| No está de más preguntarnos por qué en ciertos momentos se producen acciones colectivas como plantones , tomas de carreteras, edificios y cierres de calles. Dado que en México no se hace historia social ni análisis cultural en el sentido amplio del término (códigos, costumbres, formas de funcionar, mentalidades), la respuesta a esa pregunta ha tenido hasta ahora solamente una perspectiva política o económica y de coyuntura o corto plazo. Y, sin embargo, estas acciones forman parte de una larga cadena de otras similares que se han producido a lo largo de nuestra historia. Al menos eso es lo que aprendemos en un excelente texto de Silvia Marina Arrom, en el que la autora nos explica que desde tiempos de la Colonia y durante todo el siglo XIX en México (y en otras ciudades latinoamericanas) tuvieron lugar acciones colectivas que no fueron simples "respuestas irracionales de la chusma", como se les consideraba antes de que los historiadores ingleses Hobsbawm y Rudé cambiaran para siempre la manera de entenderlas. Con Arrom aprendemos que las ciudades no fueron esas islas de quietud en medio del mar continuo de la sublevación y la rebelión rural como se creía y que la participación política de las masas urbanas no es un fenómeno exclusivo del siglo XX. Y que estas acciones respondían a provocaciones específicas o a llamadas en apoyo a una causa dada, que perseguían fines precisos (como proteger intereses o creencias, oponerse a ciertas políticas, cuidar los propios medios de subsistencia o buscar beneficios) ampliamente compartidos por grupos de personas; que no eran espontáneas ni desordenadas sino que tenían líderes que las estimulaban y dirigían y que muchas veces éstos formaban parte de élites descontentas o disidentes; que eran resultado no de la marginalidad o la subordinación de ciertos grupos a otros, sino precisamente de la interacción entre ellos: "La repetida coincidencia de los motines latinoamericanos con luchas partidistas señala sus conexiones con la política de las élites". Esto hace evidente que la sociedad es un todo integrado en el que existen pactos sociales (acuerdos y límites) que se renegocian continuamente, y si algún lado no lo hace o cambia las reglas del juego, entonces surgen problemas; y que la mayoría de las veces se les pudo resolver a través de negociaciones y no de represión, porque las élites respondieron "con excepcional flexibilidad y moderación". Si trasladamos estas premisas a México, veremos que se aplican con gran exactitud a los eventos que hemos visto suceder recientemente. Por ejemplo, el postelectoral de AMLO: una de las causas de este tipo de acciones fue expresar apoyo a políticos que se oponían al gobierno establecido. Fue el caso de la revuelta de 1828 y del motín del parián en la ciudad de México, cuando los pobres fueron cortejados en una elección ferozmente disputada y aunque los amotinados aparentemente representaban a las clases populares, de hecho fueron inicialmente movilizados por y se aliaron con las élites descontentas: "El papel de las élites fue fundamental para despertar la protesta popular". Sus demandas y objetivos eran muy precisos y esperaban que las autoridades los escucharan, pero sus acciones no fueron irracionales, sino que se tenían fines claros y cuando atacaron objetivos lo hicieron con aquellos que simbolizaban figuras, grupos o políticas aborrecidas como ciertos edificios de oficinas, tiendas, medios de comunicación. Estas acciones sirvieron para liberar el coraje y la energía, es lo que Charles Tilly llama "repertorio de contención". Pero además, siguieron el camino tradicional de nuestra cultura política que apunta a la conciliación más que al pleito. En México lo hemos llamado cultura priísta pero es más que eso, es una forma anterior profundamente sedimentada. Resulta interesantísimo ver las cosas desde una perspectiva de tan largo plazo, porque entonces se hace evidente que las acciones sociales no surgen de la nada, sino que el pueblo o la masa o los pobres, como se les quiera llamar, tienen una manera de responder frente a lo que consideran que los amenaza o les incumple y para defender sus causas e intereses y que estas acciones efectivamente contribuyen a cambiar las cosas, pues llevan a quitar o poner leyes, políticas públicas, funcionarios. Por supuesto, eso no significa que no se vayan a veces de las manos o que no corra la sangre, pero lo que la historia nos demuestra es que la mayoría de las veces no fue así, lo cual resulta sumamente alentador, como también lo es darse cuenta de que consiguen sus objetivos. sara.sefchovich@asu.edu Escritora e investigadora en la UNAM |