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    Avatares en vuelo
Pablo Marentes
27 de febrero de 2007

La expropiación de ´El 40´ dista de ser un quinazo . El quinazo fue la realización espectacular de una negociada decisión anticipada. En algún momento de la campaña presidencial de 1988, Hernández Galicia trabó un diálogo ríspido con el candidato. Los testigos propalaron que el titular de la cacicatura sindical había fracturado los cimientos que la sostenían. La fecha del envión final la determinaría el interlocutor resentido al consumar su posesión de la República. El 10 de enero de 1989, el líder petrolero fue detenido. En el patio de su casa, en un alarde de atrezzo , fue colocado el cadáver de un agente del Ministerio Público Federal. Ese representante de la sociedad había fenecido días antes, en cumplimiento de otros pertinentes deberes.

Desaparecieron a partir de entonces la inicial timidez y el derrotero incierto que caracterizaban la gestión del nuevo presidente constitucional. La portada de la edición internacional de Time obsequió al mundo un perfil sonriente y la sucinta explicación: Wimp no more! (Se esfumó el alfeñique), o un epígrafe parecido.

Para emascular al conductor petrolero bastó con que dentro del avasallador aparato presidencial personalista, se forzara un acuerdo entre unos cuantos actores. La toma de El 40, por el contrario, desata un proceso de enfrentamientos y desenlaces parciales e impredecibles en los que participarán al alimón los miembros de innumerables grupos políticos, camarillas de administradores públicos corruptos, y ententes de poderosos empresarios comerciales y delincuentes especialistas en la colocación y distribución de contrabandos de mercancías, todos armados con instrumentos legales y letales.

La ilícita colaboración entre funcionarios públicos, grupos empresariales, confesionales intergremiales, policiacos y de delincuentes, se inició en los primeros años de la ruta de tornavuelta que durante más de 240 años recorrió el Galéon de Acapulco de 1564 a 1809, transportando mercancías y tecnología de occidente y oriente entre Nueva España y su consulado de las islas Filipinas.

La parte no virtuosa de los cleros medio y alto, pronto aprendió a descargar el Galeón en altamar. Las mercancías baratas las distribuían los peninsulares y criollos que dieron origen al comercio ambulante de la capital, los mismos que organizaron el famoso Parián en el enorme espacio que habría de ser el zócalo, en el cual convivían los miembros de los bajos niveles de vendedores, traficantes y mandos policiacos. Allí se constituyeron los grupos delincuenciales protéicos de ligera movilidad, los cuales desde el inicio del siglo XVII desaparecen en los aledaños del Teocali Tepitón, la ermita pequeña, protegidos por la noche y almas caritativas.

Desde entonces la gran ciudad ha estado rodeada por aduanas de la corona, suplidas después por las aduanas federales. Esos filtros siempre dejaron pasar lo que ha convenido a los negocios particulares de los jefes, no a los intereses sociales ni a la satisfacción de carencias. Ese coto de simulaciones denominada administración aduanal, en manos de una siniestra empresa privada, seguirá dando paso a los tráileres de contrabando y a los automóviles que transportan estupefacientes. Son los mismos eslabones de delincuentes públicos, privados y confesionales que enumera el inasible alcalde mayor en el distrito del virreinato, Hipólito Villarroel, en su relación de Enfermedades políticas que padece la capital de esta Nueva España, que escribiera entre 1785 y 1787. Han transcurrido cuatro siglos y medio de mentiras, contrabandos y cinismo aduanal y policiaco en la capital. Los avatares, liberados por el jefe de Gobierno, están sueltos. Vuelan entre los moradores de esta gigantesca concentración urbana connotada como ciudad de México.

Profesor de la FCPyS de la UNAM

 
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PERFIL
 
Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Ha fungido como director general de Canal 11, de Corporación Mexicana de Radio y Televisión Canal 13, del Instituto Mexicano de Televisión y de Imevisión. Redactor de la revista Siempre!, donde publicó entre 1959 y 1960 entrevisas con Hubert Humphreys, Richard Nixon, John F. Kennedy, Lyndon Johnson, Robert Kennedy y Stewart Symington. Por otro lado, fue director de Comunicación del Gobierno del D.F. y vocero del entonces Jefe de Gobierno, Cuauhtémoc Cárdenas.
 
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