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    Renuncia al desarrollo
Eugenio Anguiano
28 de febrero de 2007

Lograr el verdadero desarrollo de un país ha sido siempre una tarea que le corresponde a los dirigentes de los estados-nación, porque ella se ejecuta por largos periodos y es conducida por políticos o estadistas visionarios en cuanto al objetivo principal, que es la transformación misma de la sociedad y de sus instituciones hacia su funcionalidad integral: administrativa, legislativa, jurídica y procesal.

A mi juicio, se incurre en un grave error cuando el desarrollo se procura mediante la privatización y el adelgazamiento del Estado, solamente en beneficio de un idílico libre mercado, olvidándose que dicho mercado ha sido un importante instrumento o medio para el desarrollo de los factores de la producción en las naciones avanzadas de hoy, pero nunca un fin en sí mismo.

A fines del siglo XIX, Karl Marx consideró al surgimiento del capitalismo en la historia de la humanidad como el gran avance en la evolución de los sistemas económicos desde que se tuvo memoria de éstos. En una concepción optimista de la filosofía de la historia -que otros destacados pensadores comparten con Marx-, el paso de las sociedades primitivas a las esclavistas, luego a las feudales y finalmente al capitalismo es confirmación de que el ser humano, en asociación con sus semejantes, ha caminado a través de los siglos hacia estadios de bienestar y satisfacción colectiva e individual cada vez más altos, de manera que así como hoy la economía de mercado y la democracia representativa son sinónimos de desarrollo moderno, el día de mañana lo serán las sociedades donde el reparto de la riqueza sea equitativo y la democracia se ejerza de manera directa.

Desde luego, hay otras interpretaciones del devenir histórico, unas de franco pesimismo, para las que ese devenir carece de sentido en términos del perfeccionamiento humano (el hombre será perennemente infeliz mientras perennemente desee, decía un filósofo del pesimismo), mientras otras interpretaciones son eclécticas, en tanto ven a la historia como un fenómeno circular y no lineal. No obstante la diversidad de visiones, el desarrollo alcanzado por la humanidad en los últimos 150 años ha sido evidente, aunque se haya distribuido de manera muy desigual entre naciones y clases sociales, y haya sufrido trágicos retrocesos en la forma de imperios coloniales, guerras, revoluciones de toda índole y aun pandemias.

Desarrollo y progreso van de la mano, aunque no necesariamente sean equivalentes, y la aspiración de todos los pueblos es la de progresar y desarrollarse. Esta ha sido también la aspiración explícita e implícita del pueblo mexicano desde siempre, y la responsabilidad de recogerla, articularla y buscar su realización final ha correspondido al Estado nacional.

Con numerosos errores, excesos de poder, abusos y violaciones de derechos individuales, el Estado mexicano contemporáneo -aquel surgido de la guerra civil y de la Revolución- cumplió con su papel de fomentar el crecimiento y el desarrollo del país. Hacia principios del último quinto del siglo XX, el mundo veía a México como un país en desarrollo que se hallaba en el umbral del gran salto cualitativo para pasar a las filas del pequeño grupo de países o economías avanzadas. Por diversos factores, primordialmente de gestación interna, ese salto no lo dimos y, lo que es peor, parece que hoy, como nación y sociedad, nos encontramos más lejos de tal posibilidad de lo que estábamos en 1980.

En realidad, el paso de una economía en desarrollo a una desarrollada no lo ha dado ninguna de nuestra región, que a mediados del siglo XX parecía la menos subdesarrollada del tercer mundo, ni siquiera Chile, donde se erradicó la pobreza extrema pero aumentó la concentración del ingreso. Fueron dos territorios -Hong Kong y Taiwán-, una ciudad-Estado (Singapur) y un país (Corea del Sur) los que en rigor terminaron por alinearse a final del siglo pasado entre las economías avanzadas del mundo, a pesar de haber sido colonias hasta muy avanzada esa centuria y pertenecientes a Asia, un continente que hacia la década de los 50 estaba mucho más atrasado (salvo Japón, que estaba derrotado y destruido) que América Latina.

Pero mal de muchos consuelo de tontos, de manera que resulta muy triste que México haya decaído y perdido su brillo como país a punto del desarrollo pleno. Lo que me aterra es que la mayoría de los políticos actuales y los dirigentes surgidos de ejercicio electoral promisorio, pero abollado en 2006, no se den cuenta del estancamiento y sigan confundiendo medios con fines.

El Estado debe recobrar la rectoría del país y el desarrollo como objetivo, en su acepción de justicia social. Harían bien esos dirigentes en leer a Karl Polanyi en su clásico libro, publicado en Estados Unidos, La gran transformación (1944), para que se enteren que fue el Estado británico quien hizo florecer a la economía de mercado en el siglo XIX, y no viceversa.

Profesor investigador de El Colegio de México

 
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PERFIL
 
Estudió Economía en la UNAM y en universidades de Gran Bretaña. Fue embajador de México en América Latina, Europa y Asia donde representó a nuestro país dos veces en China. Ha sido profesor-investigador en la UNAM y otras instituciones de enseñanza superior tanto nacionales como extranjeras; desde julio de 1994 está asociado a El Colegio de México donde actualmente coordina el programa de estudios APEC. El Club de Periodistas de la Ciudad de México le otorgó en 1999 el primer premio de periodismo.
 
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