| Quiero aprovechar mi primera con tribución del año para reflexionar sobre lo que las universidades mexicanas podrían alcanzar en los próximos seis años. Primero, deberían tener una mayor coordinación entre ellas. El crecimiento apreciable ha sido caótico. Se repiten a diestra y siniestra carreras y licenciaturas. Como muestra de esta coordinación se debería poder establecer un sistema nacional de créditos académicos (ya propuesto en el plan educativo 2001-2006, pero nunca realizado). Los créditos deben facilitar el paso de un estudiante de una a otra universidad y de una a otra carrera, y también aplicarse a todos los sistemas de bachillerato (cerca de la mitad de los alumnos de bachillerato son parte de las universidades). Lograr el sistema de créditos no es asunto fácil porque implica un mayor grado de confianza mutua entre universidades y carreras que el que ahora se tiene. Se debe dar un proceso de mutuo reconocimiento de estudios entre todas las universidades del país, públicas y privadas. Todo esto ya se está logrando en 40 países europeos, con lenguas tan distintas como el croata, el polaco y el sueco, que siguen el famoso proceso de Bolonia. Y nosotros no hemos podido lograrlo para un solo país, el nuestro. Segundo. Todo el sistema debe ser más flexible, menos autoritario y rígido. Como en otras ocasiones he escrito, las universidades son administradoras de haces de tubos de acero que son las carreras, en las cuales el alumno sólo puede entrar por el extremo inferior y salir por el superior. Si a la mitad decide cambiar, pierde todo lo estudiado. Los tubos no están intercomunicados. Aquí no se puede hacer una carrera como en los países anglosajones, combinando campos mayores y menores de estudios, como por ejemplo, química y música, o economía y antropología. Ha habido varias propuestas para flexibilizar las licenciaturas. La más importante es permitir que 30% de los créditos de cada carrera pueda ser tomado en otra escuela, en otra universidad, a distancia o en el extranjero. Esto va unido a otras propuestas que tienden a flexibilizar, como eliminar las seriaciones y generalizar un sistema de exámenes a título de suficiencia que si son aprobados por el alumno, ya no tiene de asistir a clase a tomar la materia. Esto recompensaría la excelencia. Pero ninguna de estas propuestas ha seguido adelante debido a la compartimentación, a los compartimentos estancos en que están divididas las administraciones de las universidades. Resolver este problema, aunque teóricamente fácil y que no requiere recursos económicos adicionales, es difícil y complicado porque va contra culturas autoritarias milenarias. Nadie quiere ceder campos, áreas, horas y materias. Se requiere una gran voluntad política y liderazgo para ejecutar estos cambios. Si se lograran, tendríamos un sistema más abierto, con una gran capacidad de creación de nuevas carreras y especialidades y, desde luego, una deserción mucho más baja que la actual. Tercero. Las grandes universidades públicas y también las privadas ofrecen simultáneamente cientos de cursos en los cuales hay bancas vacías. Deben abrirse a la sociedad. Todo lugar vacante debe ofrecerse al que quiera asistir a ese curso, como oyente, sin requisito previo alguno, salvo quizá una cuota de recuperación. Ahora, esto no se puede hacer. Ni siquiera se sabe en el exterior qué cursos que se están impartiendo y los horarios que tienen. No hay ninguna razón para que si yo quiero tomar como oyente un curso de biología, no pueda hacerlo si tengo el tiempo y hay lugar. Cuarto. Desde hace nueve años estoy midiendo la eficiencia de las instituciones de educación superior del país, habiendo definido como eficiencia el cociente de los registrados en profesiones entre los primeros ingresos seis años atrás. Con esta medida las universidades públicas han llegado a tener poco más de 55% de eficiencia. En otras palabras, de 100 alumnos que entran, sólo 55 terminan con un registro en profesiones. Con un poco de cuidado y atención, sobre todo a los requisitos de titulación, este índice puede llevarse a 75%. Si todo lo anteriormente propuesto, que no requiere mayores recursos económicos, se lograra en seis años, cambiaría por completo la faz y el futuro del país. rogerdc@prodigy.net.mx |