| El prolongado dominio del PRI no sólo se caracterizó por la falta de competencia y participación, sino porque estableció una peculiar manera de hacer política. Formas de relacionarse de los políticos, funcionarios e instituciones que crearon rituales y, sobre todo, un principio de reconocimiento y respeto a la figura presidencial. Por muchas razones que ya se han explicado en textos especializados, el jefe del Ejecutivo fue el centro de la política nacional, responsable prácticamente de todo. La experiencia y habilidad del mandatario siempre fueron fundamentales para manejar a políticos e instituciones, pero también el principio de que las diferencias en torno a su selección, por más agudas que hubieran sido, cesaban en el momento de asumir el poder. Por supuesto que el presidente era lo suficientemente poderoso como para vencer cualquier resistencia, pero en cualquier caso se aceptaba que las discrepancias no podían convertirse en obstáculos para su gobierno. Y menos aún que fuesen ex presidentes o funcionarios los que hicieran la labor en su contra. Con la llegada del PAN y la idea de que la simple competencia abierta es ya la democracia, se ha supuesto que todas las viejas prácticas políticas no deben respetarse. Con una soltura preocupante, más de un nuevo político, y subrayadamente los panistas, insisten en que esas prácticas no deben respetarse más, simplemente porque fueron priístas. A cambio no están proponiendo ninguna alternativa, sólo las ocurrencias del momento y una ambición desbordada que no se detiene en el daño que hacen a sus gobiernos, menos aún al sistema. Vicente Fox, que siempre ha tenido una tendencia incontenible a hablar y que no siempre piensa lo que dice, se ha convertido en una constante piedra en el camino de Felipe Calderón. Bajo la idea de que el silencio de los ex mandatarios fue una regla impuesta por el PRI y, por ese solo hecho, no democrática, ha decidido contratarse para hablar ante cualquier auditorio. Pero como su conocimiento no es mucho -y ni siquiera se esfuerza en demostrarlo-, termina hablando de su esposa, de López Obrador, del autoritarismo priísta y de las elecciones pasadas. Tan convencido parece estar de que sus declaraciones son convenientes para la democracia, que ha insistido en que seguirá hablando, sin importar si afecta a su sucesor. Sin más motivación que sus ganas de hablar y cuando el enojo de los perredistas comenzaba a encontrar un cauce institucional, a Fox se le ocurrió poner en duda la legalidad de las elecciones presidenciales y el triunfo de Calderón. Exactamente lo que López Obrador y el PRD han dicho sistemáticamente desde el 2 de julio. Pero Fox no es el único imprudente. Manuel Espino, cuyas acciones han sido registradas por la opinión pública, se ha convertido en el principal opositor del Presidente. Ha incorporado a los ex secretarios más incompetentes y conservadores de Fox, ha hecho declaraciones que contradicen la política del actual gobierno, en especial en el terreno internacional que ni él ni Derbez conocen, y ahora le ha dado, de la mano de Abascal, por afirmar que Calderón no era el candidato que querían y, peor aún, que no es el adecuado para gobernar. En un estilo que sin duda le ha de admirar Fox por su habilidad para no aclarar nada, Espino ha salido a justificar las declaraciones solamente para demostrar que no puede evitar oponerse al presidente salido de su partido. Para nadie es sorpresa saber que Calderón no era el prospecto del ex presidente, de los dirigentes del PAN y de los ex miembros del gabinete que aspiraban a mantenerse en el poder. Tampoco que hicieron cuanto estuvo a su alcance para evitar que el michoacano ganara las elecciones internas y pudiera competir en mejores condiciones por la Presidencia. Pero sí llama la atención que mantengan su encono y estén dispuestos a enfrentarse a él ahora que es Presidente, que arrastra consigo una deuda de legitimidad, que sus principales adversarios aprovechan cualquier resquicio para confrontarlo y a sabiendas de que arriesgan su desempeño. Que la política no sea compatible con la moral no significa que no tenga reglas, y menos aún que la democracia suponga hacer cualquier cosa o tener derecho a comportarse sin más control que las aspiraciones personales. Suponer que las reglas solamente se observaban en la política mexicana porque eran priístas es una manera poco elegante de reconocer que los recién llegados al poder no tienen ningún límite para desplazar a sus correligionarios y ocupar sus puestos. La búsqueda de espacios no se detiene ni siquiera en la figura presidencial o en la marcha del gobierno. La derecha más conservadora que llegó de la mano de Fox no ha reconocido históricamente a las instituciones. Basta voltear la mirada a los momentos más dramáticos y definitorios de la historia nacional para confirmar que esos sectores, cerrados y con frecuencia confesionales, han pasado por encima del país con tal de no perder el poder o, al menos, influir en la política nacional. Esa derecha fue derrotada reiteradamente e incluso en el PAN tuvo pequeños espacios, pero desde hace algunos años, bajo el cobijo de Fox y montada en las demandas democráticas, se ha apoderado de ese partido y no está dispuesta a perder lo ganado. Su ambición no tiene límites. No le interesa ni el PAN ni tampoco las instituciones. Su comprensión de la democracia, así sea en su versión más limitada de competencia electoral, es primitiva porque la entiende sólo como instrumento para conservarse en el poder. Visto así, no es tan extraño que haya una batalla abierta entre el gobierno de Calderón y los dirigentes del PAN. La derecha conservadora llegó a ese partido porque es el más cercano ideológicamente y no porque le interese su supervivencia. El PRI y su forma de hacer política les disgusta no por la falta de democracia que pudiera significar, sino porque fueron los herederos de quienes los expulsaron del poder hace más de un siglo. Pero tampoco les interesa mucho el PAN, que representa sólo ventajas prácticas. Lo único que importa es preservarse a sí misma. Las instituciones, el gobierno e incluso el PAN son asuntos menores, sacrificables. Lo que está en juego no es sólo un pleito de familia o el desbocamiento de un grupo renuente, sino el reconocimiento de reglas que hagan de la política un medio civilizado para gobernar. Los opositores de Calderón, que no son el PRD ni el PRI, sino sus compañeros de viaje en el PAN, sólo encontrarán límites cuando el Presidente decida actuar en serio y no para las encuestas. Investigador de El Colegio de México |