| El PAN se ha convertido en un partido exitoso que gana elecciones y que ha conseguido vencer al PRI y resistir el crecimiento del PRD. Parece muy civilizado, dueño de una ideología alejada de los extremos y representante, si no de la mayoría de la población, al menos sí de las clases medias y altas preocupadas por la estabilidad económica. Sin embargo, apenas tiene el poder y esta imagen se desvanece cuando sus líderes, reales y formales, se enredan en conflictos que no encuentran ninguna mediación y que ahora llegan al extremo de enfrentar a su propio Presidente. Para utilizar una palabra que le fascina a Felipe Calderón, es un partido ganador, pero que no ha demostrado estar capacitado para gobernar. Los conflictos internos son comunes, pero que el dirigente del partido gobernante se dedique a obstaculizar al Presidente que llevó al poder, es la mejor muestra de que no se pretende desarrollar ningún programa sino disfrutar de los cargos como patrimonio de grupos. Si las diferencias llegan al extremo de que el partido se oponga al mandatario, a sabiendas de que con ello debilita su gobierno y, peor aún, arriesga electoralmente al partido, es porque responde a una desmedida ambición de poder. Si bien los enfrentamientos entre el presidente Calderón y Manuel Espino sorprenden por su irresponsabilidad, no son tan difíciles de explicar si se entiende que el PAN se ha convertido en un botín de grupos conservadores que sorpresivamente alcanzaron la Presidencia, que no se identifican con el actual mandatario y, sobre todo, temen ser desplazados en el futuro. La historia, si bien ha alcanzado tonos exagerados con Espino, de ninguna manera comienza con él. Lejos de la imagen de unidad que siempre ha mostrado el panismo, desde los años 70 del siglo pasado ha estado atravesado por conflictos entre grupos que se han disputado agriamente su control y, desde luego, el poder que sus candidatos puedan alcanzar. Como bien lo saben los conocedores del PAN y, por supuesto, los panistas, el viejo partido que se construyó para educar cívicamente a la sociedad y que por décadas fue el contrincante del priísmo, fue capaz de constituirse en símbolo de la participación pero a cambio de nunca ganar las elecciones. Y no sólo, como sus apologistas dijeran, porque el sistema de aquella época se los impedía, sino porque el mismo panismo había decidido no competir realmente contra el PRI y el autoritarismo. Tendrían que ocurrir los enfrentamientos entre el gobierno y el sector privado, que desembocaron en expropiaciones y nacionalizaciones, para que un sector del empresariado decidiera alcanzar el poder mediante el PAN. Los triunfos electorales coinciden con la presencia activa, política y económica, de empresarios que, sin militancia alguna e incluso algunos de ellos con acercamientos previos al PRI, se convirtieron en candidatos, creíbles y eficaces. Ese éxito electoral significó el desplazamiento del tradicionalismo panista, convencido de una ideología y de una labor cívica, para dar paso a nuevos militantes, vinculados a las pequeñas y medianas empresas, que sólo ven al PAN como instrumento electoral. Esos panistas, pragmáticos por definición, fueron los que construyeron la candidatura de Fox y a los que, en justa retribución, él los llevó a su gobierno. Disfrutaron del poder presidencial, de los cargos de gobierno en los estados, de los puestos legislativos e hicieron todo cuanto estuvo en sus manos para que el sucesor tuviera el mismo perfil y, por ende, les garantizara los mismos beneficios. Ellos le dieron el tono de extrema derecha al gobierno de Fox, de su intolerancia social y religiosa, que los llevó, como buenos conservadores, a tratar de imponer su ética privada como norma de comportamiento social. La estrategia de hacerse de otro Fox fracasó, pero están muy lejos de darse por vencidos, como bien lo ha demostrado Espino. Calderón ha sido testigo y víctima de estos enfrentamientos. Más liberal que ellos, el actual Presidente llegó a ser líder del partido y desde esa posición vio cómo el foxismo y la derecha se apoderaban de la candidatura y puestos centrales. El avance fue tan sostenido que Calderón tuvo que dejar la dirección del PAN para convertirse en líder de la primera bancada panista en el gobierno de Fox, solamente para enfrentar las necedades y la inexperiencia del mandatario. Basta volver la mirada a los primeros meses de 2001 para comprobar que muchos de los llamados de atención a Fox provinieron, significativamente, del diputado Calderón. La historia posterior se conoce bien y en ella el Presidente de la República no podría recordar muchos apoyos del panismo. Calderón se hizo candidato en contra de la dirigencia panista, no con su respaldo. Y aunque controla el gobierno y, por ello mismo, los recursos políticos del Estado, Espino controla al partido y hace lo imposible por imponerle condiciones. En otra circunstancia, el mandatario usaría esos recursos políticos para deshacerse de un dirigente incómodo, pero si no lo hace Calderón es porque la derecha es mucho más fuerte de lo que se supone. No se trata de que respete mucho la vida interna del PAN, como lo demuestran la selección del candidato a gobernador en Yucatán y la dirigente del panismo en el DF. El respaldo presidencial ha sido tan ostensible, que por ello mismo Espino ha tratado de fortalecer su liderazgo con ex secretarios de Fox, no precisamente capaces, pero sí claros representantes de su corriente. Para ambos es vital controlar el PAN. Calderón lo necesita para gobernar y, en el corto plazo, para construir una mayoría de gobernadores que le permita en tres años ganar el Congreso federal. Es, evidentemente, un proyecto federal y de largo plazo. Pero a Espino y la derecha los puestos les servirán para cercar a Calderón y obligarlo a entregarles el poder. La batalla apenas comienza y a juzgar por los resultados, el Presidente no sabe o no puede vencer a Espino. Entre tanto, la sociedad observa cómo el principal opositor del mandatario no es el PRD y su ex candidato presidencial, ni el debilitado PRI, sino nada menos que su propio partido. Pero lo grave es que, en el fondo, hay una abierta lucha entre dos concepciones de la derecha: una profundamente conservadora que ve el poder como patrimonio privado, y otra menos radical que quiere imponer un proyecto de largo plazo. Calderón tiene que tomar decisiones inmediatas y, en especial, demostrar que puede ganarle no sólo a la izquierda radical, sino a su compañera, la extrema derecha. Investigador de El Colegio de México |