| Es verdad que como dice el presi dente Felipe Calderón han disminuido las tensiones políticas originadas en las elecciones, pero basta observar lo que sucede con los dos partidos más viejos, PAN y PRI, para comprobar que el conflicto tan sólo se ha contenido, pero está lejos de resolverse. El PAN se ha visto envuelto en problemas internos que hasta ahora parecían de los otros partidos y para los cuales evidentemente no está preparado. En las últimas semanas el viejo partido que se había presentado ante la sociedad como homogéneo, serio y capaz de ventilar civilizadamente sus diferencias, de pronto ha tenido que enfrentar renuncias, amenazas de expulsión y nada menos que el asesinato de un militante. En Aguascalientes, una de las plazas más significativas para el panismo, el gobernador Luis Armando Reynoso Femat y su bancada legislativa han tenido tantos desencuentros que han sido sus mismos diputados los que han pedido la expulsión del mandatario. Si esto revela la pérdida de liderazgo, la situación se vuelve más delicada cuando circulan acusaciones de que el gobernador ha propiciado los enfrentamientos porque se ha inclinado más hacia el perredismo. Si la amenaza se cumpliera y también los rumores, el PAN estaría a punto de perder una gubernatura simplemente porque ni el partido ni el mandatario crean la necesaria unidad para mantenerse en el poder. No es, desde luego, el único caso, como bien lo prueba el panismo yucateco, de larga tradición opositora y que ha llegado a constituirse en un símbolo de lucha política para ese partido. En pleno proceso para renovar la gubernatura, una de las militantes más destacadas en esa tradición y ampliamente reconocida por el panismo nacional, como lo es Ana Rosa Payán, acaba de renunciar al partido nada menos porque acusa al gobernador, Patricio Patrón Laviada, así como a su agrupación local, de arreglar el proceso de selección para arrebatarle la candidatura. La salida de Payán no sólo pone en duda una de las banderas más preciadas del panismo como es su democracia y libertad internas, sino que representa la peor amenaza para el candidato oficial, porque la señora Payán pretende postularse con el respaldo de múltiples grupos e incluso partidos, los cuales encabeza, como era de esperar, el PRD. En las condiciones locales, con un priísmo debilitado por su tradición y por problemas internos, y con un perredismo inexistente, la única real alternativa al PAN es el panismo agrupado alrededor de Payán. Nada le haría más daño a ese partido que una de sus militantes, ahora independiente, le ganara la gubernatura al actual mandatario y a su candidato y de la mano del partido que hasta ahora no reconoce al Presidente. Pero el panismo no sólo disputa políticamente los puestos, sino que ya comienza a recurrir a otros métodos menos civilizados. El escándalo mayor lo han escenificado en Guerrero, donde un diputado local ha sido asesinado al parecer por el esposo de la diputada suplente, con el único propósito de que ella ocupara su curul. En el camino, sin embargo, se han visto involucrados otros militantes e incluso el secretario general del PAN en el estado. Ya no parecen tan lejos los tiempos en que el panismo veía en el PRI a grupos mafiosos que asesinaban a sus candidatos, y seguramente ya no pensará que esa práctica es un signo de decadencia o de descomposición partidaria. Lo cierto es que el poder desgasta y, lo más grave, es que en la medida que el partido se vuelve exitoso, los puestos dejan de ser conquistas democráticas para convertirse simplemente en cargos con poder político y económico que pueden estar a disposición de cualquier interés grupal o personal. Es por eso que no importa si el gobernador confronta a sus diputados o una antigua militante arriesga al partido en que militaba, ni menos aún que se asesine, si a cambio se logran las posiciones. Ahora sabe el PAN que esos problemas no pertenecían a un periodo ni menos a un partido, sino que resultan de ejercer el poder. Si hubiera alguna duda bastaría volver la mirada al PRI para confirmarlo. Por más derrotas que haya tenido y por más que en las pasadas elecciones haya descendido al tercer lugar, sigue siendo redituable para sus militantes. Si no fuera así, no se disputarían su dirección gobernadores, líderes parlamentarios y organizaciones sindicales, en un nuevo conflicto que pone en riesgo su unidad e incluso a mediano plazo su existencia. Desde hace años, pero en especial desde que perdió la Presidencia, el PRI ha sido incapaz de construir un liderazgo reconocido, que arbitre los grupos, evite los enfrentamientos y, lo más importante, que pueda darle una nueva y creíble identidad. Pero a pesar de ello, el PRI gobierna todavía la mayoría de estados y es determinante en el equilibrio del Congreso. Controlarlo, o por lo menos tener la capacidad de influir en sus decisiones y próximas candidaturas, representa un poder significativo para grupos y líderes de circunstancia. Como en el pasado, los dirigentes priístas disputan el control pero no son capaces de encontrar un candidato común. Punto esencial porque revela que en esta batalla lo que menos importa es un proyecto de partido. Aunque de nuevo son los gobernadores los que tienen la mayor influencia, esta vez las complicaciones serán mayores porque el método elegido excluye a la militancia para concentrase en los delegados del CPN, negociados en su momento con el grupo de Madrazo. Con mayor libertad para elegir, los delegados podrán entregar su voto a quien deseen y no necesariamente como lo quieran los mandatarios. Esta campaña amenaza con ser más divisiva para el PRI que cualquier otra, precisamente porque son demasiados los participantes y pocos los liderazgos efectivos. Pero también porque los contendientes no ofrecen opciones reales, ni en cuanto a la reorganización del partido, ni menos aún en cuanto a las definiciones ideológicas. Enrique Jackson sólo tiene su pasado en el Senado y su fallida competencia por la candidatura presidencial, y Beatriz Paredes cuenta con su imagen negociadora y liberal. Muy poco para decidir un liderazgo que debe definir en lo inmediato su comportamiento frente al nuevo gobierno y recuperarse de una caída espectacular. Mientras el PAN resiente los efectos de ser un partido ganador, el PRI sigue sin encontrar un rumbo que lo defina ante el electorado. Lo interesante es que al margen del lugar que ahora ocupan, ambos partidos siguen siendo atractivos para grupos y políticos que no vacilan en ponerlos en peligro. Investigador de El Colegio de México |