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    El punto de partida
Macario Schettino
16 de enero de 2007

Tal vez sea por mi origen inge nieril, pero estoy convencido de que no es posible resolver problemas que no se han planteado correctamente. No basta con saber que ocurren cosas que no nos gustan, es necesario entender por qué es así, qué se puede modificar para cambiar los resultados, y cuáles pueden ser las consecuencias de ello. Es decir, es necesario plantear bien los problemas para resolverlos.

Plantear bien un problema en cuestiones sociales, sin embargo, no es cosa sencilla. En las ciencias naturales, o como les quiera llamar, es asunto dominado. Nadie discute acerca de las intenciones de un electrón, la voluntad de una molécula, o los intereses creados de las células. Sin embargo, en los asuntos sociales pasa exactamente lo contrario. Puesto que los sujetos de estudio, las personas, sí tienen intenciones, voluntad, creencias, es necesario considerarlos en cualquier análisis serio que se quiera realizar.

Ahora bien, una parte de esas características subjetivas de los estudiados sí puede ser analizada e incluida en nuestras explicaciones. Podemos, por ejemplo, describir razonablemente las creencias de grupos sociales, que nos permiten entender mejor su comportamiento. Podemos, en algunos casos, estudiar con algún detalle los intereses de una persona. En cualquier caso, los estudios sociales siempre estarán sujetos a un nivel de incertidumbre elevado. Pero eso no significa que puesto que no podemos tener una explicación definitiva de la sociedad, cualquier explicación sea buena.

Insisto mucho en este tema porque estoy convencido que si no aprendemos a plantear mejor los problemas en México no podremos nunca resolverlos. Como no hemos podido por siglos. Y creo que existe una gran cantidad de información y herramientas para entender nuestra realidad que no estamos utilizando porque van en contra de nuestra preconcepción, que se construyó sobre una base de creencias absurdas.

Así, hay quien ve en los hechos verificables empíricamente un "positivismo ramplón". Como si pudiera haber algo verificable que no pudiera existir. Es más bien que la preconcepción no coincide con los hechos, y entonces éstos se olvidan. Me recuerda las explicaciones que se hacían sobre la Revolución Mexicana en los años 70, en que el punto de partida era demostrar que el proceso de transición de México al capitalismo debía generar contradicciones que, obligadamente, se mostrarían en una revolución obrera. Hubo decenas de explicaciones, a cual más compleja, con esta orientación, que no podía llevarlos más que a hablar de una revolución "interrumpida", "inexistente", "trunca". Nunca entrarán los hechos en una explicación marxista mecánica.

Pero las preconcepciones no sólo impiden leer bien el pasado, sino también el presente. Esto ocurre cuando seleccionamos los datos para que puedan entrar en nuestra idea previa. Y no sólo pasa con los datos, también con las teorías. Se eligen explicaciones conforme coincidan con la idea que ya tenemos, y se descalifican no por su valor propio, sino por la coincidencia, o falta de ella, con nuestras ideas. Poco importa si ni siquiera las entendemos, basta con que, a primera vista, parezcan incompatibles con nuestra preconcepción del mundo.

Si aceptamos explicaciones basadas en preconcepciones, entonces entramos al terrible terreno del "todo vale", en donde será fácil para los verdaderos conservadores impulsar sus ideas acerca de la cuestión sexual, la reproducción y la población. Porque igual de mala es una idea previa con base marxista que católica, dependentista o progresista. Cuando seleccionamos hechos y explicaciones de acuerdo con nuestro gusto, no por su valor propio, nos regresamos en el tiempo a las discusiones medievales, que acaban dependiendo de una autoridad suprema para resolverse. Eso no es buena idea.

Porque entonces habrá quien diga que no se va a acabar el petróleo, que el gobierno no requiere más ingresos, que las tortillas suben porque no hay maíz, que el condón es malo, lo que sea que salga de su ronco pecho. ¿Cómo argumentamos el daño que hacen los monopolios si no queremos aceptar las explicaciones económicas que derivan de la racionalidad? ¿Cómo enfrentamos la estructura sindical corporativa si ésta forma parte de las luchas obreras contra el autoritarismo?

No podemos tener una explicación definitiva de la realidad social pero, insisto, podemos tener mejores y peores acercamientos. Y no se llega a la mejor explicación borrando datos y despreciando herramientas.

macario@macarios.com.mx

Profesor en la EGAP del ITESM-CCM

 
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PERFIL
 
Director de Investigación y Programas Doctorales en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), campus Ciudad de México. También es director de Negocios de EL UNIVERSAL y director general de Análisis y Prospectiva Económica, S. C. Se ha desempeñado como coordinador de Planeación del Gobierno del Distrito Federal, así como asesor en organismos públicos y privados.
 
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