| El mayor partido de la izquierda en México, el PRD, está en un momento de definición importante. Este partido, como uno de los jugadores del poder, comparte las miserias de los otros partidos. Está sujeto a las reglas de un modelo político que ha desfigurado por completo las identidades y las ideologías. Está afectado por una serie de fenómenos que hoy identifican a todos los partidos políticos como recolectores de votos: la personalización, la mediatización, el oportunismo, las alianzas vergonzantes, la evaporación de una identidad ideológica, y por supuesto, un déficit financiero permanente. Si este modelo invade a la política, los efectos en los partidos no son automáticos ni homogéneos; a cada institución le afectan de manera distinta. ¿Qué ha pasado con el PRD? Este partido ha tenido dos impulsos políticos que los han marcado de forma radical, uno fue la sucesión de 1988 que generó su fundación y un sistema de tres grandes fuerzas partidistas; el PRD fue la ruptura más relevante del PRI y modificó las perspectivas de la izquierda en la competencia por el poder. El otro momento fue, sin duda, la sucesión de 2006, en donde estuvo a punto de ganar la Presidencia de la República, se quedó a sólo medio punto de distancia. Después de 1988 vino la creación del partido dentro de un contexto muy complicado, en donde el perredismo tuvo que pagar los altos costos de enfrentarse a un régimen que hizo todo lo posible por borrar al PRD; la represión y la exclusión fueron la receta salinista. Pero la política es como una rueda de la fortuna, la recuperación política del partido llegó con el nuevo pacto político-electoral de 1996 y con su triunfo en el gobierno del Distrito Federal en 1997, el bastión más importante del sol azteca. Después de la alternancia presidencial del año 2000, parecía que por fin se habían desterrado las prácticas de exclusión política que durante años practicó el PRI, pero la realidad se encargó de hacer un desmentido completo. La lucha por la sucesión presidencial llegó antecedida de la maniobra del desafuero del jefe de Gobierno del Distrito Federal, y de lo que fue una sucia campaña de medios para impedir el triunfo de López Obrador. Después de la derrota por la presidencia el PRD tiene como reto plantearse qué sigue para el futuro inmediato. La autocrítica es indispensable. Además de la política panista de la exclusión, hay que mirar también los errores que cometieron el perredismo y su candidato. Un partido que desde su fundación ha estado completamente eclipsado por el personalismo de sus líderes tiene un déficit importante de institucionalización, que no sólo pasa por la contención del líder, sino por los complejos equilibrios de sus corrientes internas, sus tribus. Estos grupos obedecen principalmente a liderazgos identificables y son espacios para el reparto de posiciones, cuotas y recursos, como se pudo ver en el sexto Consejo Nacional del fin de semana. López Obrador llevó al PRD a la antesala de la Presidencia y logró elevar su votación como nunca antes; pero, al mismo tiempo, también metió al partido en una dinámica complicada de impugnación primero y luego de resoluciones conflictivas, como la figura del gobierno y presidente "legítimo". Se puede entender la importancia del simbolismo, pero esa estrategia dificulta de forma importante la inserción del PRD en la dinámica política del país. Al PRD le resulta complicado contener al líder y procesar la autocrítica que necesita hacer sobre los errores estratégicos que se cometieron durante la campaña: radicalización del candidato; impugnación hacia sectores claves como los grupos empresariales; no asistencia al primer debate de candidatos; estrategia de bloqueo de calles en la capital; y finalmente, el mantenimiento de un simbolismo que polariza. Después de la crispación del 2006 ha habido consecuencias indeseables que no han ayudado a cerrar las heridas del proceso electoral. Por parte del gobierno panista, una cerrazón de espacios, censura, profundización fundamentalista, exclusión y control; por parte del perredismo, una expresión desorganizada y heterogénea, que va desde la provocación hasta el desconocimiento de gobierno. Hay decisiones estratégicas que tiene que resolver el PRD: ¿qué quiere ser como partido en el corto plazo ahora que es la segunda fuerza política del país? Puede seguir en su postura de ser la contraparte de la polarización, o puede convertirse en la oposición de izquierda que se necesita en estos momentos en el país: moderar a la derecha; plantear las alternativas de política pública para combatir la desigualdad; luchar por las causas progresistas que apoyen una democracia más fuerte, como el pluralismo, las defensa de las libertades, el acompañamiento de las luchas sociales; apuntalar las reformas institucionales, como la reforma del Estado. El valor de ser un contrapeso a un gobierno de clara orientación de derecha puede ser, sin duda, un servicio invaluable del perredismo en estos momentos. Todo ello puede ser parte de una agenda para la izquierda. Pero, al mismo tiempo, ese vector es incompatible con muchas de las prácticas que actualmente tienen cabida en ese partido: el clientelismo como moneda de vinculación con los votantes; la falta de transparencia y la corrupción como prácticas políticas; el pragmatismo en donde todo cabe para una estrategia inmediatista; la provocación como táctica cotidiana. Los perredistas atraviesan un laberinto que viene de la derrota de 2006, y tienen la difícil tarea de armonizar un circo de varias pistas en donde cada quien jala para su lado: los legisladores y los gobernadores en la política formal; el "gobierno legítimo" y López Obrador en un espacio conflictivo; y las tribus con sus luchas por cuotas y territorios. Cuando este gobierno empiece a tener rendimientos decrecientes por sus decisiones excluyentes, por su censura a las libertades, por el fundamentalismo de derecha de varios de sus protagonistas, por su falta de sensibilidad social, por sus alianzas con el corporativismo magisterial, por su permisibilidad ante los monopolios, se va a necesitar de una izquierda articulada y democrática que pueda ser un contrapeso y una opción de gobierno. El drama es que el PRD está lejano a esa posibilidad. Investigador del CIESAS |