| De entre las intestinas rivalidades del PAN en el Distrito Federal, Jalisco, Baja California, Guanajuato, Nuevo León, Guerrero y Yucatán destacan por su fiereza las dos últimas. La de Guerrero -urdimbre de instintos, intereses y mentiras; secuela de amenazas que dan lugar al asesinato- entró en decrescendo , rallentando , en seguimiento de la anacrusa dictada por la batuta del improsulto director de la orquesta azul. En Yucatán nuevamente la casta divina decidirá quién gobernará. Para el efecto, coinciden el transfuguismo de una panista y la estrategia extraviada de los dirigentes locales del Frente Amplio Progresista. No interesó que la infusa candidata del cambio negociado y rectificadito haya señalado repetidamente que los mexicanos, ¡todos!, son conservadores; que el PRD es un partido de revoltosos, que su campaña presidencial fue una sarta de quebradizos abalorios mesiánicos y que en la penumbra repita que la guerra de castas fue una rebelión de 55 años a lo largo de los cuales los indígenas mayas ¡se propusieron exterminar a las familias blancas! La guerra de castas: el conflicto social inconcluso, cuyas causas originales fueron soterradas por la organización económica y política que construyó a lo largo de 46 años el inteligentísimo licenciado e ingeniero Olegario Molina Solís: el aglomerado de intereses locales, nacionales e internacionales que dejó latente el origen de la confrontación, al cual Don Olito encargó la solución del conflicto, a cuyo efecto mantuvieron en la esclavitud, como lo consigna John Kenneth Turner en su México bárbaro, a 125 mil mayas, 8 mil yaquis y 3 mil coreanos. La casta divina: la misma que ha ahogado los intentos de cambio social. La casta divina cuyo aggiornamento logró el gobernador Patricio Patrón Laviada Arrigunaga al encabezarla en 2002 para enfrentar al poder judicial del Estado y a los tribunales federales de alzada, hasta lograr que un divino uxoricida fuese excarcelado antes de concluir el término de su sentencia. La casta divina que a partir de 1902 -cuando se consumó la segregación del territorio de Quintana Roo donde quedaron confinados los rebeldes mayas- a la fecha ha mantenido durante 105 años, con excepción de 1935 a 1936 y de 1952 a 1953: las efímeras gubernaturas de Fernando López Cárdenas y Tomás Marentes, el control económico y social del estado. Yucatán tiene hoy un millón 660 mil habitantes. Cincuenta mil criollos cosmopolitas, los miembros de la casta, siguen sentados en la estrecha cúspide de la pirámide social desde donde controlan la política, la Iglesia, los partidos y las empresas. Ciento cincuenta mil más son sus fieles subordinados, identificados como clase media. Sesenta mil son mestizos que actúan como capataces de los 983 mil descendientes de los mayas quienes desempeñan las tareas que demanda la agricultura de temporal y el extenuante cultivo del henequén: la renovación de los planteles, el trasplante, el corte de las pencas, su transportación a lomo humano o en góndolas que ellos mismos mueven a lo largo de las angostísimas vías de la minuciosa red del ferrocarril interfincario. La casta ha logrado el portento de que el tiempo histórico transcurra en dirección contraria. Logró que las normas liberales y redistributivas de dos constituciones federales permanecieran sin aplicación. El divino grupo ha mantenido a más de un millón de seres humanos sumergidos en la marginación, la pobreza, la mortalidad infantil y femenina evitables; la desnutrición, la descuidada instrucción bilingüe, los infectos servicios sanitarios, los salarios pagaderos en especie y a discriminación. Y las actuales determinantes políticas anticipan que así continuarán a lo largo de los próximos 30 años. Profesor de la FCPyS de la UNAM |