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    Colaborar, el reto del PRI
Rogelio Hernández Rodríguez
19 de febrero de 2007

Si, como todo parece indicar, Beatriz Paredes se convierte en la dirigente nacional del PRI, se habrá cerrado una etapa del partido pero no necesariamente estarán por solucionarse sus principales problemas. La primera ganancia será, sin duda, el proceso en el que fue elegida, pues después de varios intentos que no siempre fueron exitosos y, por el contrario, dejaron fuertes dudas sobre su limpieza, en esta ocasión fue el voto de los consejeros el que decidió al ganador. Como ejemplo está el proceso en el que Roberto Madrazo se convirtió en presidente del PRI, que fue una de las peores demostraciones de que los liderazgos externos, y en especial los gobernadores, podían manejar la estructura partidaria y manipular votos.

Paredes bien lo sabe, pues no sólo fue la candidata derrotada sino que sus seguidores, aunque recurrieron a procedimientos semejantes, estuvieron en desventaja ante los de Madrazo. No es que ahora no intervinieran los mandatarios o que desaparecieran por completo las viejas prácticas para inducir el voto, pero al menos los consejeros tuvieron libertad para decidir en el último momento a quien elegirían, al margen de las presiones de los gobernadores.

Paredes tiene presencia y reconocimiento, pero ahora tiene enfrente el reto de construir un partido creíble y responsable. Creíble para los ciudadanos que se han alejado y que hasta las últimas elecciones no lo consideraron una opción para gobernar, y responsable para construir acuerdos con la nueva administración que, sin sacrificar sus diferencias, permitan desarrollar programas y, sobre todo, garantizar la estabilidad del país. Si las tareas se antojan difíciles, más complicado resulta el procedimiento para lograrlo. Poco se sabe de las propuestas de los candidatos, tal vez porque su difusión se concentró en los consejeros y no en la opinión pública, pero resulta significativo que lo único que trascendió fue la idea de convertir al PRI en una organización de izquierda o, más bien, de centro-izquierda.

Tampoco es claro qué se quiere decir con eso, más allá de separarse de la ambigua posición de Madrazo en su campaña y que se reconoció de centro solamente para diferenciarse del PAN y el PRD. Sin embargo, hablar de un centro-izquierda no ayuda porque si bien puede alejarlo del panismo, no necesariamente lo distingue del PRD. No al menos en sus ideas, más cercanas a las necesidades sociales. Mientras no se tenga claridad en la propuesta, hacer del PRI un organismo de centro-izquierda no parece tener otro propósito que evitar el radicalismo perredista, pero sin abandonar sus ideas.

Ese ha sido uno de los problemas centrales del PRI desde que el PRD naciera, porque nunca pudo desligarse del liberalismo de los últimos tres presidentes priístas y el PRD fácilmente asumió su vieja ideología social. No le será nada fácil al PRI y a su nueva dirigente darle contenido a esa propuesta sin que, de nuevo, los ciudadanos vean a su organización como una versión domesticada del PRD. Menos aún cuando tendrá que diferenciarse al mismo tiempo de las políticas gubernamentales y colaborar en su aplicación.

Para el PRD no es complicado asumirse de izquierda porque se opone sistemáticamente a lo que hace el gobierno panista. Como quedó claro en las últimas elecciones, para el ciudadano común el polo opuesto al conservadurismo es el discurso popular, preocupado por los pobres y en el que el gobierno debe protegerlos. El PRI tendrá que ser muy imaginativo para demostrar que está preocupado por los pobres cuando tenga que respaldar acciones del gobierno que serán criticadas por su radical compañero de ruta.

En este punto cobra sentido el desafío de la responsabilidad política. Aspirar a soluciones sociales no significa tomar decisiones irracionales en economía y eso equivale, en las actuales circunstancias, a apoyar muchas medidas del gobierno panista. Como se dijo múltiples veces desde las elecciones, el PRI, pese a estar relegado al tercer lugar, tiene un peso político enorme porque se ha convertido en el fiel de las negociaciones. Pocos esperan colaboración del PRD con el gobierno de Calderón, de tal suerte que sólo con el apoyo del PRI le será posible al Presidente sacar adelante las reformas que juzgue necesarias. Mantener la colaboración institucional y al mismo tiempo una ideología de izquierda no parece tarea sencilla.

Los riesgos están a la vista. Hace pocos días, la bancada del PRI en el Senado logró una victoria notable al conseguir el apoyo unánime de los otros partidos a su propuesta de reforma del Estado. No es la primera vez que se habla de algo similar, pero sí la primera en que se proponen reformas que no sólo buscan adecuaciones electorales sino una reordenación de las facultades de los poderes que hagan posible una mayor colaboración entre ellos.

A nadie escapaba la necesidad de las reformas, pero tampoco nadie quería asumir los riesgos de proponerla. Ni el PAN ni menos aun el presidente Calderón, podían encargarse del proyecto a riesgo de que fuera desechado por el PRD. Cualquier iniciativa de ellos habría sido vista como un intento de fortalecerse y de minar el avance de la izquierda. Pero tampoco el PRD podría haberla propuesto porque tendría la clara intención de limitar al gobierno de Calderón. El PRI ha logrado la anuencia de los partidos y, desde luego, el beneplácito presidencial, lo que hace ver con prudente optimismo el futuro de la medida. El sistema político gana con el proyecto, al igual que los partidos que comienzan a superar su desprestigio ante los ciudadanos, pero el PRI obtiene una posición destacada.

El punto es que esta propuesta se dirige a mejorar el entorno político y no tiene costos sociales; de ahí las ventajas para ese partido que puede mostrar su mejor cara de responsabilidad institucional. Pero el problema de fondo es que en el futuro inmediato la nueva dirección del partido tendrá que hacer frente a proposiciones en las que difícilmente podrá librar sus compromisos con el gobierno panista. Para Calderón el apoyo del PAN es fundamental, pero ante la resistencia de la derecha que lo controla y la incertidumbre que rodea las elecciones de medio término, el apoyo del PRI se convierte en decisivo. El reto para el PRI consiste en traducir esas acciones en apoyo ciudadano, en votos que le permitan ya no recuperar el poder, pero al menos sí la posición mayoritaria que en los años recientes mantuvo el priísmo. Una colaboración responsable con el gobierno puede convertirlo en un aliado fiel del panismo que, por contraste, lo aleje de sus electores. Difícil y riesgosa tarea para el viejo partido.

Investigador de El Colegio de México

 
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PERFIL
 
Profesor-investigador del Centro de Estudios Sociológi­cos del Colegio de México. Doctor en Ciencia Política por la UNAM, sus principales líneas de investigación son las instituciones y el sistema político, así como la élite y los grupos políticos en México. Es autor de los libros "Amistades, compromisos y lealtades. Líderes y grupos políticos en el Estado de México, 1942-1993" y "La formación del político mexicano. El caso de Carlos A. Madrazo".
 
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