| En febrero de 1989, el contacto del presidente de México con destacados empresarios en Davos y sus conversaciones con otros jefes de Estado, principalmente con Margaret Thatcher y Helmut Kohl, lo convencieron de que México sólo sería atractivo para la inversión extranjera si pasaba a formar parte del bloque comercial de Norteamérica. Ahí decidió iniciar conversaciones formales con el gobierno estadounidense para impulsar el TLC. Tres sexenios después, con rendimientos decrecientes, el gobierno mexicano continúa la misma política y sostiene el mismo discurso. El 2007 no es 1989. Entonces, lo que pasaría a ser crucial fue la caída del Muro de Berlín. El derrumbe de la Unión Soviética y la caída de los gobiernos socialistas del centro de Europa, cambiaron la época. El interés de los inversionistas estaba concentrado en el crecimiento de las nuevas democracias europeas y se aceptaba que el mundo se había movido hacia el unipolarismo. México podía jugar un papel importante en la nueva integración regional. Para los inversionistas y los gobiernos de las economías desarrolladas, el posicionamiento de México resultaba atractivo. La victoria del paradigma de la economía de mercado y la democracia era tan contundente que hasta los gobiernos socialdemócratas de Europa juzgaban que había una sola ruta. El Consenso de Washington estaba en su esplendor. Davos significaba la modernidad económica; era el símbolo de la entrada al primer mundo. En 2007, la situación es otra. El experimento neoliberal no dio los resultados que se anunciaron entonces, ni en México ni en general en América Latina. El récord de crecimiento es decepcionante hasta para sus seguidores más sólidos. La atracción para los inversionistas está en Asia, particularmente en China y la India. Estados Unidos no está en su mejor momento y está metido en un grave problema en Irak. El panorama en América Latina se ha modificado significativamente, en buena medida como consecuencia de las políticas del Consenso de Washington. La seguridad pasó al primer plano como resultado del 11 de septiembre. Hasta en la reflexión sobre el crecimiento de las economías, ahora lo más importante ya no es la inversión per se, sino las condiciones institucionales que la permiten, el capital social, la capacidad para enfrentar la pobreza y la desigualdad. El impacto de la cultura sobre la economía y la política ha cobrado nueva relevancia. El tema de la gobernabilidad ha pasado a ocupar un papel crucial para la propia economía. Ahora hay un debate entre modelos económicos, y dentro de la propia economía de mercado, se discute sobre los caminos que pueden ser más exitosos para el desarrollo económico y social. Hoy se sabe que una economía de mercado con contrapesos sociales, como la chilena, es más exitosa que los modelos radicales que llevaron a grandes fracasos. Que modelos de mercado con un alto intervencionismo público -como los de Asia- han sido mucho más efectivos. Que ninguno de esos cambios hubiera sido posible sin mejorías radicales en la educación y la salud pública. En Europa, hoy tendría más atractivo un posicionamiento claro del gobierno mexicano a favor de los compromisos de Kioto para reducir el calentamiento global que llamados genéricos a invertir en una economía que este año crecerá menos que el anterior y que depende de manera determinante del precio del petróleo y del comportamiento de la economía estadounidense. Un compromiso con el respeto a los derechos humanos (en Oaxaca) contaría más que un llamado a invertir en el país del futuro. Llegar a Davos en 2007 con el discurso de 1989 y 1990 no podrá generar otro atractivo que el de los medios mexicanos que simpatizan con el gobierno. Calderón hizo en Davos lo que hicieron otros presidentes en el pasado. Pero si lo que ellos ofrecieron no dio los resultados esperados, repetir hoy el mismo discurso difícilmente llevará a que miren de otra manera a México. Un discurso con una nueva agenda económica y social sería hoy más impactante hasta para los intereses más conservadores. Un nuevo discurso requiere de un compromiso con una nueva política. Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista |