aquel terreno que ya había sido conquistado por el laicismo durante los siglos XVIII y XIX, es decir, la autonomía del individuo. El ataque es frontal contra el aborto, la contracepción (incluido el preservativo), el divorcio, la investigación con células estaminales, el matrimonio entre personas del mismo sexo y la eutanasia.

La intención del Vaticano es aprovechar la crisis de las democracias para ocupar espacios de dominación e influencia, sea en la esfera política, sea en la esfera social. Hacia allá va dirigido el control sobre los gobernantes afines a la doctrina eclesiástica y la movilización de los feligreses. Derribar las barreras que fueron establecidas cuidadosamente por el constitucionalismo moderno para separar el ámbito moral del ámbito jurídico. Arrancar de raíz el pluralismo y la tolerancia de la cultura democrática para imponer el dogma autoritario de una sola verdad. Lo paradójico es que en la lucha establecida en contra de la despenalización del aborto el fanatismo religioso ha echado mano del argumento de la pluralidad y la tolerancia para abrirse camino. O sea, "lobos con piel de oveja".

Viene a colación, precisamente, en estos días de guardar, el recuerdo de que no sólo en los textos clásicos que inspiraron el laicismo moderno se encuentra el respaldo de la dignidad de la persona humana, sino también en los escritos de la historia sagrada. Así es, en el Evangelio de San Lucas(1: 26-38) se encuentra la narración más completa de lo que fue la Anunciación: el arcángel Gabriel se le apareció a la Virgen María para comunicarle que Dios había decidido escogerla para ser la madre de Jesucristo, a lo que ella, libremente, respondió (38): "He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra". No fue obligada, sino que fue consultada. Hasta Dios respetó la autonomía personal.

Ya que estamos en vena de recurrir a los textos sagrados para reforzar nuestro argumento, vale la pena traer a la memoria aquel otro pasaje en el que Nicodemus de Nicopolis, amigo de Jesús, le preguntó a éste cómo conquistar la gloria eterna, a lo que el Mesías le respondió que para ello había que nacer dos veces. Desconcertado, Nicodemus le volvió a cuestionar: "¿Cómo puede ser eso? ¿Acaso tendría yo que regresar al seno materno y nacer de nuevo?". El hijo de José le contesto (San Juan, 3: 6): "Lo que nace de la carne, carne es; lo que nace del espíritu, espíritu es". Toda la doctrina cristiana está basada en ese precepto: el trabajo interno, individual, para alcanzar la salvación. A los que confundían estas enseñanzas, los fariseos, los enfrentó y condenó enérgicamente.

Valga una última referencia: al fariseísmo por ello mismo, le dirigió constantes palabras de reprobación como las siguientes (San Mateo, 23:27): "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a tumbas blanqueadas, hermosas por fuera, mas por dentro llenas de huesos de muertos y de toda suerte de inmundicia!". Esos fueron los que lo llevaron a la cruz. Son los mismos que hoy andan imponiendo cánones morales en su nombre. Aún les falta nacer, efectivamente, por segunda vez.

jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM

 
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PERFIL
 
Director del Centro de Investigaciones en Humanidades, ITESM-CCM. Es doctor en Ciencias Políticas por la UNAM y la Universidad de Turín, Italia. Recibió el Premio Nacional en Administración Pública del Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) en 1980 y el Premio Nacional Universitario en Ciencias Sociales. Es reconocido como investigador nacional. Ha escrito ampliamente en las áreas de administración pública y democracia.
 
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