| T odos los días se reporta el asesinato de mexicanos a lo largo y ancho del país. La mayoría son víctimas de disparos con armas de fuego, cortas y largas. Sin duda, los asesinatos más llamativos han sido los perpetrados por la delincuencia organizada, que acaparan los espacios en los medios de comunicación, pero que no logran opacar las cifras de criminalidad en el país, y en particular en la ciudad de México. De acuerdo con datos de la cuarta Encuesta Nacional sobre Inseguridad, efectuada por el Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, el Distrito Federal ocupó el primer lugar, durante 2005, en incidencia delictiva: 20 mil 368 víctimas y 32 mil 572 delitos por cada 100 mil habitantes. En ningún estado de la República creció tanto la delincuencia de 2004 a 2005 como en la ciudad capital. Para nadie es un misterio que en la ciudad de México se pueden conseguir, con gran facilidad, armas en el mercado negro, muchas de las cuales son utilizadas por los criminales para perpetrar robos, asaltos y secuestros. Por cierto, también aumentó el número de secuestros en el DF. Hace una semana, Joel Ortega, secretario de Seguridad Pública del gobierno capitalino, informaba de la puesta en marcha de un programa de canje de armas de fuego por computadoras, dinero en efectivo y/o despensas. El objetivo del programa, abatir la violencia. El programa fue bien recibido; no obstante, no se aclaró el destino que se daría al armamento recuperado, ni se dieron garantías de que éste no regresaría a manos de la población civil. No se trata de un programa nuevo, es un programa que se ha experimentado ya en otros países de Centro y Sudamérica. Por ejemplo, en la década de los 90, dice Arms Trade News, el gobierno de El Salvador, con el programa Mercancía por Armas, logró recoger más de 8 mil armas que iban desde balas hasta lanzacohetes. William Godnik, consultor del programa, comenta que entre 20% y 30% de las ametralladoras recogidas eran M-16 marcadas como propiedad del gobierno de Estados Unidos. Y la pregunta que surgió fue: ¿cómo llegaron a las calles salvadoreñas? La respuesta no es difícil de imaginar. La corrupción, que propicia el contrabando de armas y que ha llegado a convertirse en un grave problema internacional. Se sabe, gracias a datos difundidos por medio de "Small arms essential documents", que en el mundo hay más de 639 millones de armas, de las cuales 276 millones pertenecen a ciudadanos estadounidenses. De estos 639 millones de armas, 59% está en poder de civiles, 37.8% pertenece a las Fuerzas Armadas de los diferentes países, 2.8% está al servicio de las policías y 0.2% en manos de grupos opositores a los diferentes gobiernos. Pero hay más datos que evidencian la gravedad del problema. Cada año, dice Amnistía Internacional, se producen 8 millones de armas en cuya compra se invierten más de 4 mil millones de dólares, y diariamente son asesinadas en las calles del mundo mil personas. Esto nos da una verdadera dimensión del problema. Por ello no es extraño que, en la relación con Estados Unidos, México haya empezado a dar prioridad al tema del contrabando de armas, por encima de un posible acuerdo migratorio. El problema del narcotráfico no es solamente cuestión de consumo y abasto de drogas. Está involucrado también el tema del contrabando de armas con el que son abastecidas las organizaciones criminales y, más aún, se puede confirmar que este contrabando de armas del que se abastece también la delincuencia común está en el origen de la violencia que se genera en las ciudades. Por supuesto que no se descartan otros factores sociales que inciden en el incremento de la delincuencia, ni la corrupción en los cuerpos de policía, pero no se puede soslayar el hecho de que son las armas las que permiten consumar los actos delictivos. Por ello no basta con establecer un programa para recoger las armas de la calle. Hay que garantizar que éstas no regresen a manos de la población civil, y para ello hay que destruirlas. Por desgracia, se ha descubierto, a raíz de los operativos desplegados por el gobierno federal en diferentes estados de la República, que los integrantes de las policías locales no usan armas reglamentarias, usan armas que sólo pueden conseguirse en el mercado negro, y éste es un indicativo de la corrupción que priva en ellas. No se puede arriesgar el éxito de un programa por no haber establecido los candados que cierren el círculo de la compra venta de armas. El asunto es de vida o muerte. Periodista |