| Con el viaje de Felipe Calderón al Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, y su visita oficial a Alemania, donde lo recibió la canciller Angela Merkel; Inglaterra, donde el anfitrión fue el primer ministro Tony Blair, y España, donde la bienvenida corrió a cargo del presidente José Luís Rodríguez Zapatero, se ha puesto, de nuevo, en el centro de la atención pública nacional e internacional la dicotomía derecha e izquierda. Esto no sólo en virtud de la heterogeneidad de las identidades políticas de los gobiernos de los países visitados en Europa, sino porque el propio Presidente de México, en el Foro de Davos, criticó a los gobiernos que nacionalizan y expropian así como a "las dictaduras personales vitalicias", en alusión a las medidas adoptadas en Bolivia y Venezuela, así como a la permanencia de Hugo Chávez en el mando de este último país. Calderón recibió la respuesta de Luiz Inacio Lula da Silva, presidente de Brasil, quien, en la misma mesa, le reviró para defender las tres elecciones que, según él, han sido más o menos democráticas y gracias a las cuales Chávez ha prolongado su mandato. Este zipizape entre Calderón y Lula ha dado lugar a un encendido debate, teniendo como eje de la discusión, justamente, a la pareja de opuestos derecha e izquierda. Si alguien creyó que tal dicotomía había pasado a mejor vida, se equivocó rotundamente. La pareja de opuestos que agrupa en bandos contrarios a los conservadores y a los progresistas es más actual que nunca. Define dos concepciones antagónicas de la realidad y, en el caso de lo que podríamos llamar "la política interna de Iberoamérica", esta dupla antagónica está configurando la lucha por la hegemonía en nuestra comunidad de naciones. Ese es el núcleo de la disputa que de manera sorda se había venido gestando y que ahora salió a flote con el debate referido y con la andanada verbal a cargo de Hugo Chávez respondiendo a Calderón. Y es que el mundo iberoamericano se ha cargado en los últimos años hacia la izquierda: Michelle Bachelet en Chile, Tabaré Vázquez en Uruguay, Néstor Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Alan García en Perú, los ya referidos Rodríguez Zapatero, Chávez y Lula da Silva en España, Venezuela y Brasil, respectivamente, Daniel Ortega en Nicaragua, Óscar Arias en Costa Rica, Martín Torrijos en Panamá, José Sócrates en Portugal, y Leonel Fernández en República Dominicana. Con fundados motivos la derecha quiere revertir la tendencia alcista de su contraparte. La clarificación de los posicionamientos está a la vista en los comunicados que, de una parte, emitió la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA), presidida por Manuel Espino, presidente del PAN, la cual tuvo su reunión aquí en México el pasado fin de semana, cuando se reunieron 25 partidos de derecha, al señalar que su objetivo era modificar la correlación de fuerzas y ganar las próximas elecciones que se llevarán a cabo en Brasil, Costa Rica y República Dominicana y, de otra, el 13 encuentro del Foro de Sao Paulo, realizado a mediados de enero en San Salvador, donde se dieron cita 58 partidos de izquierda de 33 naciones, los cuales destacaron que este es el momento oportuno para dejar atrás el modelo neoliberal. Ciertamente la diferencia ideológica entre la derecha y la izquierda está nítidamente expuesta en lo que a la política económica se refiere, es decir, entre la permanencia de la doctrina del libre mercado y, en sentido opuesto, la búsqueda de una mayor participación del Estado que en algunos casos quiere revivir al modelo asistencial y en otros coincide con la llamada Tercera Vía, aplicada inicialmente en Inglaterra por los laboristas; o sea, la combinación entre crecimiento económico y distribución de la riqueza socialmente producida por medio de políticas públicas íntimamente vinculadas con la sociedad civil. Este contraste está encarnado por México en un polo y por Brasil en otro. De hecho, la señalada lucha por la hegemonía continental tiene como protagonistas fundamentales a estos dos países. En lo que, a mi parecer, el mandatario carioca se equivocó fue en confundir los planos de la discusión porque hoy la disputa entre la derecha y la izquierda iberoamericanas se da teniendo como marco de referencia a la democracia. A todas luces en México tenemos un gran trecho que avanzar en este sendero para tratar de avanzar en nuestra institucionalidad republicana; sin embargo, los pasos que ha dado Hugo Chávez para echar abajo la democracia venezolana y sustituirla por su muy personal autocracia son inocultables: violación sistemática de los derechos humanos, subordinación del Legislativo y el Judicial a su capricho, despojo de las propiedades de los adversarios, cancelación de las vías institucionales para expresar algún tipo de disenso, censura a los medios de comunicación opositores y, efectivamente, permanencia en el poder a base de torcer el estado de derecho. Para mostrar el equívoco en el que cayó Lula podemos echar mano de la clásica distinción entre dos tipos de tiranía. En efecto, el pensamiento político y jurídico hace la diferencia entre el tirano por defecto de título (ex defecto tituli) y el tirano por defecto de ejercicio (ex parte exerciti). Uno es el que llega el poder sin tener derecho a él, o sea, el usurpador; otro es el que habiendo llegado legítimamente al poder termina por ejercerlo arbitrariamente. Chávez acaso llegó "legítimamente" al poder con esas tres elecciones sucesivas, pero de lo que no cabe duda es que ha hecho lo que le ha venido en gana. Luego entonces, es un verdadero y propio tirano. Y aquí es donde la línea de demarcación entre la izquierda democrática y la izquierda dictatorial no deja lugar a dudas. Lo paradójico es que el presidente brasileño, que debería mostrarse como el líder de la izquierda democrática latinoamericana, dio un traspié colosal al defender lo indefendible. Ojalá que tanto Ortega como Evo reconozcan y respeten esa línea divisoria. jfsantillan@itesm.mx Académico del ITESM-CCM |