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    El nuevo partido gobernante
Alberto Aziz Nassif
30 de enero de 2007

La broma que hacían algunos panistas cuando Fox ganó la Presidencia en el año 2000, de que en 2006 lucharían para que el PAN llegue a la Presidencia, se ha vuelto realidad. El panismo sui géneris del foxismo es distinto a la militancia de un gobierno panista, como el que encabeza Calderón.

El perfil de un gobierno no depende completamente del partido que gobierna, sino del estilo personal del gobernante y de las alianzas. Hemos visto casos en donde se parecen más los estilos autoritarios de algunos gobernantes emanados de diferentes partidos o, por el contrario, casos muy diferentes entre dos administraciones del mismo signo político.

En estos días se han publicitado de forma amplia los conflictos y escándalos por los que atraviesa el panismo, actual partido gobernante. Los casos expresan descomposición y crisis en una organización que en pocos años de gobernar ha acumulado severos niveles de descomposición, comparables a los que llegó a tener el PRI, que gobernó durante varias décadas.

El partido, que un día fue una organización opositora que luchó por la democracia, se ha convertido en un partido gobernante que reproduce los vicios más críticos del poder. En Aguascalientes hay una ruptura entre el partido y el gobernador, Luis Armando Reynoso, quien se encuentra en la antesala de la expulsión supuestamente por una política de endeudamiento que no es aprobada por su partido. En Yucatán, un supuesto fraude en una elección interna para designar candidato a la gubernatura ha provocado una ruptura de los grupos internos y la salida de Ana Rosa Payán. En Guerrero la cosa fue más lejos y terminó en el asesinato de un diputado, Jorge Bajos Valverde, supuestamente a manos de otros panistas, porque había descubierto problemas de corrupción. Para rematar el cuadro del desajuste panista hay una nota que se ha vuelto cotidiana: las diferencias entre la dirigencia del PAN, encabezada por Manuel Espino, y el gobierno de Felipe Calderón.

Varias modificaciones se han dado con este cambio de estafeta en Los Pinos. No sólo se modificó el perfil y el estilo, sino que la forma de gobernar ha cambiado de manera radical. En términos ideológicos el panismo, que antes podía ser ubicado como un partido de centro-derecha, por defender principios democráticos y valores libertarios, se ha corrido poco a poco hacia una derecha cada vez más cruda, en donde la defensa del espacio democrático ha quedado subordinada a intereses de poder poco democráticos, como se ha visto de forma abundante en los últimos años. Por ejemplo, la obsesión por excluir a una de las opciones de la izquierda, ruta que se inicia con el desafuero de López Obrador en 2005, continúa en 2006 con las campañas sucias que se hicieron desde Los Pinos, y desde el mismo partido; o las alianzas con poderosos intereses económicos y corporativos, desde la aprobación de la Ley Televisa, hasta el cogobierno con Elba Esther Gordillo.

En términos de estrategia política, el panismo que llega con Calderón a Los Pinos tiene una obsesión por el control. Frente al déficit de legitimidad con el que se inaugura este gobierno, sumado a la falta de decisiones del foxismo, Calderón se ve obligado a actuar. Se trata de una concentración de imagen y de agenda.

El protagonismo presidencial es completo, y a la vez, diferente al que ejercía Fox. Se parece al que hizo Carlos Salinas en sus primeros meses de gobierno con los golpes espectaculares. Ahora Calderón trata de cubrir la agenda mediática y proponer cotidianamente alguna novedad de política pública. Una parte de la agenda ha sido copiada de las propuestas de López Obrador, desde la intervención del Ejército en el combate al narcotráfico, la reducción salarial (versión light, fue de 10%, y AMLO hablaba de 50%), regulación de sueldos, medidas de política social universales, como el caso del seguro médico para todos los niños que nazcan en este sexenio, los que nacieron un día antes o un día después están fuera. ¿Populismo de derecha o demagogia política?

Siempre ha sido complicado caracterizar a los grupos del panismo y fácilmente se puede caricaturizar con simples etiquetas. Antes era entre panistas históricos y neopanistas; ahora parece ser entre los grupos de El Yunque y el panismo doctrinal, protagonizado por la confrontación Espino-Calderón. Pero ambos comparten el mismo proyecto de fondo, sólo hay que ver la similitud entre las declaraciones de Calderón en Davos y las de Espino frente a la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA).

La realidad es que se trata de dos grupos que se disputan espacios de poder, sin saber muy bien qué modelo de partido gobernante poner en operación, pero, eso sí, ya lo quieren exportar a otros países de América Latina. El nuevo partido gobernante es una derecha vigorizada, con un centro cada vez más pálido. Una organización que tiene menos incentivos colectivos, los que aglutinan a militantes por un proyecto que representa principios y valores, y tiene más incentivos privados y selectivos, los que se reparten entre los operadores del poder. Sin novedad: la ley de la oligarquía de Robert Michels llegó al PAN.

Con Fox, debido a un singular vínculo con su partido, se pudieron dar ciertos espacios de apertura que fueron ocupados por posiciones más abiertas y plurales, como las de Julio Frenk o Jorge Castañeda; se intentó establecer acercamientos con organizaciones sociales; incluso se apoyaron políticas de profesionalización, como la del servicio civil de carrera, el blindaje a programas sociales, o la política de transparencia.

Ahora con Calderón se han cerrado espacios, se ha reconcentrado la presencia del panismo más fundamentalista, sólo hay que ver al nuevo secretario de Salud, o la formación del gabinete que fue un ejercicio de pago de facturas a los que aportaron votos y dinero, de forma limpia o sucia. Los pocos espacios progresistas que había se han cerrado completamente.

El nuevo partido gobernante es una derecha obsesionada por el control y el déficit de legitimidad, amarrado por compromisos económicos y corporativos, sometido a una veloz descomposición interna por un excesivo pragmatismo del poder, y por lo que se ve, con una mayor confrontación en América Latina.

Investigador del CIESAS

 
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PERFIL
 
Profesor e investigador del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS). Ha escrito libros y numerosos artículos de investigación. También ha sido docente en universidades mexicanas y conferencista en diversas instituciones extranjeras, como la Sorbona de París, la UNESCO, la Universidad de California en San Diego y el Instituto Ortega y Gasset en Madrid.
 
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