| E l 2006 fue un año electoral que por momentos parecía interminable, pero no sólo para México, sino para toda América Latina, pues desde el inicio de la oleada democratizadora en la región, hace más de 25 años, nunca habían coincidido tantos comicios en un mismo año. Como bien ha señalado Daniel Zovatto, la agenda electoral fue intensa y de gran magnitud, pues 10 países tuvieron elecciones presidenciales: casi toda la región andina, Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela -Bolivia los tuvo en diciembre de 2005- los dos grandes latinoamericanos, Brasil y México, dos centroamericanos, Costa Rica y Nicaragua, y Haití. Además, Chile tuvo su segunda vuelta al inicio del año. Paralelamente, se renovaron congresos nacionales en 12 países y en otros dos se realizaron referendos, en Bolivia para la Asamblea Constituyente y en Panamá respecto del canal (Zovatto, "Balance electoral latinoamericano", Madrid, diciembre, 2006). Esta efervescencia electoral obliga a reflexionar respecto de los avances y los retos que enfrentan las democracias latinoamericanas en su etapa actual de postinstauración o postrestauración. Desde México, voltear los ojos a América Latina puede permitirnos ubicar en su justa dimensión nuestra realidad político-electoral, para profundizar sobre nuestros problemas comunes y los errores recurrentes, y aprender de las experiencias exitosas. Si tomamos en cuenta que, de acuerdo con el Informe sobre la Democracia del PNUD de 2004, el rasgo distintivo de la región en los últimos 20 años fue la extensión de la democracia electoral, entenderemos por qué 2006 representaba una ocasión privilegiada para medir el avance en la construcción de la credibilidad en las instituciones políticas, particularmente en los partidos y los parlamentos. Los comicios de este año mostraron la persistencia de la falta de credibilidad institucional y el peso privilegiado de las figuras políticas. Mucho se ha insistido en que lo que estuvo en juego en estas elecciones fue si era posible que ganara la izquierda, entendida más que como proyecto con contenidos ideológicos y programáticos específicos, como un distanciamiento respecto del modelo neoliberal implantado desde los 90 que ha mostrado ya su ineficacia para abatir los elevados niveles de pobreza y desigualdad de la región. Como bien señalara Zovatto, la pregunta que sirvió de telón de fondo al 2006 fue cuál esquema podía reemplazar al modelo neoliberal por uno más incluyente. De ahí que el eje de la disputa electoral fuera entre candidatos de izquierda y de derecha. La fuerte competencia que caracterizó a las contiendas presidenciales explica por qué en tres de los 10 casos (Costa Rica, México y Perú) los resultados electorales tuvieron márgenes muy estrechos que provocaron denuncias e impugnaciones, aunque al final se solucionaron por las vías institucionales. Es cierto que en el caso de México la protesta postelectoral rebasó en ocasiones los canales de resolución institucional del conflicto y resurgió el fantasma del fraude; sin embargo, finalmente la resolución del TEPJF ayudó a distender el ambiente. Otro rasgo característico de 2006 fue que, en general, los gobiernos surgidos de las elecciones carecen de mayoría en sus respectivos congresos; sólo Chile, Colombia y Venezuela cuentan con gobiernos unificados. Este fenómeno muestra cómo se han implantado la pluralidad y la competencia y los electores con frecuencia se oponen a que se concentre el poder en un solo partido. En este sentido, cabe retomar los resultados del Latinobarómetro para este año, que confirman que la mayoría de los ciudadanos (57% en promedio de la región, 56% en México) considera que el voto sirve para defender sus posiciones e impulsar los cambios requeridos. Pero, contrapartida, todavía 49% de los electores considera que las elecciones de este año no fueron limpias y aunque hay una mejoría respecto de 2005 en que 54% pensaba que eran fraudulentas, la cifra sigue siendo preocupante y sin duda está asociada a la desconfianza que siguen provocando los partidos políticos y los congresos; respectivamente, sólo 22% y 27% de los electores los consideran confiables (www.latinobarometro.org). En suma, a pesar de los claroscuros que acompañaron a este intenso año electoral, si algo parece claro es que las elecciones reñidas llegaron para quedarse. Por ello, es indispensable avanzar en las reformas que permitan que éstas no sólo sirvan para la confrontación entre candidatos, sino para la edificación de gobiernos mejor equipados para hacer frente a los grandes problemas sociales que aquejan a América Latina. Profesora de la FCPyS de la UNAM |